martes, 22 de mayo de 2018

La Dama


                              
Sé que tuvo décadas felices,
donde nadie sabía a qué se dedicaba,
años en los que vestir un traje caro
y repartir tarjetas personales
era un pasaporte al infierno.

Creo que nunca lo vi
leyendo un libro,
tampoco lo escuché
hablar de fútbol.

Eso sí:
los amigos poderosos
y gastos extravagantes
le fascinaban.

Una vez me dijo:
“fijáte siempre en la Naturaleza”.
Después se sumergía en papelitos
con números y cuentas imposibles:

Un millón para mamá,
Un millón para…

 Nada funcionó.

Los años pasaron
y las cosas se fueron perdiendo:

Casas,
Autos,
Oficinas,
Ropa,
Amigos,
Hijos,
Amor,
Dientes.

Los papelitos con las cuentas
no dejaron de existir:
Un millón para mamá,
Un millón…

Mientras:
Idas y vueltas a los guardias de los hospitales públicos,
Él con los ojos extraviados,
y jogging manchado de pis.

“¿Dónde está mamá?”
“¿Está enojada mamá?”

Hasta que a los 80 años
se cayó y terminó
en un geriátrico del barrio del Once.


Vio morir a varios de los ancianos que vivían ahí,
lloró día y noche,
se quejaba de lo horrible de la comida,
del mal gusto de todo lo que lo rodeaba.

“¿Está enojada mamá?”

Siento su mano en mi espalda,
dándome un envión,
yo con 10 años,
montado en mi bici sin rueditas,
Él con 45.

Cuando lo vi muerto en su cama,
pensé en eso.

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C ontadas veces los vi juntos. Tanto el uno como el otro conservaban una apariencia de hermanos. Había algo en sus cabezas... Siemp...