sábado, 6 de mayo de 2017


Me invitaron a un cumpleaños

en una de esas casas modernas,

de jardines traseros y varios ambientes.
 

Mi compañera ya estaba ahí,

sentada en una mesa

repleta de cosas ricas para comer.
 

Nuestra hija se tiró de mis hombros

apenas llegó

y fue directo a una habitación

donde había un piano y otros instrumentos.
 

Me saqué los zapatos,

saludé al agasajado

y a muchos otros que no conocía.

 
Corrían las botellas 

y en una de esas di con un vaso

después con otro

y otro

hasta que pude sentirme

un poco más gusto conmigo mismo.
 

Hacía muchos años

que no estaba en una celebración

con personas desconocidas.

 

Esta situación

me hizo boyar por distintas conversaciones.
 

Entonces me senté en una silla playera

y 3 personas estaban hablando de las distintas

traducciones al español del Tao Te King.
 

Las 3 estaban apoyadas sobre sus botellas

que iban y venían

como una pelotita de ping pong en un mundial.
 

Del Tao Te King

pasaron

a los poemas de Carver.


El viejo Raymond

no fue bien tratado

y eso me hizo decir algo.
 

Uno de ellos me preguntó

qué hacía,

cómo me llamaba

a qué me dedicaba.
 

Respuestas imposibles.
 

Dije que me ganada la vida vendiendo libros,

que nuestra hija estaba entretenida en el cuarto de al lado

y que cuando tenía tiempo libre leía.
 

¿Qué leés?

 
Uff…

este punto 10 años atrás,

hubiera generado una catástrofe.

 

Miré hacia los costados

y di con un resto de bebida.

 
Me dije:

¡Diosa inmemorial

concédeme la gracia

de la discreción y la certeza!
 

¡No me abandones!


Pasaron unos segundos,

y otro de ellos

(el mayor)

mencionó un poema de Baudelaire

en el que un vendedor de vidrios

recibía una pedrada desde una ventana

y todo se iba al demonio.

 
¡Vale ese acto la eternidad en el infierno!

Concluyó.

 
¡Diosa inmemorial!

¡Nunca me abandones!

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