viernes, 4 de enero de 2013

Ajedrez


Recuerdo que cerré los ojos. ¡Ah! Y un dolor agudo en el pecho. Justo acá, a la altura del esternón.  No vi túneles ni luces. No, la verdad que no. Estaba todo muy oscuro y resbaladizo. Sólo escuchaba mi respiración que aumentaba segundo a segundo hasta que se transformó en un sonido insoportable que me hizo acelerar el paso y tropezar y caer…

Frío, eso sí, mucho frío.
El psicoanalista me interrumpió: ¿lo dejamos acá?

Pero… era un dolor acá, justo acá, a la altura del esternón.                         

-          Una pesadilla, Andrés, la vamos a tratar la próxima semana…

-          Pero, era un dolor acá, justo acá…

Busqué el dinero para abonar la sesión y en el bolsillo del pantalón encontré un papelito doblado prolijamente. Lo mantuve cerrado hasta salir del consultorio.  No lo reconocí. Intuía, eso sí, que no se trataba algo bueno ¿Un mensaje, tal vez? Digo, porque estaba plegado con una perfección fuera de lo común. Caminé con los puños cerrados varias cuadras, al papelito lo apretaba muy fuerte como si hubiera atrapado una mosca.
Pero… era un dolor acá, justo acá, a la altura del esternón.

¿Me lo habrá dejado mi ex mujer antes de marcharse?
El papelito… puño cerrado. Mosca.

Encontré una plaza que me inspiró confianza.  Me senté en un banco. Abrí la mano: el papelito estaba intacto como si no hubiera acusado fuerza alguna. Lo abrí y con una letra de una caligrafía sorprendente leí: Agüero 2145. Tinta negra, parecía escrita con un plumín. Agüero 2145.
Frío, eso sí, mucho frío.

Volví a plegarlo siguiendo esa prolijidad inicial. Lo apoyé  sobre el granito del banco, saqueé un encendedor y lo quemé. Una llama verdosa destelló por unos segundos.
Sin pensarlo me levanté y paré un taxi: Agüero 2145, por favor.

No sé… habremos pasado como unos quince semáforos. Yo acostumbro a contabilizar las distancias por cantidad de semáforos, o de kioscos o de monumentos. 
Quince semáforos.

El auto se detuvo y el chofer me miró por el espejo retrovisor con una mirada de satisfacción.
Bajé.
 Una casa de mármol negro. Grandes ventanales. Una puerta blanca, de acero. Toqué el timbre.

Pero… era un dolor acá, justo acá, a la altura del esternón.

Me atendió una mujer joven, de ojos celestes, pelo corto. Muy simpática.

-  ¿Venís por el papelito? ¡Adelante, adelante!
Entramos.

-  Mire señora…

-  Graciela. Me llamo Graciela.
Le decía… me es muy extraño todo esto, estar acá, haber encontrado esta dirección y que Usted me pregunte por el papelito. Mis pesadillas, en fin…
Noté que estábamos en un living con un piso de parquet que terminaba en una puerta corrediza y en un pequeño jardín. Allí había dos niños jugando.
Se me acercó un perro color té y me lamió la mano.

-   Por favor, sentate. ¡Eh!, ¡Samantha, a cucha, a cucha!
Graciela fue hasta la biblioteca y trajo una pequeña caja de madera con una inscripción en la tapa que decía: Ajedrez.
La apoyó en mis rodillas y me pidió que la abriera.

- Señora…

- Graciela, me llamo, Graciela.

- Hace años que no juego ajedrez.
      -¡Samantha!¡A cucha, a cucha!

¿Qué me pasa? Pensé. Tenía esa caja entre mis piernas y comencé a marearme, a tener la mirada borrosa, a transpirar.
La perra movía la cola.

¡A cucha, a cucha!
Tiré la caja al piso desesperado. Los niños reían.

¡A cucha, a cucha!
La caja se estrelló contra el parquet y rodó una cabeza  humana que en un principio no supe reconocer. Pude levantarme y salir de esa casa. Sólo caminé unos metros… pocos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

me gusta y me gusta. Mucho.