viernes, 18 de febrero de 2011

Vladimír Holan (1905-1980)

Pocas veces hablé de Horacio Tesei. Un poeta. Un narrador. Un escritor de textos inconclusos -lejos de la mecánica de Kafka (por el genio y el aspecto físico). Lejos de los sentimentalismos cartesianos -esos que soportan el tedio de un domingo en companía de una mujer- Lejos de los fulgores de la lengua: un claro ejemplo fueron los seis años que Tesei vivió en Texas- Tesei es una persona de pocas palabras o de muchas pero en el balance de una conversación siempre aloja en el interlocutor una especie de gusano: algo que penetra lo más íntimo. En el año 1983 muere su abuelo paterno y poco después su abuela materna. Ambos fueron para Tesei puntos de inflexión en su niñez: el viejo abuelo le enseñó el arte de la persuación, de la bondad, de mirar fijo a los ojos en silencio. Su abuela materna le heredó la alegría del carnaval -fueron juntos y por única vez a ver una comparsa por el barrio de Boedo. Tesei experimentó una adrenalina salvaje entre pomos de nieve y baldes de agua- y sobre todo esa abuela le mostró la magia de la pintura. De ahí que años después (muchos) sus primeros trabajos plásticos (imperfectos, absurdos, indocumentados) fueron en Austin, Texas, en companía (en ese entonces) de su pareja y de una perra apodada "Cleo".
Tesei tenía una lista de preguntas frecuentes. Es más: era una manera cautivante (e inocente) de intervenir sobre el otro. Un mínimo cuestionario lo acercaba tanto a una mujer como a un hombre. Cuando lo conocí (en una librería de palermo sobre la calle Honduras) me recomendó que leyera a Vladimír Holan. Mi sorpresa fue inmensa: la noche anterior Estela (mi mujer) me habló de Holan y de su Praga natal al igual que Rilke y Kafka.
Tesei me leyó un fragmento de un poema de Holan:
""¿Cómo no ser?", te preguntas y hasta acabas por decir en voz alta... Pero el árbol y la piedra lo callan, aunque ambos son hijos de la palabra y por tanto mudos, ya que la palabra se asusta de ver lo que ha sido de ella..."
Hablamos de poesía. De los poetas latinoamericanos. Me dijo que admiraba a Aldo Oliva y que Mark Strand le parecía insuperable. Le aclaré que Strand era Canadiense. Y me dijo (mientras se servía otro whisky): "Sí hubiera nacido en Buenos Aires o en Lima su poesía tendría la misma fuerza".
Tesei tenía un poder de convencimiento arrollador. Cuando salí de la librería algo en mí era distinto (¿el gusano?). Llegué a Plaza Italia y me senté en un bar sobre la calle Oro. A pocos metros había (y hay) un hotel alojamiento y más allá dos mujeres y un travesti se amontonaban entre las ventanillas de los automóviles. Entre tarifas y demás -y después de beber mi cuarta pinta- me imaginé haciendo el amor con las tres. Me imaginé pagando una habitación doble, sin bidet, con una ducha precaria, con olor a semen, con una alfombra podrida. Haciéndolo sin nada que perder.
Salí del bar. Me acerqué a ellas y les pregunté sí conocían a Vladimír Holan.
Risas.
- ¿Quién?
Repetí: Vladimír Holan.
Otra voz:
- Dejate de joder, papi ¿Hacemos algo? No me digas que sos celoso.

No sé bien qué pasó. No importa. Estaba lo suficientemente ebrio para hacerlo hasta el final o para sacar una cuarenta y cinco y volarle la cabeza a todo lo que se me topara.
Me acordé de Tesei y de lo que me había contado de su infancia y de sus poetas. Entendí que sin lugar a dudas también Vladimír Holan podría haber nacido en Buenos Aires o en Lima y nada de eso hubiera alterado su poesía y que también lo hubiera hecho con las tres y que hubiera disparado a diestra y siniestra contra todo intento de felicidad.

3 comentarios:

susana dijo...

Cautivador relato, quería encontrar otro vocablo...pero simplemente me cautivo, no se cuánto hay de realidad y de ficción....pero es tácitamente real, y cercano. Excelente. Un cordial saludo!

entre el sueño y la embriaguez dijo...

Realmente bueno. Me ha gustado MUCHO

eladanbuenosaires dijo...

Como siempre, muy bueno Andrés !