domingo, 27 de febrero de 2011

Maurice Blanchot (1907-2003)

A las diez de la mañana (domingo) Maurice Blanchot apretó el timbre de mi departamento de manera insistente. Por la intensidad y la brevedad entre los pulsos (el sonido era insoportable) lo imaginé nervioso. Bajé (la noche anterior me había acostado temprado debido a que me estaba recuperando de una fuerte gastritis) y cuando abrí la puerta la sonrisa de Blanchot me resultó cautivante.
Subimos. Mi percepción de su nerviosismo fue real: me contó que se habían cancelado varios trenes y que se sentía "grande" como para viajar en ciertas condiciones. Mientras se acomodaba en el futón y miraba despreocupado algunos libros que yo tenía en la mesa (El Manual de la oscuridad de Enrique de Hériz, la Breve Historia de la Literatura Argentina de Martín Prieto, Hijos sin hijos de Vila- Matas) me dijo que a pesar de su incomodidad en el traslado le gustó en extremo la estación de Coghlan. La palabra "extremo" me inquietó pero la tomé como un halago o como una de sus tantas formas de empezar y terminar una conversación.
Se acomodó en el futón, cruzó las piernas y me dijo: Andrés, Pascal apuntó al centro del pensamiento trágico.
Era temprano y la gastritis todavía me estaba dando sus últimos guiños. Le ofrecí un café (el cual aceptó sin dudarlo) y lo único que pude decir fue que Pascal me parecía un filósofo al cual habría que recurrir siempre, es más: hasta en los momentos de mayor tristeza. Maurice volvió a regalarme esa sonrisa indiscreta como señal de aprobación.
Blanchot: "El hombre trágico vive en la tensión extrema entre los contrarios, asciende del sí y no confusamente mezclados a los sí y no claros y claramente mantenidos dentro de la oposición. Pascal no ve al hombre como una mezcla regulable de cualidades medianas y honrados defectos, sino como un encuentro insostenible de extrema grandeza y de extrema miseria, nada incongruente donde se topan dos infinitos".
Lo escuché como quien cierra los ojos y se demora frente al mar: sus palabras eran mágicas. Era casi improbable que Blanchot estuviera en mi departamento y más improbable aún que estuviera hablando de Pascal. Creo (me dije) mientras le dejaba el café sobre la mesa que todo lo que estaba ocurriendo era parte de un sueño y que ésta absurda aclaración era parte de una lógica onírica, una mecánica nacida en los confines de lo oculto.
Blanchot se quedó en silencio. Como si hubiera escuchado este último pensamiento, como si él estuviera destinado a ser evocado por Otros (mayúscula) y esos Otros fueran una especie de mensajeros demoníacos. No lo imagino a Banchot en el Paraíso: se hubiera aburrido muy rápido. Lo veo abrazado a una idea del Mal, el Mal tomado desde la palabra: el Mal que se origina en todo diálogo y en toda ruptura de ese diálogo, el Mal visto desde la ontológia de su propio desastre y no como una simple oposición al Bien. Blanchot es parte de una arquitectura sutíl casi invisible, presente (y ausente) de algún callejón del Tártaro.
Pienso que la tensión a la que Blanchot hizo referencia es uno de los atributos del hombre trágico y que un hombre es trágico cuando su existir convive con las tinieblas, con una convocatoria a un hablar verdadero, un hablar cuya consecuencia es el silencio, un espacio abierto, sin fronteras, un lugar donde la justicia es impensable, un mundo inhabitable pero un mundo en el cual el hombre trágico debe y tiene que permanecer.
Blanchot vuelve a sonreír.
¿Aprobación total? ¿Aliteración en el núcleo de los sueños? ¿Aburrimiento matinal? ¿Qué consecuencias tuvo el encuentro de Blanchot con la estación de Coghlan? ¿Cómo llegué a pensar que la persona que estuvo acá (situemos lo descripto anteriormente como un punto referencial) era Maurice Blanchot? ¿Por qué sólo vio (de todos los libros que tengo en la mesa) tres títulos: el Manual, Hijos y la Breve Historia de Prieto? ¿Hablamos de ciertos escritores latinoamericanos? ¿Le pregunté sí sabía cómo viajan los verdaderos Poetas de nuestra Tierra? ¿Le dije, tal vez, que me incomodaban sus inclinaciones políticas? ¿Le mencioné mi admiración por David Foster Wallace?