domingo, 16 de enero de 2011

"...poderoso dios de amor: envía la tormenta ya..."

Hay un poema en la Universidad Desconocida que habla de que todos comieron un plato de más de 200 pesetas menos Roberto y también dice que Lisa había colgado el teléfono y que él (Roberto) se dio cuenta una hora después. Me imagino al tipo parado dentro de la cabina telefónica murmurando sus penas a un fantasma.
Y esos fantasmas (que son siempre los mismos: allá o acá) me llevaron a caminar (hoy: Buenos Aires) por la calle Santiago del Estero y ver cómo mujeres morenas (exóticas, hermosas) ofrecían sus servicios por menos de veinte pesos y ver cómo Constitución sigue siendo una puñalada en la garganta de cualquier observador. Pero lo sorprendente es la conexión que hay entre las cosas: el poema de Roberto, el hambre, la desolación, la espera, la lejanía, la magia del crimen, los pasos de un testigo que es parte del asunto.
Quizá por eso giré todas las cosas de mi casa: la biblioteca en otra pared, el futón en la cara opuesta y eso me hizo descubrir el infinito de la ventana (que ahora se esconde del farol) y la lejanía de los árboles vecinos. En esos remolinos de objetos apareció una pared inmensamente blanca. Tibia. Y de ese pequeño fulgor surgió las ganas de pintar un cuadro para esa especie de blanco nocturno (abusando de un término empleado en la literatura argentina).
Entonces: escuché cinco o seis veces el último trabajo del Indio. Solo. Fumando. A medio vestir. Haciendo crecer y decrecer mi miembro con los golpes tácticos del azar.
Copio: "...y siempre te sentís vulgar sí alquilás cruceros de amor..."

(Llueve).

3 comentarios:

Manucho dijo...

veryverygooden

Balovega dijo...

Buenas noches...

Buceando topé con tu casa y al ver la puerta abierta, me dije, voy a curiosear un rato, y aquí me tienes mirándolo todo, claro con tu permiso...

Un saludo de buenas noches.

Nykotina dijo...

En ese frío deporte del escribir encuentro imágenes, imágenes tuyas que reconozco mías, y que tal vez son ya de todos, y no puedo dejar de leer. No puedo, cuando lo que se trepa a mis ojos es un espejismo de blanco nocturno, es un espejismo Bolaño, una quietud de oquedad, una indefinición hierática. Y me pierdo.