domingo, 24 de octubre de 2010

Todavía tengo el pasaporte arriba de la mesa. Verlo (sin poder moverlo de lugar) es una especie de ritual: ahí está con el escudo argentino gastado y la cubierta azul levantada. En la misma mesa conviven tres libros (que tampoco puedo establecer otro sitio): Tadeys, Manual de la oscuridad y los poemas de Lowry. Siempre cuando los veo me pregunto qué hacen acá estos sujetos. Y como la respuesta es parte del aturdimiento me siento en el balcón a fumar una pipa. Como los libros -éstos y todos los demás: por ejemplo: Bajo una luz marina y Los detectives salvajes que están en otra pila junto a otras manías- y el pasaporte pienso en las personas con las que alguna vez compartí esta cotidianidad y que por alguna razón hoy están ausentes. Mientras indago qué hacer con la memoria y con esos recortes, un gato salta entre los techos vecinos.
La imagen lo dice todo: la vida "vive".

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