martes, 5 de octubre de 2010

Libertador 2930

Hay un listado de libros que una tal Genna pidió por teléfono. La señora habló con el encargado de la librería: el gran poeta conocedor de ciertas corrientes literarias y de ciertos criterios para supervisar catálogos murmuraba: éste sí... éste no.
Así la lista creció unos veinte títulos y esa tal Genna (que parece ser que es una señora millonaria que no sale de su piso en la avenida Libertador hace años y que dirige todo su imperio-unas tres mil hectáreas de soja- desde su encierro) hizo un giro a la cuenta de la librería. Y acá se arma el rompecabezas: el gran encargado poeta se pone nervioso buscando los libros, limpiando maniáticamente las tapas con alcohol y borrando con una goma las imperfecciones de las solapas. Todos detrás de la señora Genna: cerrando bolsas y haciendo un llamado telefónico para combinar la entrega. Después de unas horas el pedido estaba listo y entre los autores aparece Foster Wallace. Acá me detengo frente a los ojos del gran poeta encargado que me exigían por poco salir corriendo: "Andrius apuráte que la señora esta nerviosa".
David Foster Wallace. Libro: Extinción.
Este escritor es para mi un icono. No solo por su brillante descripción de la sociedad americana sino por la voracidad gramatical con la que expuso todo lo que se le interponía. Esa depredación lo llevó a una reconocida fama mundial y también a un pesar infinito: Foster Wallacer se ahorcó el 12 de septiembre del año 2008.
David se paseaba en sus conferencias internaciones con vinchas de tenistas y con un aspecto atlético-jovial inmejorable. Fue un gran deportista y sobre todo un gran observador. Tener un libro de Foster Wallace es todo un acontecimiento que sobrepasa cualquier dimensión literaria: es poseer una voz aplastante e implacable. El silencio de Wallace es letal.
Mientras salía de la librería en dirección al departamento de la señora Genna pensaba en lo simbólico que era leer a un sujeto así.
El trayecto fue corto. Caminé por Ugarteche hasta Libertador y toqué el timbre. Una voz tímida escuchó mi presentación: Buenas tardes. Vengo de la librería Norte con unos libros para la señora Genna.
Una pausa me dijo que algo no estaba bien. "Ah, sí. Le abro la puerta del garage. Pase por ahí".
Es decir: no podía subir por el ascensor principal. El portón se abrió como si estuviera entrando en la baticueva de la estupidez. Me topé con alguien de seguridad que monitoreaba mis pasos: "Ahí está el ascensor de servicio. Vaya por allá".
Los señores que tienen dinero me dicen por dónde subir, con quién hablar, por quién preguntar. Esos mismos señores (en este caso una señora) leen o creen "leer" a Foster Wallace: un tipo que jamás hubiera subido por otra puerta y que hubiese escupido cada página de esos libros.
La señora Genna tiene el poder de gobernar nuestras miserias.
Me recibió una mujer vestida de ama de llave. Son libros, dije y vi en el recorte "pasillo-puerta" la cocina de la señora Genna. Sentí que Foster Wallace jamás tendría que haber llegado ahí, sentí que tendría que haber dejado los libros en la calle y volver a la librería con la certeza de que había hecho algo bien.

1 comentario:

Manucho dijo...

Realmente no sé qué hubiera hecho Foster Wallace , pero sí puedo imaginar a Bokowski, al otro extremo del portero eléctrico: "...un momento por favor, es que me estoy masturbando..."