miércoles, 27 de octubre de 2010

Una palabra lejos. Como si hubiera estado escondida años. Siglos. En una memoria muda. Una palabra que me obliga al análisis de la letra. La grafía de un mundo perdido. Un sonido ineludible. Un silencio alterado por el mutismo del rostro. Pienso en esa palabra como una sortija que me pertimite dar una vuelta más por la celda. Un regalo compartido. Sin destino. Sin destinatario. Sin un cuerpo hacedor de memoria. Palabra fuera del tiempo y a destiempo. Sensatez e interrogante. Palabra audaz inserta en el poema. Como si el poema fuera una caja musical y la palabra una torre oscura. La interrogo y me interroga. Hasta devolverme la figura de una mujer. Una mueca desierta. La posibilidad de una fuga.
Un pacto sin testigos.

domingo, 24 de octubre de 2010

La simbología del hombre araña es exacta: un tipo envenenado que bajo un disfraz ronda por la noche para preservar el bien. Un tipo enamorado y a la vez postergado entre el sufrimiento y la posibilidad del amor. Un sin fin de enemigos terriblemente seductores con los que combate de manera demencial: como si el mal estuviera en el hacer de los otros y no en él mismo. Qué hubiera pasado si esa araña en ese museo no lo hubiera sorprendido con su picadura. Y acá está lo fascinante: ¿cuándo nos jodimos? esto me lleva a celebrar la brillante sentencia de Mario Vargas Llosa: "¿sabés cuándo se jodió el Perú?" y ese arácnido mitad hombre mitad villano se desplaza con su tela (un material pegajoso y protector) por una arqueología de cemento y por el asombro de algún testigo que sin querer lo descubre. Saltos. Astucia. Cuándo nos jodimos. La supremacía temblorosa del bien. Cuándo.
La escena es nítida: corten.
Todavía tengo el pasaporte arriba de la mesa. Verlo (sin poder moverlo de lugar) es una especie de ritual: ahí está con el escudo argentino gastado y la cubierta azul levantada. En la misma mesa conviven tres libros (que tampoco puedo establecer otro sitio): Tadeys, Manual de la oscuridad y los poemas de Lowry. Siempre cuando los veo me pregunto qué hacen acá estos sujetos. Y como la respuesta es parte del aturdimiento me siento en el balcón a fumar una pipa. Como los libros -éstos y todos los demás: por ejemplo: Bajo una luz marina y Los detectives salvajes que están en otra pila junto a otras manías- y el pasaporte pienso en las personas con las que alguna vez compartí esta cotidianidad y que por alguna razón hoy están ausentes. Mientras indago qué hacer con la memoria y con esos recortes, un gato salta entre los techos vecinos.
La imagen lo dice todo: la vida "vive".

domingo, 17 de octubre de 2010

Nadie sabe lo que mueve un cuerpo

Sabés que no sueño
pero anoche
temblaba
frente a una playa
y había una especie de fogata
que iluminaba
los rostros de los muertos

sé que él la quería mucho

domingo, 10 de octubre de 2010


Te puede pasar
haber dormido mal
algunas noches
y haber bebido grandes
venenos
y decir: quiero ir a verla
y salir con una remera nueva
con las monedas para el autobús
con tu mochila sucia
y una vez en viaje
la cosa se reanuda entre el silencio
y el recuerdo y podés imaginarla con ese vestido verde que tanto amabas
podés escucharla reír
y las calles pasan
los árboles pasan
la gente sube y baja
y nadie te escucha
y cuando llegás a pocos metros del lugar
donde trabaja
todo se vuelve real: entrás y te dicen: " hace tres días que renunció"
y entonces querés seguir con el castigo
como un viejo diablo estúpido
volvés a otro autobús
esta vez leyendo el curso de literatura rusa
de Nabokov
(que cargás a todos lados)
y suben ancianos
y ancianas
(!pobre diablo viejo!)
y llegás a la Boca
con las palabras de Tolstoi
y caminás por esos conventillos
sombreados de luna
y en la puerta de esa casa
hay un poema de Borges
y tocás el tiembre
y esperás
esperás
un auto se detiene
y te mira
sigue el tiembre
nadie contesta
hasta que te encendés un cigarro
y le preguntás al tipo del vehículo
a quién buscaba
y el tipo tiene una dentadura podrida
y te dice: " a una chica que se va a la terminal de Retiro"
y entre respuestas
te das cuenta que se trata de la misma chica
y que se fue antes
que ya no estará a tantas cuadras
sino a kilómetros
y eso te hace llamarla
después de meses
y volver a escuchar lo distante de las cosas
el sin sentido de haber llevado todo a un extremo semejante
y caminás por el barrio
y bebes unas petacas
hasta que los perros se confunden con el asfalto
y caminás
caminás
y decís: ¡carajo cómo todo en mi vida desaparece!
y te sentás (después de varias cuadras)
en el parque Lezama
en una mesa que tiene un tablero de ajedrez de cerámica
(y esa mujer está en plena ruta y jamás volverá)
y bebes unas latas
y la muerte no quiere que sigas jodiendo sus asuntos.

te puede pasar...


martes, 5 de octubre de 2010

Libertador 2930

Hay un listado de libros que una tal Genna pidió por teléfono. La señora habló con el encargado de la librería: el gran poeta conocedor de ciertas corrientes literarias y de ciertos criterios para supervisar catálogos murmuraba: éste sí... éste no.
Así la lista creció unos veinte títulos y esa tal Genna (que parece ser que es una señora millonaria que no sale de su piso en la avenida Libertador hace años y que dirige todo su imperio-unas tres mil hectáreas de soja- desde su encierro) hizo un giro a la cuenta de la librería. Y acá se arma el rompecabezas: el gran encargado poeta se pone nervioso buscando los libros, limpiando maniáticamente las tapas con alcohol y borrando con una goma las imperfecciones de las solapas. Todos detrás de la señora Genna: cerrando bolsas y haciendo un llamado telefónico para combinar la entrega. Después de unas horas el pedido estaba listo y entre los autores aparece Foster Wallace. Acá me detengo frente a los ojos del gran poeta encargado que me exigían por poco salir corriendo: "Andrius apuráte que la señora esta nerviosa".
David Foster Wallace. Libro: Extinción.
Este escritor es para mi un icono. No solo por su brillante descripción de la sociedad americana sino por la voracidad gramatical con la que expuso todo lo que se le interponía. Esa depredación lo llevó a una reconocida fama mundial y también a un pesar infinito: Foster Wallacer se ahorcó el 12 de septiembre del año 2008.
David se paseaba en sus conferencias internaciones con vinchas de tenistas y con un aspecto atlético-jovial inmejorable. Fue un gran deportista y sobre todo un gran observador. Tener un libro de Foster Wallace es todo un acontecimiento que sobrepasa cualquier dimensión literaria: es poseer una voz aplastante e implacable. El silencio de Wallace es letal.
Mientras salía de la librería en dirección al departamento de la señora Genna pensaba en lo simbólico que era leer a un sujeto así.
El trayecto fue corto. Caminé por Ugarteche hasta Libertador y toqué el timbre. Una voz tímida escuchó mi presentación: Buenas tardes. Vengo de la librería Norte con unos libros para la señora Genna.
Una pausa me dijo que algo no estaba bien. "Ah, sí. Le abro la puerta del garage. Pase por ahí".
Es decir: no podía subir por el ascensor principal. El portón se abrió como si estuviera entrando en la baticueva de la estupidez. Me topé con alguien de seguridad que monitoreaba mis pasos: "Ahí está el ascensor de servicio. Vaya por allá".
Los señores que tienen dinero me dicen por dónde subir, con quién hablar, por quién preguntar. Esos mismos señores (en este caso una señora) leen o creen "leer" a Foster Wallace: un tipo que jamás hubiera subido por otra puerta y que hubiese escupido cada página de esos libros.
La señora Genna tiene el poder de gobernar nuestras miserias.
Me recibió una mujer vestida de ama de llave. Son libros, dije y vi en el recorte "pasillo-puerta" la cocina de la señora Genna. Sentí que Foster Wallace jamás tendría que haber llegado ahí, sentí que tendría que haber dejado los libros en la calle y volver a la librería con la certeza de que había hecho algo bien.

lunes, 4 de octubre de 2010

Eso que falta lo carga el gran Otro. A veces como una palabra. Otras como una trompada. Y el arte de decir es un arbitraje entre lo que se ata y se escapa. La fuga de uno en lo otro. La sorpresa. La cosa que se cocina detrás del sexo. Entre piernas y gemidos. Una torpeza de dos.
Una detreza omnipotente.

La Venus de las pieles



¿Habremos condicionado ciertos y determinados actos este día (lunes)? Es decir: la hora en la que abrimos los ojos. El mate que tomé antes de salir. La disposición de la ropa en los cajones.
¿Habrá sido todo una casualidad? Un tren cargado en la hora pico. Mi apuro de llegar rápido a casa. Gente y más gente en el último vagón. Apretados (todos) entre los vaivenes del furgón. ¿Seremos parte de un ritual? Digo: el hecho de habernos encontrado ahí pegados (casi cuerpo a cuerpo) con mi Venus de las pieles? ¿Cómo puede ser? me dije, en el instante en que me topé con su distinguido cabello rubio.Sí. Era ella.Estábamos de nuevo en un viaje simbólico (y físico) contracturados entre extraños, cruzando vías y recuerdos. ¿Cómo? sí por esa mujer me desvelé noches enteras, viajé kilómetros hasta un pueblo para adorarla como a una diosa caída entre los hombres. Cómo pude arruinar las cosas y decir "otras" para ocultar "otras" y dejarme llevar por un pasado mal parido. Cómo estábamos ahí parados en ese porvenir efímero. Cómo. No sé. O no quiero encontrarle una lógica a un suceso imposible de cuantificar. Darle un nombre sería un truco. Nos vimos y ella sonrió como antes y esa sonrisa me llevó a ese pueblo en el que nos escapábamos ciertos fines de semana y a esa casa de techos bajos y ventanas con marcos verdes y a esa cama con ese colchón hundido. Y esa sonrisa cruzó kilómetros y regresó a este espacio literario. Ella volvió a reírse y me preguntó qué hacía viajando a esta hora y dije o creí decir que estaba trabajando en una librería de barrio Norte.
Hubo un silencio y tal vez una mirada y quizá un acierto de verdad en todo lo que pasó pero esos minutos eran los brazos de un reloj interno que se detuvo tiempo atrás. Y pude preguntarle sí había leído "La Venus de las pieles".
Y antes de bajarme del tren le di un beso y ella corrió de más la cara y me dijo: "tenés que escribir esto".




C ontadas veces los vi juntos. Tanto el uno como el otro conservaban una apariencia de hermanos. Había algo en sus cabezas... Siemp...