domingo, 5 de septiembre de 2010

Soñé con el Parque Sarmiento y con mi abuelo Juan que me esperaba en el kiosko con la mirada perdida. Soñé con su muerte y con la muerte de todos los que estuvimos alguna vez sentados sobre ese mostrador de aluminio atado con alambre. Soñé con el viejo Martinez y con su bicicleta, con sus broches en el pantalón y su bigote blanco. Soñé con el colegio Castelli y con voz ronca de Caro (el director) y con sus uñas largas y sucias sobre la mesa redonda del almuerzo: "Boiero coma todos los ravioles". Soñé con esas guerras de panes y con las garras de agua que nos dejaban las cocineras y con nuestras peleas por quién conservaba más agua entre trago y raviol. Soñé con las putas de Montevideo, con Alejandra que me abrazaba y me decía que toda pesadilla termina con una larga caminata por el río. Soñé con mi perra Adelaida, con sus garrapatas y sus bolas de pelos entre las ojeras.
Llovía y no me encontré ni con Kafka ni con Arlt ni con ningún otro maldito. Sólo éramos los mismos de siempre: unos pobre locos que bebían un poco de ron para seguir adelante.