viernes, 17 de septiembre de 2010

¡Despierta viejo Bob!

Cerró los ojos y me dijo: "morirás".
Una voz abismal, una habitación vacía, dos cuerpos desnudos y distantes. "Será esta madrugada". Volvió a decir. Y pensé que antes de morir debía hacer algo que me hiciera feliz. "Pero de todas formas morirás". Dijo otra voz desde otro lugar. Esa voz y ese espacio eran parte de un deseo inmenso de escapar, de llegar a un sitio desconocido manejando un automóvil viejo, de pedir una llave, tirarme en la cama y encender la pantalla: "En la calle X se abrió una tienda de ropa usada" y ser consciente de que nada de esto hubiese ocurrido si esa mujer no me hubiera ordenado morir.
El automóvil está en el parking del motel. El calor despierta la curiosidad de los insectos. Un hombre corpulento me golpea hasta el desmayo. Y recién acá me siento un verdadero muerto: escucho la propaganda de una gaseosa dietética.
No espero a nadie.

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