miércoles, 11 de agosto de 2010


Iba y venía en su bicicleta. Era muy delgado, usaba casi siempre musculosas blancas o negras, pantalones pinzados y un calzado de cuero muy elegante. El pelo lo tenía largo medio gastado como si hubiera vivido años cerca del mar. Creo que una vez me dijo que estuvo una larga temporada en Río de Janeiro. La primera impresión que causaba era extraña: tal vez el bigote bien cortado, la piel oscura, sus rasgos árabes, daban la sensación de estar frente a un exiliado, a un tipo que trataba de esconderse de una terrible persecusión. No sé por qué tuve siempre esa intuición. Me recordaba esos personajes de Salgari o a esos sujetos solitarios, tristes, enamoradizos de los que tanto escribió Onetti.
Cuando decidimos abrir la librería (hace ya cuatro meses), él se presentó como el letrista que iba a darle su toque artístico al lugar. Y así fue. Pintó las letras del frente del local con un entusiasmo único: bailaba, me pedía algunos libros para leer mientras bebía algunas medidas de ron. Nelson se convirtió en el alma de Los Perros Románticos. Todas las mañanas llegaba puntual, vestido con su musculosa y sus pantalones pinzados, entraba la bicicleta al local y me saludaba afectuosamente con un beso. Me hablaba de mujeres, de sus amores eternos por ciertos detalles femeninos: las manos, los pies, las piernas. Nelson pintaba y soñaba con encontrar una compañera para compartir sus aventuras. Tuvo (según me dijo) varias: a una le decía la Judía y la describía como un gran amor pero como una mujer fría que pocas veces le demostró afecto: "Andrés: en seis años que viví con ella todas las mañanas le llevaba el desayuno a la cama". Eso lo dice todo o tal vez para mí era una señal de que estaba frente a un árabe sensible que necesitaba el refugio de una mujer. La librería la dejó impecable: hizo las caricaturas de Bolaño, pintó dos rayuelas sobre una pared y terminó magistralmente las letras: "Los Perros Románticos". "Books". "Libros". "Honduras 5275." Después apareció algunas noches a beber algo: subía hasta la librería, me saludaba y me preguntaba por algún libro de arte.
Pasaron algunos meses y me lo crucé en otro negocio: tenía la cara hinchada y lo ví más delgado y casi sin fuerzas.
Me dijo que tenía una especie de infección "media extraña" y que los médicos le habían recomendado reposo. Igual iba y venía con la bicicleta como si todo estuviera en su lugar. Un día nadie lo vio más.
Conocidos en común decían que estaba internado en el Hospital Pirovano. Lo llamé a su celular y estaba fuera de servicio. Me enteré que había muerto y que estuvo peleando con un cáncer durante muchos años.
Mientras escribo esto miro las letras que me legó y las palabras que todavía están tomando un ron. Estoy casi seguro que allá estará haciendo sonreír a los amos de ese mundo.

Iba y venía en su bicicleta...


2 comentarios:

Manucho dijo...

En una lápida, fría, yace, no ya un hombre sino la falsa promesa: "Te vamos a recordar".Vaya por todo homenaje de quien nuncá tedrá un mármol blanco y frío sino, apenas el recuerdo de quienes no lo conocimos.

Manucho dijo...

En una lápida, fría, yace, no ya un hombre sino la falsa promesa: "Te vamos a recordar".Vaya por todo homenaje de quien nuncá tedrá un mármol blanco y frío sino, apenas el recuerdo de quienes no lo conocimos.