viernes, 16 de julio de 2010

Aliteración (adelanto de mi novela próxima a ser publicada por Milena Caserola)

I

No sé cómo empezó. Un día me miré en un espejo y me dije: a correr. Y así fue. Tampoco sé si corrí mucho pero llegué a un punto.
Este lugar es el principio. A los siete años tenía una pesadilla frecuente: me estrellaba en un avión de combate. Me derribaban. Me despertaba llorando. Eran tiempos de la guerra de Malvinas.
Siempre quise escribir una novela de mil páginas, algo irreal, que nadie pudiera terminar de leer. En la novela demostraré que los verdaderos asesinos no se arrepienten de nada. Las mujeres en esa historia serán perseguidas por tipos sangrientos, violentos. Sujetos a los que no les interesa educar hijos. Sólo coger. Hacerlo pornográficamente como si todo se terminara ahí. Sujetos abismales, armados de formas inimaginables, escondidos en la mugre de cuidad. En pequeños departamentos. Sucios. Con dentaduras podridas. Pensé en un título: Los Desalojados. Un Buenos Aires por los años ochenta. Tipos educados en buenos colegios, en buenas familias y que por azar se encuentran todos reunidos en un viaje, en un mismo ómnibus. Todos juntos. Como si la mierda hubiera estallado. Todos. Y un simple gesto. Una mueca abrirá un diálogo irreversible, un diálogo que despertará la ira de Andrés Rivas.
Y esa historia sucederá en semanas. Un tiempo justo para resolver cualquier circunstancia, un tiempo perfecto para transformarse en un asesino sin culpa.
Y Rivas será un poeta.

II

El temor a enmudecer me invadió. Traté de llamarla pero me fue imposible. La boca se me acalambró. Después las piernas.
Una puntada aguda a la altura del fémur, un dolor que me dejó sin palabras. Abría y cerraba los ojos en la oscuridad más absoluta. Hasta que Catalina encendió la luz y me abrazó.
Otra pesadilla. Otro de esos vuelos fingidos sobre una ciudad de acero. Los destellos de las explosiones y una voz en la radio que me dice: “No retrocedas Andrés. La guerra pronto terminará”. Bombas. Barrios iluminados por serpentinas de balas. Niños destrozados. El avión. La pesadilla que me hace encogerme en la cama y volver a una posición fetal. Una posición que me deja desnudo frente al enemigo.

“Andrés, ya estás en casa no te preocupes”.

III

Escribir ¿para qué? ¿Quién se acuerda de esos chicos que murieron en Malvinas? Pero hablo de esa guerra porque la viví de cerca. La viví con una angustia como si hubiera estado ahí. Qué tengo para escribir a partir de esto. Tenía diez años y mi padre me regalaba todas las publicaciones que había sobre Malvinas. Sobre esa guerra y me acuerdo la cara de ese General de la Nación, de ese Presidente de Facto que batía las manos en el Casa de Gobierno frente a una multitud. Pero como dije era un pibe y los años me dejaron una sensación amarga y todo se perdió. Es como sí esos bombardeos me hubieron seguido desde ahí. Esos apagones que hacíamos en Buenos Aires por temor a los vuelos nocturnos de los halcones ingleses. Esa oscuridad (que era mi oscuridad) se apoderó de todo y quizá de ahí surgió el morbo de abrir sapos y de operar conejos en un cuarto que tenía en mi casa. Ver qué había en esas tripas. Escarbar. Hundir un escarpelo en la piel y apretar. Calcar el gesto de la muerte en los guantes de látex, en esos huecos resecos, en los húmeros. Y así hasta llegar al corazón y verlo (con ojos atónitos) latir. Intuir que ese acto jamás se completará del lado de la vida y que gozaré del privilegio de ser el protagonista de un deceso tibio apoyando mis dedos en cada latido como si fueran a tocar una partitura de Shubert.
Y mi madre, pisos abajo, estará haciendo el amor con mi padre y esas muertes nos perseguirán por siempre.
Sapos.

IV

Tengo fiebre. Sudo. Estoy encerrado en una habitación. Caminé varias cuadras hasta encontrarme con un hotel.
Entré. Me choqué con un mostrador y con la palidez del conserje. Hablamos. No recuerdo qué nos dijimos. Me dio un juego de llaves.
Estoy dispuesto a suicidarme. Pero ¿para qué entablar un ritual con la muerte?
¿Por qué no hacerlo ahora mismo sin cuidar los detalles?
La descripción de la habitación es simple: una cama de dos plazas en el centro. Un velador en cada extremo. Una mesita de madera. Un teléfono blanco. Una Biblia. Una silla con un respaldo incómodo. Un mueble para la ropa. Una ventana pequeña con un cortinado similar a esos que se ven en las películas de terror. Una guía telefónica. Un baño fantasmal: cerámicas negras en el piso y celestes en las paredes. Las canillas pierden agua y el espejo tiene un lado ciego, descascarado. El inodoro es de esos que no salpican y que deja ver las iconografías de las heces.
Tengo: una botella de whisky, un revólver plateado (el mismo que usé para asesinar a Leonardo Gusmán cerca del hospital Fiorito), un libro de poemas de Carver y doscientos pesos.

3 comentarios:

Prado dijo...

Habrá que hacer los arreglos necesarios para que la novela llegue al istmo centroamericano. Guatemala, digamos para concretar. Saludos y felicidades. Más a la editorial que a vos.

lula dijo...

cerámicas negras en el piso y celestes en las paredes...pff y lo demás...

el texto se abre sobre la sombra y yo quiero seguir leyendo.

manucho dijo...

Lo de "pff y lo demás" lo entendí, pero...cerámicas negras en el piso y celestes en las paredes..?