miércoles, 21 de julio de 2010

Regresan "esos tipos y esas tipas"




Están de nuevo: esos tipos y tipas con sus chaquetas de cuero, sus cámaras digitales colgando y esas miradas estúpidas sobre las estanterías: ¿qué autor es el más leído ultimamente? ¿no hay pocos libros en tu librería? La panza (no el estómago) me hace ruido y sin querer contesto una palabra torpe o fuera de lugar (mientras escucho en la radio "cuidemos al turismo"): ¿por qué no se van al carajo?Lo digo con enfásis con bronca como si ellos fueran los culpables de mis peores miserias y de todas las mentiras que hay que decir para cubrir sus espectativas turísticas. Al carajo ellos y esas cámaras del demonio que sacan fotos para los álbunes familiares con títulos como: "Palermo. Librería Los Perros Románticos". Mientras escribo esto me doy cuenta que cada día estoy menos tolerante y como sé que el final que me espera es la soledad más absoluta, no me preocupa. Menos sonreír ante las payasadas del turismo o de los adinerados señores de esta gran ciudad. Debe ser por eso (y por muchas otras cosas más) que las mujeres me abandonan y jamás regresan. Digo.

martes, 20 de julio de 2010

Pascal

Cuando considero la corta duración de mi vida, absorbida en la eternidad precedente y siguiente-memoria hospitis unius diei praetereuntis-, el pequeño espacio que ocupo e incluso que veo, abismado en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran, me espanto y me asombro de verme aquí y no allí, porque no existe ninguna razón de estar aquí y no allí, ahora y no en otro tiempo. ¿Quién me ha puesto aquí?¿Por orden y voluntad de quién este lugar y este tiempo han sido destinados para mí?

viernes, 16 de julio de 2010

Aliteración (adelanto de mi novela próxima a ser publicada por Milena Caserola)

I

No sé cómo empezó. Un día me miré en un espejo y me dije: a correr. Y así fue. Tampoco sé si corrí mucho pero llegué a un punto.
Este lugar es el principio. A los siete años tenía una pesadilla frecuente: me estrellaba en un avión de combate. Me derribaban. Me despertaba llorando. Eran tiempos de la guerra de Malvinas.
Siempre quise escribir una novela de mil páginas, algo irreal, que nadie pudiera terminar de leer. En la novela demostraré que los verdaderos asesinos no se arrepienten de nada. Las mujeres en esa historia serán perseguidas por tipos sangrientos, violentos. Sujetos a los que no les interesa educar hijos. Sólo coger. Hacerlo pornográficamente como si todo se terminara ahí. Sujetos abismales, armados de formas inimaginables, escondidos en la mugre de cuidad. En pequeños departamentos. Sucios. Con dentaduras podridas. Pensé en un título: Los Desalojados. Un Buenos Aires por los años ochenta. Tipos educados en buenos colegios, en buenas familias y que por azar se encuentran todos reunidos en un viaje, en un mismo ómnibus. Todos juntos. Como si la mierda hubiera estallado. Todos. Y un simple gesto. Una mueca abrirá un diálogo irreversible, un diálogo que despertará la ira de Andrés Rivas.
Y esa historia sucederá en semanas. Un tiempo justo para resolver cualquier circunstancia, un tiempo perfecto para transformarse en un asesino sin culpa.
Y Rivas será un poeta.

II

El temor a enmudecer me invadió. Traté de llamarla pero me fue imposible. La boca se me acalambró. Después las piernas.
Una puntada aguda a la altura del fémur, un dolor que me dejó sin palabras. Abría y cerraba los ojos en la oscuridad más absoluta. Hasta que Catalina encendió la luz y me abrazó.
Otra pesadilla. Otro de esos vuelos fingidos sobre una ciudad de acero. Los destellos de las explosiones y una voz en la radio que me dice: “No retrocedas Andrés. La guerra pronto terminará”. Bombas. Barrios iluminados por serpentinas de balas. Niños destrozados. El avión. La pesadilla que me hace encogerme en la cama y volver a una posición fetal. Una posición que me deja desnudo frente al enemigo.

“Andrés, ya estás en casa no te preocupes”.

III

Escribir ¿para qué? ¿Quién se acuerda de esos chicos que murieron en Malvinas? Pero hablo de esa guerra porque la viví de cerca. La viví con una angustia como si hubiera estado ahí. Qué tengo para escribir a partir de esto. Tenía diez años y mi padre me regalaba todas las publicaciones que había sobre Malvinas. Sobre esa guerra y me acuerdo la cara de ese General de la Nación, de ese Presidente de Facto que batía las manos en el Casa de Gobierno frente a una multitud. Pero como dije era un pibe y los años me dejaron una sensación amarga y todo se perdió. Es como sí esos bombardeos me hubieron seguido desde ahí. Esos apagones que hacíamos en Buenos Aires por temor a los vuelos nocturnos de los halcones ingleses. Esa oscuridad (que era mi oscuridad) se apoderó de todo y quizá de ahí surgió el morbo de abrir sapos y de operar conejos en un cuarto que tenía en mi casa. Ver qué había en esas tripas. Escarbar. Hundir un escarpelo en la piel y apretar. Calcar el gesto de la muerte en los guantes de látex, en esos huecos resecos, en los húmeros. Y así hasta llegar al corazón y verlo (con ojos atónitos) latir. Intuir que ese acto jamás se completará del lado de la vida y que gozaré del privilegio de ser el protagonista de un deceso tibio apoyando mis dedos en cada latido como si fueran a tocar una partitura de Shubert.
Y mi madre, pisos abajo, estará haciendo el amor con mi padre y esas muertes nos perseguirán por siempre.
Sapos.

IV

Tengo fiebre. Sudo. Estoy encerrado en una habitación. Caminé varias cuadras hasta encontrarme con un hotel.
Entré. Me choqué con un mostrador y con la palidez del conserje. Hablamos. No recuerdo qué nos dijimos. Me dio un juego de llaves.
Estoy dispuesto a suicidarme. Pero ¿para qué entablar un ritual con la muerte?
¿Por qué no hacerlo ahora mismo sin cuidar los detalles?
La descripción de la habitación es simple: una cama de dos plazas en el centro. Un velador en cada extremo. Una mesita de madera. Un teléfono blanco. Una Biblia. Una silla con un respaldo incómodo. Un mueble para la ropa. Una ventana pequeña con un cortinado similar a esos que se ven en las películas de terror. Una guía telefónica. Un baño fantasmal: cerámicas negras en el piso y celestes en las paredes. Las canillas pierden agua y el espejo tiene un lado ciego, descascarado. El inodoro es de esos que no salpican y que deja ver las iconografías de las heces.
Tengo: una botella de whisky, un revólver plateado (el mismo que usé para asesinar a Leonardo Gusmán cerca del hospital Fiorito), un libro de poemas de Carver y doscientos pesos.

sábado, 10 de julio de 2010

Sein und Zeit


El protagonista se pasea desnudo por un departamento de veintidós metros cuadrados (lejos dos policías hablan de Heidegger como si estuvieran detrás de una pista inevitable: ¿Dos policías?), la ventana está cerrada y el protagonista siente un fuerte dolor en el pecho. Su ex mujer estuvo llamando varias veces en el día y él solo se limitó a escuchar los mensajes en el contestor: ¡Hijo de puta atendeme! El dolor es intenso y el protagonista va hacia el baño y se mira la lengua en el espejo. (Los policías dicen haber encontrado a Heidegger en la Plaza de Mayo, vestido con un traje gris oscuro y con un revólver en la mano izquierda. Al detenerlo el viejo filósofo dijo que había llegado a Buenos Aires con la intención de asesinar al protagonista. Los policías secuestraron el arma y la documentación. "Martín Heidegger" leyó en voz alta uno de los uniformados). El protagonista escuchó un ruido extraño: como si alguna estantería se hubiera caído. Sale del baño y se encuentra con un hombre sentado en el sillón del comedor. (Los policías le explican a Heidegger (éste habla y entiende correctamente el español) que será trasladado a la Jefatura Central y de ahí a la cárcel. El autor de Ser y tiempo hace un gesto con el hombros como si estuviera de acuerdo y vuelve a decir: "He venido de lejos a matar al protagonista").
El hombre de traje gris se levanta del sillón y se presenta: Mucho gusto, soy Heidegger.
El protagonista piensa que todo era una parodia y que el cansancio o el tedio le estaban generando un delirio. (Los policías cargan al filosófo en el patrullero y le preguntan quién es el "protagonista". "Todos", responde el misterioso pasajero).
Heidegger apunta al pecho y dispara hasta vaciar el cargador en el pecho del protagonista.
(Los policías reciben un radio de urgencia en donde una voz femenina les dice que los vecinos de la calle Plaza escucharon varios disparos de un arma de fuego).

Uy cerca de casa, le dice un policía al otro. Apuráte. Quiero llegar temprano.


lunes, 5 de julio de 2010

Quinto round

Algo te puede salir mal: la novela es un fracaso (demasiadas correcciones: ¿te acordás mi Laydy?), en la librería hay libros que nadie lee (¿te parece que alguien gastará trescientos para leer a Leopardi?), te duele la cabeza, la cama cruje y si todo sigue así nada bastará para apagar el incendio. Pero el fuego esta vez será un alivio y desde ahí (o desde aquí sentado en un escritorio movedizo) todo volverá a una normalidad casi invisible: tu mujer se irá con un tipo pintón y sin tantas miserias y por primera vez te sentirás realmente solo. Nada que no hayas visto anteriormente, es decir: una trompada en el medio de la cara.

Huyendo

Veo fotos del colegio. Estoy entre otros con abundante pelo, medias azules y unos mocasines negros. Los otros (ellos) compartieron más que esa foto y sé que hasta el día de hoy se siguen viendo. Unos están en Europa, otros son modelos, los demás: ejercen profesiones rentables. Yo no. No me queda nada de todo eso. Ni en pelo. Ni esos mocasines. Menos las medias azules (sin rombos). Vivo en un pequeño departamento, escribo fragmentariamente y de vez en cuando termino de leer un libro entero (sólo diez o veinte páginas como máximo). Entonces me digo que la nostalgia no existe pero que me sorprendí al verme en una foto actual: se me intuye cansado, incómodo, con los ojos puestos en una cacería. ¡Pump! ¡Dispárale a las bestias Andrés que llegamos tarde a casa!

viernes, 2 de julio de 2010

Press con mancuerna


Cansado de escuchar a esas tipas y a esos tipos de letras que leen con esos tonos poéticos palabras inofensivas. Cansado de esas muecas entre café y café con esos gestos particulares y desconcertantes. Cansado de ver cómo esas tipas y esos tipos hablan de sus viajes a Europa y de esos museos de Europa y de esos cuadros de Europa (mientras el gesto acerca el café y las pitadas del cigarrillo son largas). Cansado de entender esas preguntas estúpidas como: parecés un chico de gimnasio: ¿cómo que conocés a Arlt? y así las tardes en la librería parecen revolcarse en un inmenso inodoro y esos culos sangran nombres: Onetti, Rilke, Lowry. Y esos culos son cobardes. Cansado de escuchar a esas tipas y a esos tipos...

C ontadas veces los vi juntos. Tanto el uno como el otro conservaban una apariencia de hermanos. Había algo en sus cabezas... Siemp...