sábado, 29 de mayo de 2010

Herencias


Pocas veces escribí sobre mi madre. No sé por qué. Quizá no encuentro las palabras justas y tal vez sea un torpe. El mayor de mis errores fue (desde hoy pienso revertirlo) abrazarla poco o no decirle que la necesito mucho más que antes. Y me digo que nunca la escuché quejarse de nada, nunca la vi enojada y nunca la vi bajar los brazos. Es de esas mujeres que la pelean hasta el final y es de esas mujeres de manos y pies pequeños pero de pasos gigantes y golpes de acero. Heredé todo de ella: el amor hacia los libros, el amor hacia los viajes en tren, el amor hacia las golosinas.
(¿Te acordás vieja de las caminatas hacia el colegio Castelli, de los mates de leche que me traías a la cama, de tus palabras memorables?imaginate al director del colegio cagando”. Yo odiaba a ese tipo, a ese ogro que nos hacía comer en silencio, a ese extraterrestre que apoyaba las uñas largas en la mesa y me decía: “Boiero… termine los ravioles”. Y pocas veces escribí sobre esto y pocas veces le dije a mi vieja que la extrañaba, que siempre admiré cómo leía esas novelas policiales que se compraba en la estación Constitución. No sé por qué. Pero le debo todo. Y hoy que todos estamos más viejos y con más mañas confieso el amor inmenso hacia esa mujer, hacia esos recuerdos que me hicieron y me hacen feliz.

2 comentarios:

lula dijo...

estoy llorando!

gaston dijo...

Diana linda.