lunes, 31 de mayo de 2010

Casi nuevamente

La figura de la espera. Del que espera. La sensación de estar sentado en un andén y ver (lejos) la figura del tren. Las curvas tiesas del quebracho. La sombra de una niñez perdida antes de llorar. La foto del padre junto al hijo en la Boca. Atrás del puente Alsina y de los almuerzos en "Puentecito". Como ese tren. Ese gusano gris trepando en el amor. El mozo que pregunta: "¿Todo bien?" Y el carajo. El Gran Carajo con sus maletas repletas de odio. Esto o aquello. La espera.
Nada.

sábado, 29 de mayo de 2010

Herencias


Pocas veces escribí sobre mi madre. No sé por qué. Quizá no encuentro las palabras justas y tal vez sea un torpe. El mayor de mis errores fue (desde hoy pienso revertirlo) abrazarla poco o no decirle que la necesito mucho más que antes. Y me digo que nunca la escuché quejarse de nada, nunca la vi enojada y nunca la vi bajar los brazos. Es de esas mujeres que la pelean hasta el final y es de esas mujeres de manos y pies pequeños pero de pasos gigantes y golpes de acero. Heredé todo de ella: el amor hacia los libros, el amor hacia los viajes en tren, el amor hacia las golosinas.
(¿Te acordás vieja de las caminatas hacia el colegio Castelli, de los mates de leche que me traías a la cama, de tus palabras memorables?imaginate al director del colegio cagando”. Yo odiaba a ese tipo, a ese ogro que nos hacía comer en silencio, a ese extraterrestre que apoyaba las uñas largas en la mesa y me decía: “Boiero… termine los ravioles”. Y pocas veces escribí sobre esto y pocas veces le dije a mi vieja que la extrañaba, que siempre admiré cómo leía esas novelas policiales que se compraba en la estación Constitución. No sé por qué. Pero le debo todo. Y hoy que todos estamos más viejos y con más mañas confieso el amor inmenso hacia esa mujer, hacia esos recuerdos que me hicieron y me hacen feliz.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Esas horas para el té

los cortinados de una tarde
helada

lejos: un tedio felino

ejércitos de vidrio
en las cumbres de un paredón vecino
Barre la vereda
con unas bermudas estampadas

“Las Malvinas son argentinas”
escucha

caen algunas hojas

es invierno

muchos padres lloran
lo que no entienden
Extrañas son las espinas
de un árbol muerto

guerras que fingen lanzas

el insecto trepa
una muerte

cálidas
bofetadas
del diablo

extrañas son las espinas...

jueves, 20 de mayo de 2010

Puede ser que sea jueves y que como todas las tardes este sentado en una librería esperando que alguien entre y me compre un libro o que alguien me haga irritar tanto como para romperle la cara de un solo golpe. Puede ser que tanto la librería como ese supuesto "alguien" estén dentro de una nave espacial o sean un compartimento de un platillo volador y que yo en realidad este aquí como un conejillo de indias y que todo sea una conspiración o un experimento digitado por las leyes del universo. Por lo tanto es posible que hoy sea jueves y que los extraterrestres existan y que yo sea el tipo que esta sentado en el entrepiso de una librería de Palermo. Pero si de algo estoy seguro es que esa mujer que entró (hace instantes) tenía entre sus manos un libro extraño, con un título aun más extraño y su campera dejaba entrever la punta de una especie de aleta semejante a esas que tienen los peces peligrosos. Y no fue este descubrimiento lo que me hizo preguntarle qué leía o qué hacía por acá. Entonces entró ese tipo que me sacó de las casillas y no dudé en dejarle el rostro cubierto de sangre, mientras ella sonreía o parecía que sonreía y nunca pude saber si llegó después de un resplandor, de un temblor abismal que me hizo tirarme al suelo para cubrirme del derrumbe de las estanterías, de los libros que caían y de los ataques de unos mutantes que surgían del piso como en las películas de ciencia ficción y entre tanto delirio sentí que algo despegaba con una potencia nunca vista y que ese algo hacía un ruido ensordecedor y segundos después estaba sentado en la librería, fumando una pipa, mirando el calendario como si fuera jueves y una mujer subía las escaleras con un libro en la mano y atrás había un sujeto que parecía el novio o el amante y como si todo fuera un presagio miré por la ventana sin preocuparme por nada.

martes, 18 de mayo de 2010

Mensajes equivocados. Cansancios equivocados. Nada para escribir. Nada. El cuerpo envejece y las muelas se pudren. La ropa es vieja. Duelen los huesos. Las pesadillas son frecuentes. Hay insectos. Vecinos que mueren en las escaleras. Máscaras. Y las mentiras de la infancia hoy son realidades. Así me dijo pero no entendí.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Roads

Esa noche no tuvo rostros. Fumaba a oscuras en el balcón y la calle estaba desierta. “Como los gestos de un titiritero” me dije y tenía unas ganas inmensas de beber dos o tres whiskys de un solo envión. Fumaba. Miré hacia un acá que era mi departamento y vi los estantes con los libros apilados y a Rimbaud que conducía un automóvil negro y atrás estaba Kafka también fumando y de repente (como si todo estuviera entorpecido por un tráfico infernal) el vehículo se detuvo justo enfrente del balcón y ahí estaba yo o lo que se traslucía de mí y Kafka bajó la ventanilla y levantó la cabeza y estoy seguro que pudo ver mis dos cactus o un mueble reciclado que uso como guarda cosas y cuando comprendí tal hallazgo y traté de levantar un brazo, Rimbaud aceleró y el humo del cigarrillo de Kafka quedó suspendido en la soledad mas absoluta.

lunes, 3 de mayo de 2010

Diez libros

  • La broma infinita. David Foster Wallace.

  • Bouvard y Pécuchet. Gustave Flaubert.

  • Los detectives salvajes. Roberto Bolaño.

  • Inferno. August Strindberg.

  • Bajo el volcán. Malcolm Lowry.

  • Las hormigas. Boris Vian

  • El juguete rabioso. Roberto Arlt.

  • El frasquito. Luis Gusmán.

  • La escritura del desastre. Maurice Blanchot.

  • Prácticas indecibles, actos antinaturales. Donald Barthelme.
Lo que esta detrás: el argumento. El espacio ritual del enemigo. La palabra que renace en el intento fallido del Nombre. Entonces una mañana te despertás aturdido (0,5 miligramos de Alplax, tres o cuatro medidas de 100 pipers, dos cuentos de Boris Vian) y pensás que nada es "tan necesario" y como si el director de una película hiciera un gesto o como si los delincuentes se enfrentaran a una balacera sin precedentes, te ves desnudo frente al espejo y volvés a repetir (a ellos, a los condecorados por el horror): "nada". Y hacés una llamada telefónica a un viejo amigo y le decís que te espere que lo único que necesitás para llegar a el sitio es una muda de ropa y unos pesos. "Pero mirá que la cosa está brava acá". "No importa" creés decir porque en ese preciso instante los delincuentes caen despedazados por las balas de los policías y el director de la película repasa el guión hasta el hartazgo. Todo se irá al carajo. A la mierda. Y no te quedará otra alternativa que luchar hasta el final.

C ontadas veces los vi juntos. Tanto el uno como el otro conservaban una apariencia de hermanos. Había algo en sus cabezas... Siemp...