miércoles, 28 de abril de 2010

Umbrales

El pibe se quedó ahí sentado. Tieso en el segundo escalón del umbral. Era tarde. A metros había un despacho de bebidas y el pibe hacía señas: el pulgar en alto: una cerveza, dos, tres. Otro gesto daba a entender el precio del vodka y el vuelto de cien pesos. Así la mímica de las idas y vueltas hicieron de la noche una cárcel: policías encapuchados, perros, voces: ¿Dónde queda el hospital Guemes? "Por allá" . El pibe fumaba. El paquete de puchos (cerca) era su único aliado. Así como en una pesadilla o como si todo estuviera teñido de recuerdos (viejos amigos del barrio, compañeros de trabajo, mujeres) el pibe pasó la noche atornillado a esos caballos del insomnio. Por momentos se acordaba de su abuelo allá en la tierra del norte porque allá quedó parte de su infancia y de sus primeras travesuras ¿Cómo escapar de todo? Se preguntaba el pibe desde el umbral, desde ese territorio casi invisible protegido por unos miserables gramos de soledad.

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