miércoles, 31 de marzo de 2010

El habla de esos mutantes

Esos libros que hablan de las cosas que dicen poco: esos niños inocentes corriendo entre los labios, como si la ausencia de un padre justificara el asesinato de la madre. Entonces llega alguien y te dice que un cuento es un pañuelo en el cuello de la parca. Estas en Buenos Aires o en Austin o en un departamento cerca del pasaje Bollini y nadie puede privarte de la libertad de escupirle la jeta a esa muerte o de arrugarle la frente como si el mundo se derrumbara en cada instante.

lunes, 29 de marzo de 2010

El Fusilado


Por Andrés Neuman


Cuando Moyano, con las manos atadas y la nariz fría, escuchó el grito de «Preparen», recordó de repente que su abuelo español le había contado que en su país solían decir «Carguen». Y mientras recordaba a su difunto abuelo, sintió que era irreal que las peores pesadillas de uno mismo se cumpliesen. Eso pensó Moyano: que siempre se mencionaba estúpidamente (cobardemente, rectificó Moyano) la extrañeza de realizar los propios deseos, y se pasaba por alto la perplejidad siniestra que nos causa, o debería causarnos, la consumación de nuestros temores. No lo pensó quizás en forma sintáctica, palabra por palabra, pero sí recibió el fulgor ácido de esa conclusión: lo iban a fusilar, iban a hacerlo, y nada le parecía más inverosímil, pese a que en sus circunstancias hubiera podido parecer lo más natural del mundo. ¿Era acaso natural escuchar «Apunten»? No, a cualquier persona, al menos a cualquier persona decente, una orden así jamás le llegaría a sonar lógica, por mucho que el pelotón entero estuviese formado con los fusiles perpendiculares al tronco, como la rama atroz de un árbol, y por mucho que durante su cautiverio el general lo hubiese amenazado varias veces con que le pasaría lo que le estaba pasando. Moyano se avergonzó de la poca sinceridad de este razonamiento, y de la hipocresía de apelar a la decencia: ¿a quién a punto de morir le preocupaba semejante cosa?, ¿a quién le interesaba la decencia frente a un fusil recto?, ¿no era en realidad la supervivencia el único valor humano, o quizá menos que humano, que le importaba ahora?, ¿estaba tratando de disculparse?, ¿de morir gloriosamente?, ¿de distinguirse de sus verdugos como una forma de salvación en la que él nunca había creído? No pensaba todo esto Moyano, pero sí lo intuía, lo entendía, asentía mentalmente como ante un dictado ajeno. El general aulló «¡Fuego!», él cerró los ojos, los apretó más fuerte que nunca antes en su vida, buscó esconderse de todo, de sí mismo, por detrás de los párpados, de pronto pensó que era innoble morir así, con los ojos cerrados, que su última mirada merecía ser por lo menos vengativa, pensó en abrirlos, no lo hizo, se quedó quieto, pensó en gritar algo, en insultar a alguien, buscó unas palabras oportunas, no le salieron, qué muerte más torpe, pensó, y de inmediato: ¿nos habrán engañado?, ¿no morirá así todo el mundo, como puede? Lo siguiente, lo último que escuchó, fueron los gatillazos, su estruendo, mucho menos molesto, incluso más armónico, de lo que siempre había imaginado.
Eso debió ser lo último, pero escuchó algo más. Para su sorpresa, para su confusión, también escuchó otras cosas. Con los ojos todavía cerrados, pegados al pánico, escuchó al general pronunciando en voz muy alta «¡maricón, llorá, maricón!», al pelotón retorciéndose de risa, olió temblando el aire delicioso de la mañana, oyó el canto inquieto de los pájaros, saboreó la saliva seca entre sus labios. «¡Llorá, maricón, llorá!», le seguía gritando el general cuando Moyano abrió los ojos, mientras el pelotón se dispersaba dándole la espalda y comentando la broma, dejándolo ahí tirado, arrodillado entre el barro, jadeando, todo muerto.

sábado, 20 de marzo de 2010

Los perros (románticos)

La rambla de Montevideo. Las idas y vueltas de esas cosas que no tienen explicación: la popa del barco, esas mujeres extranjeras que miran el reloj del río, los ojos puestos en los cortinados grises, un café con leche, el free shop abordo y el cambio entre el peso argentino, el euro y el dólar.

La rambla de Montevideo y esa mujer enciende un cigarro de marihuana y dice conocer a los poetas franceses, el apuro (casi invisible) por nadar y dejarme llevar por las olas hasta la desesperación total. Entonces en una esquina está la casa de Onetti y hay una especie de bruma entre lo que es y esta siendo, entre el salto y el ahora. Y el tipo pide una cerveza como si todo fuera una broma, un modo silencioso de aniquilar a las bestias.

jueves, 18 de marzo de 2010

La novela esta suspendida en la página cuarenta. No sé cómo seguir. La muchacha (uno de los personajes principales) me dice que todo escritor es de alguna manera un impostor. Digo que sí sin saber muy bien a qué se refiere. En la novela ella llegó a una estación de tren y así completa el esquema de una fuga: un pasado poco feliz, un hombre tosco (que se adueña de su cuerpo) y dos hermanos obsesionados con una supuesta llegada de Cristo. La trama es una persecución feroz. La muchacha me dice que desea estrangularse en el mismo hotel donde se mató Andrés Rivas. Sigo sin entender. Los hermanos (el Mayor y el Menor) leen los versículos de San Juan y piensan que Cristo bajará de una escalera dorada y que su primer parada será en plaza Italia, cerca del bar Le Bretón. El perseguidor es perseguido por una homosexualidad reprimida.
La novela se llama (hasta hoy) “Y las balas llegaron tarde”. Los personajes conviven con un fantasma: un animal que fue degollado frente a ellos y todos comieron parte de ese cuerpo, en un magnífico asado. El animal resucita en cada personaje de manera distinta.
Me entusiasma la idea.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Un gran poeta: Javier Payeras

por la ciudad
caminan vacíos y solos
sin eso que hicieron existir
a fuerza de silencios rotos
para apoderarse de una promesa quieta
un pájaro muerto
un pez
una palabra capaz de cerrar
este libro doloroso

martes, 16 de marzo de 2010

Por qué no soy pintor. Frank O'Hara

No soy pintor, soy poeta.
¿Por qué? Creo que preferiría ser
pintor, pero no lo soy. Bueno,
por ejemplo, Mike Goldberg
está empezando un cuadro. Me paso a verlo.
«Siéntate y toma algo», me
dice. Bebo; bebemos. Levanto
la vista. «Has puesto SARDINAS.»
«Sí, ahí le hacía falta algo.»
«Ah.» Me voy, pasan los días,
me paso a verlo otra vez. El cuadro
avanza, me voy, pasan los
días. Me paso a verlo. El cuadro está
terminado. «¿Y las SARDINAS?»
Sólo quedan unas
letras. «Era demasiado», dice Mike.

¿Y yo? Un día pienso en
un color: naranja. Escribo una línea
sobre el naranja. Pronto es toda
una página llena de palabras, no unas líneas.
Luego otra página. Debería haber
bastante más, no más naranja, sino
más palabras, sobre lo terrible que es el naranja
y la vida. Pasan los días. Incluso está en
prosa, soy un poeta de verdad. Mi poema
está terminado y aún no he mencionado
el naranja. Son doce poemas, los titulo
NARANJAS. Y un día en una galería
veo el cuadro de Mike. Se titula SARDINAS.

Sólo por hoy doctor...

Cada día tengo menos ganas de hablar. La gente me molesta. Los trabajos me molestan. Los diálogos andan por ahí sueltos. Me gusta levantarme temprano, salir a caminar, sentarme en un banco a tomar sol. Si esta nublado mejor: puedo ver los fantasmas del día. A cierta hora tengo que incorporarme a las cosas y como un molde, el cuerpo entra en los objetos: mi analista interroga las posturas pero creo que quiero vivir así. Pienso en cómo terminar una novela que escribí hace tiempo, en cómo tratar de publicarla, en cómo empezar a vivir con lo necesario. Así me siento en el centro de un sistema conocido: un Andrés Boiero que sonríe poco, que tiene un humor de perros y dejó de evocar tanto al amor. Entonces el texto se mezcla con la vida y como decía Derrida "no hay fuera de texto" . ¿Quién sabe lo que hay más allá? Sólo pienso en volver, en escribir, en discutir con un patrón por un salario digno, en correr, en comer tostadas con dulce de leche, en fumar pipa, en sentirme por momentos el sujeto más feliz del mundo y por otros el más estúpido. Volver a ese recuerdo que dice algo que no existe pero que los monólogos interiores traen a un presente común. Algo así. Es decir...

sábado, 13 de marzo de 2010

El espacio es concéntrico y los colores se fusionan entorno a un remolino de escaleras voladoras. La ciudad es espectral y los habitantes tienen las manos y ojos grandes. Alguien aseguró haber visto a Pascal en el bar que esta en diagonal a la plaza principal: "parecía que estaba discutiendo con Dios." Como si todo fuese un juego de espejos, las calles esconden un significado bíblico y los perros ladran en los perímetros del cementerio. Así del cielo se descuelgan hamacas plateadas y los niños juegan como si fueran inmortales. Las casas (en su mayoría) son bajas y pocas tienen una edición de la Divina Comedia. Nadie notó este detalle. Sólo la muchacha de los lentes oscuros.

viernes, 12 de marzo de 2010

El tipo sufría de una enfermedad rarísima: su peso corporal aumentaba a razón de un kilo por día. Así experimentó una progresiva deformación muscular. Los médicos no sabían cómo detener el avance del cuerpo. Casi sin ingerir alimentos, los órganos internos crecían y devoraban su existir cotidiano. La pesadilla está atrapada en un jarrón azul y los dedos no llegaron a apretar el botón del velador. La cama (vencida por la costumbre) no resistió el peso de las piernas. Aquí aparece la mujer de los lentes oscuros. Se escucharon dos estruendos y la pesadilla dejó entrar los primeros rayos de luz por la garganta.
Algo inesperado murmuraron los doctores.

Abrazo Roberto!!


Hay un muelle abandonado. Piedras y el mar que golpea como un boxeador la costa. Llueve y la arena traduce el lenguaje de las gotas. Al final de la fotografía hay una máscara blanca. Y más allá el mar y más acá el viento.

viernes, 5 de marzo de 2010

El que hablaba con Nadie

El que hablaba con Nadie pidió una cerveza. Al lado estaba Descartes y un poco más allá la viuda de los ojos claros. Los tres eran en un principio un paradigma. El que hablaba con Nadie esperaba su merecida bolsa de la medianoche. Un taxi le hizo luces y casi de inmediato se perdieron en el asunto. Descartes trató de convencer a la viuda de los ojos claros para que lo acompañara a su casa. Las cosas suceden de otra forma. Más cuando el desvelo es un castigo y el bar está vacío y la angustia no da tregua y en las esquinas los recolectores de basura le chistan a los enmascarado.
El rostro empañado y esa mujer que lame los espejos. La persecución es a las tres de la mañana y los policía han perdido las huellas. En el hotel tu voz resuena en el refrigerador. Nadie ha salido herido. La pintura no está en el museo y los perros le ladran a la muerte. Todos hemos desaparecido. Solamente nos queda una palabra.

martes, 2 de marzo de 2010

Una familia feliz...

serotonina, trazodone, nefazodone, fluoxetina, fluvoxamina, sertralina, paroxetina, citaloprán, venlafaxina, la boxetina y mirtazapina.

Lacan (3)

Medio clona más armonil más dos horas semanales con el analista más un trabajo con cierta dignidad más un departamento cerca de la estación Drago más un par de ojotas en el placard.
¿Algún bingo más?

Lacan (2)


Una de las cosas que le hubiera preguntado a Bolaño:
- Che, Roberto: ¿te gustan las costillitas de cerdo a la riojana?

Lacan

Algo duele en el pecho. Bien adentro. Como si una langosta escarbara una piedra. Tira. Empuja. Los ojos se llenan de lágrimas y cada día detesto más a los intelectuales. Eso digo pero no es así: una de mis tantas contradicciones. Subo una escalera caracol y el analista cruza las piernas y espera el salto del león. Lloro hasta cansarme. Así casi todas las noches. Pierdo el afán de sentirme parte de las cosas: “tenés que enamorarte nuevamente de vos”. Creo menos en el amor: pienso que el otro convive en un espacio curvo: el centro es neutro. El analista tose. Hablo de mi padre (me acuerdo de un cuento de Conti). El pibe en el muelle. La confusión. "El pajarito"
No puedo ser feliz.

lunes, 1 de marzo de 2010

Marlon (3)


Se pueden perdonar muchas cosas: menos un bostezo en el medio de una conversación.

Marlon (2)

La casa quedó vacía y todavía comulgan ciertos fantasmas inconformistas. El cadavér está en el suelo y nadie lo llora. El recuerdo me lleva a los seis años y a un viaje en el colectivo noventa y ocho por la avenida Mitre con la voz de esa mujer que decía algo así como: "mañana también lloverá".

Marlon


La pregunta es certera: ¿soy un escritor? Casi en silencio trato de no mirarme en el espejo.La imagen que me devuelve es monstruosa: no sé cómo describirla. Hay un tipo que fuma y una mujer que tira la ropa en una valija. El tipo es un fracaso y esa mujer llegó a detestarlo. El tipo (esto sucede cuando abro y cierro la boca) tiene una libreta azul en la mano y hay en la habitación una ventana que muestra algún paisaje maritimo. La mujer se va y el tipo se dedica horas a buscar trabajos insignificantes y a escuchar las efusiones de los borrachines en los bares. Cuando me alejo (la imagen se desarma) el tipo parece hacerme una seña que no alcanzo a distinguir: hay niebla. Mucha niebla.

Esto también es el amor

El golpe en la nuca de las palabras: los acertijos, esas especies agotadas de plumíferos extraños, esas maneras de contestar estupideces, de decir aun más más estupideces sin saber el daño que uno provoca, el abrazo entre lágrimas, el reclamo: "¿por qué no me llamaste?", el día a día, el supermercado, contar la guita para pagar la luz, la vergüenza de estar más gordo, el atroz encanto del deseo: esto también es el amor.
Cuando las palabras se olvidan, cuando la gramática del amor desemboca en un gesto mínimo: me digo y le digo a esos ángeles malditos: gracias. No hay paisaje más hermoso que verla dormir a mi lado.


C ontadas veces los vi juntos. Tanto el uno como el otro conservaban una apariencia de hermanos. Había algo en sus cabezas... Siemp...