martes, 2 de febrero de 2010

Lugosi (3)

Ese recuerdo que llegó temprano (y que viajó unos cuantos kilómetros para verte) no es real: nada es como lo nombra el recuerdo. Así las clases de filosofía del profesorado, esa escalera de mármol blanca (en la que tantas veces subiste fingiendo saber algo de Spinoza) han desaparecido. Desde el umbral de aquél cementerio de imágenes, ese astuto recuerdo te pide una aclaración: toma prestado el revólver y dispara sobre las primeras palabras: los puntos seguidos son infinitos: las comas también: hay una parada de colectivos sobre la avenida Balbin, una mujer que te regala un chocolate, una casa con techos de chapa, un amigo te saluda desde el extranjero: nada de eso es cierto o tal vez (volviendo a las clases de filosofía) estemos más cerca de Berkely que de Descartes. Qué paradoja el lenguaje. Alguien te pregunta por tus sistemas de mentiras o de verdades, alguien que no sabe con quién habla, con quién hace el amor, con quién apoya la cabeza en la almohada. Ese recuerdo llega como una ráfaga de acido sulfúrico: lo único que te queda es taparte la nariz.

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