jueves, 18 de febrero de 2010


La foto del escritor en blanco y negro. Ese rostro perdido en una de sus innumerables facetas. El diafragma que se abre a la luz (o a un pasillo que titila con el resplandor de una vela) y un click que calca un gesto. Entonces, como si todo fuera un sueño, el escritor no puede alcanzar la voz de los personajes y la mujer clandestina cierra los ojos.
Nada se salvará.


La mujer clandestina se apoyó en el quinto escalón de la escalera y dijo estar en el infierno de Dante. El tipo no logró comprender la gravedad de la sentencia: sacó la cosa y le dijo a la mujer que se la metiera en la boca.
La mujer clandestina lo hizo con gusto pero sin placer.


El escritor ató su tristeza a un poste y empezó a trotar: le dolían las piernas. El escenario era habitual: la plaza, una mujer con calzas tratando de disimular las estrías, un hombre mayor paseando a un perro mayor, los bebederos sin agua, ciertas pintadas ingeniosas, las bocinas: un agobio altamente recomendable.

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