sábado, 13 de febrero de 2010

Goya (2)

Una y otra vez la puerta se abre y se cierra. Los mostradores de madera huelen a cera y lejos (muy lejos) la gente es feliz. Mi compañero perdió un ojo en un amotinamiento en la cárcel y el cielo (lejos… muy lejos) parece devolverle la mirada. Así como si todo estuviera escrito: alguien te pide una cerveza “bien fría” y sonríe porque tal vez ignora su estúpida condición de extranjero con zapatos de lagarto y el dinero como su único puente hacia el porvenir. Las botellas van y vienen (bobas, rígidas, atontadas por una simetría casual) y los brazos de mi compañero estrujan una rejilla deshilachada. No hay sorpresas y (lejos… muy lejos) el recuerdo de las calles de Austin tiñen los primeros tragos de un espejismo sin sobrevivientes.
¿Y si pudiera volver atrás? ¿Qué haría?
Mi compañero me pide que sume ciento cincuenta y tres más veinte. El jefe sobrevuela la carroña de las cinco de la mañana.
¿Qué haría?
Simplemente esto: apagar el despertador.

No hay comentarios: