miércoles, 3 de febrero de 2010

Esos cuerpos que se parecen a otros cuerpos y así hasta crear un cadáver exquisito

Esos cuerpos que se parecen a otros cuerpos y así hasta crear un cadáver exquisito y esa adolescencia que terminó de golpe en el gimnasio de la calle Ugarteche cuando unos amigos te acusaron de ciertas conspiraciones telefónicas que despertaron un sentimiento de rechazo frente a tus enmascaramientos villanos. Esos cuerpos que iban creciendo con sus bíceps marcados, con esas dietas de avena (las cuales hacías casi a la perfección), esas estupideces que te llevaron a otras aun mayores: tu admiración incondicional por el full contact, por destrozar una bolsa a patadas fingiendo una lucha interminable entre el misterio y la clandestinidad. Una adolescencia que se despedía de un barrio coqueto y que un fin de año festejó con aplausos y besos la llegada del perdón. Entre tanto, algo gritaba en el corazón del hombre "feliz" y ese algo y esas pausas repentinas te obligaron a acostarte (por primera vez) con la chica de los ojos azules, en un sitio prestado a pocas cuadras de una estación de servicio. Y pocos habíamos leído a Proust o a Cabrera Infante pero en aquél momento no necesitábamos más que eso: un simple crimen por resolver.

1 comentario:

Nalda dijo...

Sin cuerpo también hay crimen.

Ciao