domingo, 28 de febrero de 2010

Sr Brecht

Si la piedra dice que quiere caerse al suelo
cuando la arrojes al aire,
créele.
Si el agua dice que vas a mojarte
cuando entres en ella,
créele.
Si tu amiga te escribe que tiene deseos de venir a verte,
no le creas. No se trata de una ley de la naturaleza.

Yo sé lo que necesito

Me dijo que las flores estaban hermosas. Dobló por Plaza y se detuvo en el tercer semáforo de Congreso. En el auto pasaban un tema de Dylan. Ella miró por la ventanilla y por un segundo creyó que todo estaba en el mismo lugar: un pasado sentado junto al presente, un puñado de brasas en la parrilla, el camino de pinos, la casa de las ventanas verdes. El semáforo cambió y una bocina la devolvió al presente. Aceleró y antes de girar por Roque Pérez un latido en el pecho la hizo llorar.

Traducciones

Al final (o al principio) tendremos que atravesar el pasadizo. Entonces (antes de cruzar la barrera de lo invisible) un ángel o un demonio nos preguntarán qué hicimos para ser felices. Hablaremos de autos, de mujeres, de amores, de viejos ancianos, de perros, de gatos. Los demonios nos dirán qué hicimos con nuestro don. Es decir: sí pudimos alejarnos por unos segundo del mundo.

Ramal C

Eso de ir y venir te agota más si la realidad es tan pesada que no te deja abrir un baúl para esconderte unas horas. Y uno es tan pesado como esa realidad y pocas veces ese baúl es alguien que te abraza en la oscuridad.

Diagonales

Hay luces en el bosque. Troncos caídos. Caminos señalizados. Los autos están detrás: con esas mujeres ocultas. El disfraz no sostiene la armadura: alguien enciende un paraguayito y el humo hace que el cuerpo se quiebre, que los asientos se inclinen, que el bosque nos devore. No hay gritos y el billete queda arrugado en una cartera barata. Todo entre comillas: la vida es una tremenda trompada aunque demos vuelta la cara.

lunes, 22 de febrero de 2010

Sartén

El cementerio
abierto en la mano
y ese niño que no sabe a dónde ir

No hay rimas
sólo un perro transparente y un clavel marchito
el abuelo está en la tierra
y detrás
(bajando por esa escalera)
están los vivos

Lunes


Cuestiones del quehacer: los bares están cerrados y una cerveza acá cuesta lo mismo que allá. El amor acá no es recíproco y allá (dicen) que tampoco. No es como antes (por suerte) y el camión de la basura triturará parte del romanticismo de anoche. Lo demás se encargará el inodoro, las lavadoras automáticas y el tiempo libre.
No importa que tan planchada esté tu camisa: siempre se arrugará.
La tarde parece fugarse en una valija sin ánimo de regresar.

jueves, 18 de febrero de 2010


La foto del escritor en blanco y negro. Ese rostro perdido en una de sus innumerables facetas. El diafragma que se abre a la luz (o a un pasillo que titila con el resplandor de una vela) y un click que calca un gesto. Entonces, como si todo fuera un sueño, el escritor no puede alcanzar la voz de los personajes y la mujer clandestina cierra los ojos.
Nada se salvará.


La mujer clandestina se apoyó en el quinto escalón de la escalera y dijo estar en el infierno de Dante. El tipo no logró comprender la gravedad de la sentencia: sacó la cosa y le dijo a la mujer que se la metiera en la boca.
La mujer clandestina lo hizo con gusto pero sin placer.


El escritor ató su tristeza a un poste y empezó a trotar: le dolían las piernas. El escenario era habitual: la plaza, una mujer con calzas tratando de disimular las estrías, un hombre mayor paseando a un perro mayor, los bebederos sin agua, ciertas pintadas ingeniosas, las bocinas: un agobio altamente recomendable.

domingo, 14 de febrero de 2010

Goya (4)

qué hijaputez
el gramo en la punta de la tarjeta telefónica
y ese tipo que te cuenta
las aventuras de dos contrabandistas en la ciudad de Barcelona
y
el plomo de la noche
en los anzuelos de la lengua
y la misma sensación de siempre: la de no pertenecer a ninguna parte
qué lejos
eso que parecía un precario estornudo
ese algo
detrás de una máscara
a las tres de la mañana
sin astucia
y los ases de luz que borran tu cara

sábado, 13 de febrero de 2010

Pizarnik

es preciso olvidarse de todos

Goya (3)

Ocho culos Reef frente a una multitud de espectadores hambrientos. Las cámaras se detienen en el culo siete (parece que tiene muchas posibilidades), hay gritos y esas frases bañadas en testosterona. El verano tiene sus plagas y la playa esta cerca como para darse una zambullida antes que el jurado dictamine cuál es el culo ganador. Hay un parador para comprar choclos a la pimienta y el mundo esta pendiente del resultado Reef.
El verano es una tremenda mierda, me dice, la muchacha. Yo desenchufo el televisor y la abrazo sin preguntarme por qué.

Goya (2)

Una y otra vez la puerta se abre y se cierra. Los mostradores de madera huelen a cera y lejos (muy lejos) la gente es feliz. Mi compañero perdió un ojo en un amotinamiento en la cárcel y el cielo (lejos… muy lejos) parece devolverle la mirada. Así como si todo estuviera escrito: alguien te pide una cerveza “bien fría” y sonríe porque tal vez ignora su estúpida condición de extranjero con zapatos de lagarto y el dinero como su único puente hacia el porvenir. Las botellas van y vienen (bobas, rígidas, atontadas por una simetría casual) y los brazos de mi compañero estrujan una rejilla deshilachada. No hay sorpresas y (lejos… muy lejos) el recuerdo de las calles de Austin tiñen los primeros tragos de un espejismo sin sobrevivientes.
¿Y si pudiera volver atrás? ¿Qué haría?
Mi compañero me pide que sume ciento cincuenta y tres más veinte. El jefe sobrevuela la carroña de las cinco de la mañana.
¿Qué haría?
Simplemente esto: apagar el despertador.

lunes, 8 de febrero de 2010

Goya


Es probable que mirar hacia atrás produzca una leve torsión en el cuello, un estiramiento moderado del esternocleidomastoideo y que exista una inercia que retrase (tal vez) otros falaces anagramas impresos en toda anatomía humana. Algo me dice que la rotación simbólica de los hechos me llevó a modificar ciertas conductas con respecto a mi relación obsesiva con algunos objetos o con mis constantes repeticiones.
En fin: determinados estrangulamientos son asfixiantes.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Esos cuerpos que se parecen a otros cuerpos y así hasta crear un cadáver exquisito

Esos cuerpos que se parecen a otros cuerpos y así hasta crear un cadáver exquisito y esa adolescencia que terminó de golpe en el gimnasio de la calle Ugarteche cuando unos amigos te acusaron de ciertas conspiraciones telefónicas que despertaron un sentimiento de rechazo frente a tus enmascaramientos villanos. Esos cuerpos que iban creciendo con sus bíceps marcados, con esas dietas de avena (las cuales hacías casi a la perfección), esas estupideces que te llevaron a otras aun mayores: tu admiración incondicional por el full contact, por destrozar una bolsa a patadas fingiendo una lucha interminable entre el misterio y la clandestinidad. Una adolescencia que se despedía de un barrio coqueto y que un fin de año festejó con aplausos y besos la llegada del perdón. Entre tanto, algo gritaba en el corazón del hombre "feliz" y ese algo y esas pausas repentinas te obligaron a acostarte (por primera vez) con la chica de los ojos azules, en un sitio prestado a pocas cuadras de una estación de servicio. Y pocos habíamos leído a Proust o a Cabrera Infante pero en aquél momento no necesitábamos más que eso: un simple crimen por resolver.

martes, 2 de febrero de 2010

Lugosi (4)

Una y otras vez entrarás en esa casa hasta que te des cuenta que es tu propio infierno y esos colores nuevos y esos estantes con libros importantes arderán frente a un espejo y detrás de todo sueño y de toda pesadilla estarán los huesos de un esqueleto irreconocible.
Pero nada te impedirá seguir leyendo esos poemas (que tiempo atrás) te hicieron palpitar el corazón.

Lugosi (3)

Ese recuerdo que llegó temprano (y que viajó unos cuantos kilómetros para verte) no es real: nada es como lo nombra el recuerdo. Así las clases de filosofía del profesorado, esa escalera de mármol blanca (en la que tantas veces subiste fingiendo saber algo de Spinoza) han desaparecido. Desde el umbral de aquél cementerio de imágenes, ese astuto recuerdo te pide una aclaración: toma prestado el revólver y dispara sobre las primeras palabras: los puntos seguidos son infinitos: las comas también: hay una parada de colectivos sobre la avenida Balbin, una mujer que te regala un chocolate, una casa con techos de chapa, un amigo te saluda desde el extranjero: nada de eso es cierto o tal vez (volviendo a las clases de filosofía) estemos más cerca de Berkely que de Descartes. Qué paradoja el lenguaje. Alguien te pregunta por tus sistemas de mentiras o de verdades, alguien que no sabe con quién habla, con quién hace el amor, con quién apoya la cabeza en la almohada. Ese recuerdo llega como una ráfaga de acido sulfúrico: lo único que te queda es taparte la nariz.

C ontadas veces los vi juntos. Tanto el uno como el otro conservaban una apariencia de hermanos. Había algo en sus cabezas... Siemp...