domingo, 31 de enero de 2010

Lugosi (2)

Dijo que los muertos visten con trajes de papel glacé. Era tarde y el calor nos estrangulaba el cuello. Habíamos bebido lo suficiente para hacer una confesión: a mi lado el asesino habló de un amor lejano. Así nos invadió un silencio mortuorio y sobre la calle Honduras (a las cinco de la mañana) comenzó a llover. No sé si llovía en otra vereda, ahí dentro de la pesadilla la mujer pálida nos pidió fuego y el asesino supo que todo estaba dicho: varios disparos en el rostro, un misterio sin resolver, las imágenes recurrentes del engaño: una toalla húmeda, un boleto de tren en la nevera, una zambullida en la piscina riñón: el cuerpo del asunto y la bola ocho en el llavero. La pesadilla entró en un pasillo y casi al final la puerta estaba abierta: la fiesta era para pocos y había tipas y tipos tirados en sillones verdosos fumando hierba, el diablo batía sus genitales: todos éramos ángeles, seres alados egresados de los mejores colegios de la ciudad, con autos importados, culos analfabetos y mugre en los floreros. Entonces nos ofrecieron unos disfraces y nos dimos cuenta que estábamos muertos, que todos habíamos muerto en el momento de entrar en la vida y así nos probamos unos enormes sacos y la mujer pálida hizo el amor con nosotros y sobre la calle Honduras había barcos cargados con uñas, con pies, con excrementos y el asesino logró despertarme y en los bares de la Chacarita servían un café con leche inolvidable.

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