domingo, 10 de enero de 2010

A las cuatro de la mañana el bar trae esos autos de miles de dólares, esos tipos que hablan sin las eses, esas tipas de tacos altos y dientes de acrílico. A las cuatro de la mañana las ratas corren en los colgantes de oro y el Desconocido se recuesta sobre la barra y dice ser otra persona. Nadie sabe qué hacen esos tipos ni esas tipas pero hay un común acuerdo de la lengua: bebidas, caricias de cien euros, gestos que firman esos contratos macabros. Entonces el Desconocido (desde un personaje remoto) lame las estatuas de la muerte. Todo para seguir acribillando forajidos: tal vez más lejos de los puentes.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Cruzaremos esos puentes, el Pueyrredón, el Victorino de la Plaza, el sur nos espera con destino incierto asegurándonos su venganza taciturna y estaremos allí con espada y yelmo puestos como vikingos postmodernos relamiéndonos las heridas como perros hambrientos tentándose devorarse.
Te admiro ad eternum, primo.