sábado, 2 de enero de 2010

En el sueño (a eso de las tres de la mañana), una cinta fílmica corría sin fin atrapada en un proyector de los años ochenta. El cine estaba en un callejón sin importancia. Los propietarios
-un matrimonio de holandeses- habían muerto hace tiempo y dejaron su negocio en manos de un desconocido señor Z.
La cinta fílmica se agitaba sin parar y ese movimiento centrífugo hizo que la pantalla en blanco saltara como un puma sobre los espectadores. No recuerdo haber visto muchos. El señor Z no supo cómo reparar el error técnico del artefacto. Los espectadores (el sueño me dice que eran menos de veinte) entraron en una especie de trance.Todos a partir de aquél momento perdieron la memoria. No solo la memoria: sino la capacidad de asimilar el tiempo como un valor superlativo del existir. Entonces el sueño pasó a ser una ontología, una especie de ritual simbólico entre un presente eterno y la imposibilidad de nombrarlo.

No hay comentarios: