miércoles, 13 de enero de 2010

Abasto-Constitución-Villa Domínico y una canción cursi

Una canción de Alejandro Lerner: “Volver a empezar”, el libro de Gusmán (Los muertos no mienten) abierto en la página 132: algo así como una confesión fantasmal o como un acto de generosidad frente a la atrocidad de un asesinato.
“… Queda mucho por andar pero mañana será un día nuevo bajo el sol…”. La radio está cerca. Me acomodo dentro y fuera de esas palabras como cuando el mar golpea un acantilado y no sabe qué hacer después. Página 132: “… Era muy de mañana. En la helada buscaba un signo…” Es temprano. Casi las ocho de la mañana. Estoy cerca del Abasto, un barrio viejo con olor a nuevo. Una mezcla de voces, basura y movimiento (como ese mar que no sabe a dónde ir). La gente es de Lima, de Santiago, de Lanús, de Morón, hay largas filas esperando que las fábricas despierten. Es decir: que llegue el patrón montado en una camioneta cero kilómetro y levante las cortinas de un lugar clandestino. Eso es: así entran esas personas a su trabajo: con miedo, con malos tratos, con jornadas agotadoras, con un pago mínimo. Así el Abasto tiene un Shopping con perfumes y pilchas caras, con otros tipos que visten a la moda y pagan un café como en París. Los trabajadores se agachan para entrar en una diminuta puerta metálica, el patrón fuma. Saluda con gestos únicos: para todos el mismo. Con esa sonrisa de nadie.
“Volver a empezar”. Repito. Estoy por ahí entre ellos, haciendo un trabajo que me permite seguir viviendo. Más acá o más allá, en otro sitio pero cerca, en un mismo radio concéntrico, jugando con las mismas reglas. Los rostros son muchos y únicos. En la esquina de Tucumán y Gallo hay un lavadero de autos artesanal y en una de las paredes cuelga un póster Beatriz Sarli. Explosivo. Un contraste único. Las botas de goma de los empleados, los pechos exuberantes de esa mujer, la espuma blanca del detergente (ese mar que golpea). Mis preguntas me torturan: ¿por qué abandoné mi carrera de filosofía? ¿Por qué me postergo como escritor? Gallo y Tucumán y la templanza de ese lavadero custodiado por esa diosa espartana.
El libro de Gusmán me perturba: esos muertos que siguen vivos. Esos vivos que no quieren morir ¿Quién quiere morir?
Una y otra vez la nostalgia de esas cosas que se pierden. Un recuerdo: un viaje en tren desde Constitución hacia Villa Domínico, un día de sol, mi hermana al lado mío con su jogging rosa y sus zapatillas anchas. Los dos dentro de la infancia corriendo sobre esos durmientes, con los ojos abiertos al mundo. Una pequeña demora hace que el comboy se detenga cerca de la estación Avellaneda. Mi hermana estaba pegada a la ventana. Hacía calor o el recuerdo me trae una temperatura que nos inquietaba. De repente ella mira entre las vías y me dice: “ahí está la casita de la víbora”. Sin saberlo fundamos un bestiario. Dimos vida a un ser fantástico que nos acompañó siempre en nuestro viajes. “Ahí está la víbora”, “por ahí camina la víbora”.
Un ser que lejos de causar terror nos acercaba a un tiempo salvaje, a una selva en donde nosotros (los chicos) éramos Tarzán.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

La postergación casi se hace carne en lo "imperturbable" de nuestras vidas, quizás si seamos Tarzán en esa Jungla ideal, imaginada por nosotros, "La Coca Sarli" siempre nos salvará...
Este es uno de tus mejores textos, te quiero y admiro, primo.

lula dijo...

El ruido del tren que postergaba la visión... esa casa -la de la víbora- nunca la llegábamos a ver, pero era. Así son los ecos.

gracias por el recuerdo que aún viaja.

Anónimo dijo...

La "casita" tenía una ventana con barrotes y paredes de ladrillos desgastados. Nunca nos saludó, pero cada vez que se para el tren en ese paraje solitario, la víbora cree vernos pasar colgándonos de las lianas. Los amo. D.

susana dijo...

Que buen texto...un recuerdo tan bien compartido por lo que lei aqui arriba, una de las mejores cosas que lei entre tanto texto...el blog que mas disfruto.
También pretendí estudiar filosofía...y aqui estoy.