domingo, 31 de enero de 2010

Lugosi (2)

Dijo que los muertos visten con trajes de papel glacé. Era tarde y el calor nos estrangulaba el cuello. Habíamos bebido lo suficiente para hacer una confesión: a mi lado el asesino habló de un amor lejano. Así nos invadió un silencio mortuorio y sobre la calle Honduras (a las cinco de la mañana) comenzó a llover. No sé si llovía en otra vereda, ahí dentro de la pesadilla la mujer pálida nos pidió fuego y el asesino supo que todo estaba dicho: varios disparos en el rostro, un misterio sin resolver, las imágenes recurrentes del engaño: una toalla húmeda, un boleto de tren en la nevera, una zambullida en la piscina riñón: el cuerpo del asunto y la bola ocho en el llavero. La pesadilla entró en un pasillo y casi al final la puerta estaba abierta: la fiesta era para pocos y había tipas y tipos tirados en sillones verdosos fumando hierba, el diablo batía sus genitales: todos éramos ángeles, seres alados egresados de los mejores colegios de la ciudad, con autos importados, culos analfabetos y mugre en los floreros. Entonces nos ofrecieron unos disfraces y nos dimos cuenta que estábamos muertos, que todos habíamos muerto en el momento de entrar en la vida y así nos probamos unos enormes sacos y la mujer pálida hizo el amor con nosotros y sobre la calle Honduras había barcos cargados con uñas, con pies, con excrementos y el asesino logró despertarme y en los bares de la Chacarita servían un café con leche inolvidable.

jueves, 28 de enero de 2010

Lugosi

La muerte es un capullo de madera sin nombre. Una flor marchita y pocos recuerdos. Los pies descalzos, las manos cruzadas. Nadie te verá llorar. El almacén cerrará a las ocho (como siempre) y podrás llegar tarde al trabajo. Otros harán las cosas por vos: pagarán los impuestos, se acostarán con tu mujer: la verán dormir.
La muerte no tiene adioses ni bombonerías ni tiendas con tabacos glamorosos.
Tampoco hay librerías: a veces voces: otras ladridos.

Sprayette

De izquierda a derecha o de arriba hacia abajo la pantalla del televisor muestra una vez más la catástrofe (¿cuántas veces hablamos esto?): la miseria es de aquellos países de habla extraña: escombros, disparos, hombres encapuchados, sangre. La cámara gira y las manos de esa mujer desaparecen en una explosión. La primicia es para CNN en español y los sponsor se matan (qué ironía) por ser los primeros: una marca líder de gaseosas, un golpe firme de una raqueta de granito. La desesperación aumenta (allá en la tierra prometida) y la voz del mundo está inquieta por ver más. Qué más. Entonces el director hace un gesto y la bolsa en el city cae con cierto estupor: nada se pierde. Una cara maquillada explica (con un español neutro que parece un mal chiste) que “la ayuda llegará con dificultades”. Una tremenda mierda. Como telón de fondo (antes de los cortos comerciales) el director enfoca la alegría de un niño (que seguramente perdió a su familia) tratando de remontar una diminuta cometa blanca.
La belleza es un plagio: la mirada de ese chico es atroz.
La cosa se reanuda (después de un aviso de Sprayette) y el maquillaje CNN no alcanza a cubrir las cicatrices de esas piernas.
Un nuevo simio habla con la esperanza de la bestia.
Llame ya, no se olvide.

lunes, 25 de enero de 2010

Márgenes de la filosofía: algo así como dijo Derrida

Al tipo le duele la cabeza. Es temprano y las ventanas del Abasto están abiertas ante los ojos de los peatones. El trabajo es temporal y el tipo se sienta detrás del mostrador y hojea un suplemento deportivo. La gente anota su apellido en una planilla mientras que el sol golpea las chapas con furia. Hace calor y la temperatura del Abasto se rinde ante la indiferencia de las sombras. El tipo lee los avisos fúnebres, come galletitas con sabor a naranja y desconoce si Gogol vivió en Rusia o en Sarandí. Las cosas suceden a su modo: es decir: aumenta la sensación térmica, un perro ladra y alguien pregunta cómo fortalecer los tríceps. Entonces eso que se llama metafísica modifica la honestidad de las palabras y el tipo (lejos) enciende el televisor y se entera (sin sorpresa) que la Hiena Barrios atropelló a una mujer embarazada.
Todos como homos erectus entre las latitudes de la cordura haciendo que la gravidez de la muerte nos resulte interesante.

miércoles, 20 de enero de 2010

Gallo


Acá (al lado)
hay una casa de sepelios que se apellida Gutiérrez
más aún
un balcón y un cactus
y una señora sorda que pasea un perro

los óbitos entre “nos”
chistes verdes para acalambrar la risa

“Andrés”
“Boiero”
“Nelsón”

placas para el alfabeto de la tierra

todos dentro de un barrio

hasta los dedos de ese tipo
que cepilla los cardos
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Paredes blancas y amarrillas
una escalera con un descanso alfombrado
pocas plantas
una caja eléctrica con tapones
en desuso

la máquina que pule los bíceps
y otras
atrocidades periféricas
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El movimiento de la mañana
en el barrio del Abasto

el camión que se detiene
en las manchas de café

dos gruesas voces
que te dicen dónde
buscar trabajo

un reloj que pocos miran

esos caprichos de la decencia….

todos hablan
en esos porteros
con cien botones

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Algo empieza tarde

la juventud de los papeles impresos

esa Nada caminando por la calle Gallo
a las siete y media de la mañana

ese “algo” tras un nombre
ese apellido que tuerce
la boca
cuando enmudece
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Cayó
desvanecido
en la confluencia del aire
pardo del Abasto

el profesor del kimono azul
hace una llave
implacabe
en el cuello del adversario
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Las manos tiemblan
en el amasijo
a las seis de la mañana
después de una hora de tren
un mate apurado
una mujer que no está
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Él sintió que la amenaza estaba cerca
sobre aleta de esa infancia
en los colmillos del padre
detrás del vientre de la madre

él pidió un café con leche
y sobre la pantalla del Abasto
dos almas
pagaban
con cien dólores
por su cuerpo

miércoles, 13 de enero de 2010

Abasto-Constitución-Villa Domínico y una canción cursi

Una canción de Alejandro Lerner: “Volver a empezar”, el libro de Gusmán (Los muertos no mienten) abierto en la página 132: algo así como una confesión fantasmal o como un acto de generosidad frente a la atrocidad de un asesinato.
“… Queda mucho por andar pero mañana será un día nuevo bajo el sol…”. La radio está cerca. Me acomodo dentro y fuera de esas palabras como cuando el mar golpea un acantilado y no sabe qué hacer después. Página 132: “… Era muy de mañana. En la helada buscaba un signo…” Es temprano. Casi las ocho de la mañana. Estoy cerca del Abasto, un barrio viejo con olor a nuevo. Una mezcla de voces, basura y movimiento (como ese mar que no sabe a dónde ir). La gente es de Lima, de Santiago, de Lanús, de Morón, hay largas filas esperando que las fábricas despierten. Es decir: que llegue el patrón montado en una camioneta cero kilómetro y levante las cortinas de un lugar clandestino. Eso es: así entran esas personas a su trabajo: con miedo, con malos tratos, con jornadas agotadoras, con un pago mínimo. Así el Abasto tiene un Shopping con perfumes y pilchas caras, con otros tipos que visten a la moda y pagan un café como en París. Los trabajadores se agachan para entrar en una diminuta puerta metálica, el patrón fuma. Saluda con gestos únicos: para todos el mismo. Con esa sonrisa de nadie.
“Volver a empezar”. Repito. Estoy por ahí entre ellos, haciendo un trabajo que me permite seguir viviendo. Más acá o más allá, en otro sitio pero cerca, en un mismo radio concéntrico, jugando con las mismas reglas. Los rostros son muchos y únicos. En la esquina de Tucumán y Gallo hay un lavadero de autos artesanal y en una de las paredes cuelga un póster Beatriz Sarli. Explosivo. Un contraste único. Las botas de goma de los empleados, los pechos exuberantes de esa mujer, la espuma blanca del detergente (ese mar que golpea). Mis preguntas me torturan: ¿por qué abandoné mi carrera de filosofía? ¿Por qué me postergo como escritor? Gallo y Tucumán y la templanza de ese lavadero custodiado por esa diosa espartana.
El libro de Gusmán me perturba: esos muertos que siguen vivos. Esos vivos que no quieren morir ¿Quién quiere morir?
Una y otra vez la nostalgia de esas cosas que se pierden. Un recuerdo: un viaje en tren desde Constitución hacia Villa Domínico, un día de sol, mi hermana al lado mío con su jogging rosa y sus zapatillas anchas. Los dos dentro de la infancia corriendo sobre esos durmientes, con los ojos abiertos al mundo. Una pequeña demora hace que el comboy se detenga cerca de la estación Avellaneda. Mi hermana estaba pegada a la ventana. Hacía calor o el recuerdo me trae una temperatura que nos inquietaba. De repente ella mira entre las vías y me dice: “ahí está la casita de la víbora”. Sin saberlo fundamos un bestiario. Dimos vida a un ser fantástico que nos acompañó siempre en nuestro viajes. “Ahí está la víbora”, “por ahí camina la víbora”.
Un ser que lejos de causar terror nos acercaba a un tiempo salvaje, a una selva en donde nosotros (los chicos) éramos Tarzán.

Qué lindos tipos estos...





lunes, 11 de enero de 2010

Witnness

Pocos han visto a las vírgenes emplumadas pagar sus whiskys con las treinta monedas de la traición. El mundo es eso que no ves: esa amargura del mar abriéndose a los lejos. Lo que se ve es “tu” mundo y de ahí la eternidad tiene sus santos y sus velas. Entonces el hombre de pelo negro se presenta una tarde y dice ser tu padre y detrás de la ventana estalla el acontecimiento como si al “después” le faltaran disparos.
Tus manos en los bolsillos y la soledad del que está en otra parte: un puerto, la lucha con el idioma, el bar de la calle Powell. El padre abre con las blancas y a las negras sólo le resta defenderse.
Una travesura, digo, eso de andar por ahí con la muerte.

domingo, 10 de enero de 2010

A las cuatro de la mañana el bar trae esos autos de miles de dólares, esos tipos que hablan sin las eses, esas tipas de tacos altos y dientes de acrílico. A las cuatro de la mañana las ratas corren en los colgantes de oro y el Desconocido se recuesta sobre la barra y dice ser otra persona. Nadie sabe qué hacen esos tipos ni esas tipas pero hay un común acuerdo de la lengua: bebidas, caricias de cien euros, gestos que firman esos contratos macabros. Entonces el Desconocido (desde un personaje remoto) lame las estatuas de la muerte. Todo para seguir acribillando forajidos: tal vez más lejos de los puentes.

viernes, 8 de enero de 2010

No nos olvidemos de estos sujetos...




Sr.Dante

Levantó la mano y su rostro se tensó como una soga. Me saludó como quien se despide desde otra orilla. Desde un punto privado y sin referencia. Lo miré y mis gestos fueron otros. Quizás desconocidos. A metros las vías del tren y de la estación de la Paternal que pulseaba mano a mano con la tristeza. Pude ver su espalda (erguida) sorteando algún obstáculo, sus puños cerrados y la bermuda de blue jean pegada a la piel vigilando el tercer anillo del infierno. Hizo una pequeña mueca en la clandestinidad. Algo que imagino metros más tarde. Después de cruzar una barrera torcida y de calcar las simetrías (aterradoras) del paredón del cementerio sobre las mordeduras rabiosas de los deudos. (Antes de presenciar un diálogo ficticio entre la risa y el delincuente).
Así abrí la puerta de mi casa y me recosté (mareado) sin un por qué: sólo con esa fotografía fantasmal de la ocasión.

(“… Apago el celular por las dudas…”).

lunes, 4 de enero de 2010

Melancolía


Habrá una palabra que te ayudará a escapar. Tras las rejas aúllan tus perros hambrientos. Entonces el pasillo será una aventura de trenes, de estaciones, de vías y nadie te podrá decir el nombre del sujeto. Correrás por cuerpos, ventanas, cafetines, sin derecho a réplica.
Nada te colmará de alegría. Sólo un abrazo, un puto nudo en la garganta.


Olvidarte antes. Mucho antes. Entre los alambres y los marcos de esas ventanas verdes. Antes de que la huesuda atrapara a ese hombre rodeado de perros.
Sin un por qué.


No sé si el temblor es una aproximación al dolor. Sé que los muertos tiritan entre oraciones.

Apago mi vida con un puño como se apaga una braza en el fuego.

sábado, 2 de enero de 2010

En el sueño (a eso de las tres de la mañana), una cinta fílmica corría sin fin atrapada en un proyector de los años ochenta. El cine estaba en un callejón sin importancia. Los propietarios
-un matrimonio de holandeses- habían muerto hace tiempo y dejaron su negocio en manos de un desconocido señor Z.
La cinta fílmica se agitaba sin parar y ese movimiento centrífugo hizo que la pantalla en blanco saltara como un puma sobre los espectadores. No recuerdo haber visto muchos. El señor Z no supo cómo reparar el error técnico del artefacto. Los espectadores (el sueño me dice que eran menos de veinte) entraron en una especie de trance.Todos a partir de aquél momento perdieron la memoria. No solo la memoria: sino la capacidad de asimilar el tiempo como un valor superlativo del existir. Entonces el sueño pasó a ser una ontología, una especie de ritual simbólico entre un presente eterno y la imposibilidad de nombrarlo.

C ontadas veces los vi juntos. Tanto el uno como el otro conservaban una apariencia de hermanos. Había algo en sus cabezas... Siemp...