miércoles, 2 de diciembre de 2009



Los objetos nos distraen en la rutina de los nombres. Entonces veo dos vestidos colgados en el placard, un espejo, una pinza, un frasco de perfume. El cuerpo que libera a esos objetos está lejos. Quizá esa lejanía sea el espejismo del gran Otro. Un ser que entra y sale del mundo como quien lee una tirada de naipes. Me demoro en esta suposición (casi maniática) de las formas y de las cosas que me rodean. Vuelvo a mirar los espacios vacíos, mi perra desparramada en el piso, el balcón, la carga temeraria del sol sobre los hombros vecinos.
La pregunta vuelve una y otra vez a cero.

1 comentario:

Nalda dijo...

Qué foto tan chula, muy apropiada para el texto.

Un abrazo