martes, 29 de diciembre de 2009

La niebla se trenza en el pelo de la muchacha. La ruta está vacía. Sólo un pálido resplandor a los lejos. Enciendo la radio y la voz del locutor dice algo sobre el tiempo.
Trato de no cerrar los ojos.
Como si la mano no alcanzara a responder ante la demanda del cuerpo. Como si el mar y la arena fueran parte de esos dedos tendidos. Así la espera en la estación del tren, los ojos de la muchacha sobre la vidriera del infierno: y esas ganas de decir basta, de mandar todo al carajo, de irte lejos.
Entonces tu corazón hace ruido.

lunes, 14 de diciembre de 2009

El esquema inicial suponía la inclusión del Extranjero como conductor del automóvil. El Polaco iba a ser el primer en entrar en el sitio y exigir violentamente la apertura de la caja de seguridad. Los demás (dos hermanos y un desconocido) se iban a limitar a mantener el pánico a través de unos gruesos calibres.
Se estableció el tercer jueves de ese mes como el día de ejecución del “asunto”. Entre tanto el Extranjero alquiló una modesta habitación en un hotel de la avenida de Mayo. Una noche conoce a una mujer y ese desliz hizo que la operación se cayera de inmediato.
Los hermanos (tanto el Mayor como el Menor) pudieron escapar. El Polaco armó una balacera inolvidable en la avenida Corrientes.
Esa noche -antes de la confesión narcisista del Extranjero- el Desconocido compró un boleto hacia una localidad remota.
La Mujer se acostó con el Extranjero y logró que éste confesara planes, caminos, direcciones, nombres.
La policía logró detener el robo. El Mayor y el Menor cruzaron la frontera y se establecieron en Paraguay. La Mujer una semana después murió en un accidente automovilístico. El Polaco cumple una condena de veinte años en Marcos Paz.
Todos los domingos el Desconocido va a visitarlo. Le lleva tarjetas telefónicas, fiambre, fotos de mujeres exuberantes. El Polaco nunca le preguntó cómo hizo para disuadir a los policías. El Desconocido tiene un pequeño temblor en la mano derecha.
El Extranjero se suicidó una semana después en Montevideo.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Extraño es el caso del policía que jamás volvió a entrar en su propio bar después de la sorpresiva muerte de su padre. Sólo se limitaba a dejarse un poco la barba (una sombra) y a saludar desde la puerta. Los empleados trataron de seducirlo para que vuelva a sus tareas mercantiles. Los intentos fueron múltiples pero el policía se sentaba en las sillas de afuera, apoyaba los brazos en la mesa y se dejaba llevar por el tiempo. A media noche pedía una medida de whisky mientras fingía sonreír con los clientes.
También es llamativo que nunca se lo ve acompañado. Sólo el arma reglamentaria en un tobillo, la campera de cuero desabrochada, los ojos vacíos y la espera fútil de un diálogo ocasional.
Esa noche pude acercarme y pedirle fuego.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Recursos (h)umanos

Los Jefes te llaman al orden. Algo así como para seguir detrás de las premisas: horarios, libros mal guardados, vasos tirados. Los Jefes no quieren perder dinero. A las diez de la mañana, entre cuatro paredes, los Jefes te piden que se cumplan las tareas (en ese instante pensás en irte lejos o en levantarte de la silla y romperles la cara a trompadas) tu silencio los incomoda, los Jefes te miran esperando una respuesta. Enfatisas algo para que el circo siga, para que ellos se queden contentos (por un rato) y puedan acumular sus mierdas en sus créditos hipotecarios. Por un momento (ya en calle y encendiendo la primera pipa de la mañana) te sentís como cuando tenías dieciocho años y trabajabas en ese depósito de ropa. En la esquina, el suspenso de la dicha te dice otra cosa. No hay lugar para la estupidez.
En la novela los personajes te abrazan.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Sorrow

El espacio y los objetos que lo ausentan: sillas, estantes, libros. La contracción tácita de los recuerdos: esas promesas mal dichas o poco oídas. El Sr P con sus mañas de siempre, los ventanales cerrados, las náuseas.
Entonces en el balcón los gatos pardos saltan de a uno sobre las pesadillas.

Be safe

Amanece y las calles tienen la velocidad de los hombres. No hay miradas. Sólo un apuro racional y físico. Los relojes están en marcha y la gran ciudad sale a mendigar su limosna. El sol huele a café y esa mujer está dormida. Las monedas combaten su tercer round en los bolsillos y pocos ocultan la tristeza detrás de la ropa almidonada. La pregunta es casi inevitable. La Nada se tropieza con el Todo en cualquier parte. El almacén vecino deja las cajones afuera. La carne está en el mostrador. Como la muerte en los estuches vacíos.
Así llegan temprano los albañiles, me preguntan por la medida de las cerámicas, tosen, invaden los espacios con sus códigos: el mundo es de ellos. El piso vuelve a ser polvo.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Una habitación vacía y la figura del muchacho deformada por la perpendicularidad de la ventana. El muchacho, lejos de toda excentricidad, mira el reloj e intuye que la muchacha jamás regresará.
Las paredes del Motel son húmedas y él está lejos de casi todo lo que lo había visto crecer: ese molino, ese perro, esa galería con la foto del General, ese florero con las uvas de vidrio.
El muchacho se recostó en el piso y como si las cerámicas fueran la corriente de un río caudaloso, se dejó arrastrar hasta quedarse dormido. Con los brazos en cruz, en calzoncillos y con un tórax ligeramente hundido, se abandonó a ese umbral primitivo de la nostalgia.
La oscuridad lo devoró.

miércoles, 2 de diciembre de 2009



Los objetos nos distraen en la rutina de los nombres. Entonces veo dos vestidos colgados en el placard, un espejo, una pinza, un frasco de perfume. El cuerpo que libera a esos objetos está lejos. Quizá esa lejanía sea el espejismo del gran Otro. Un ser que entra y sale del mundo como quien lee una tirada de naipes. Me demoro en esta suposición (casi maniática) de las formas y de las cosas que me rodean. Vuelvo a mirar los espacios vacíos, mi perra desparramada en el piso, el balcón, la carga temeraria del sol sobre los hombros vecinos.
La pregunta vuelve una y otra vez a cero.

C ontadas veces los vi juntos. Tanto el uno como el otro conservaban una apariencia de hermanos. Había algo en sus cabezas... Siemp...