jueves, 5 de noviembre de 2009

Tres días en cama y los análisis dicen que el hígado está débil. La fiebre comulga con los párpados del soma. Algo así como estar desnudo esperando un tren. Nadie golpea la puerta. La familia siempre presente con los vasos pegoteados de Sprite y las migas de las galletitas Express. El dolor se calma por momentos y repetís una y otra vez ciertas lecturas. Cuando la vida se detiene (de a ratos) te muestra los dientes. Y los amigos tienen cosas que hacer, los hermanos llaman por teléfono pero en la mirada de la noche está el reencuentro. Entonces, intuís (entre los treinta y ocho y treinta nueve grados celsius), que los cazadores dialogan entre los altos bosques del silencio.
Allá están los otros refugiados: aquellos que te han escuchado llorar detrás de los escombros.

1 comentario:

Nalda dijo...

Los que te oyen llorar detrás de los escombros son los que no te van a fallar nunca.

Abrazos