lunes, 2 de noviembre de 2009

El paso (no) más acá

La Desconocida se acerca a la barra de un bar y dice ser de algún país centroamericano (nunca especifica cuál, pero su acento supone una simpatía caribeña).
Su entusiasmo turístico se proyecta sobre un tipo que está bebiendo una pinta de cerveza. La Desconocida tiene una cicatriz en la cara. Específicamente en la parte superior derecha del labio. Algo así como una mordida. Rasgo que el tipo observa y le parece cautivante.
El diálogo es fluido y en cierto momento de la noche, la Desconocida besa al tipo. Éste le dice de ir a otro sitio. La Desconocida abre la cartera y el tipo ve un revólver plateado. No alcanza a precisar el calibre. (El tipo es un experto en armas de fuego). Al tipo le fascina el asunto. La Desconocida cierra bruscamente la cartera y le acaricia la bragueta.
En la calle hay un auto negro que los espera. El tipo no sabe cómo ni cuándo se subió al vehículo.
Al día siguiente el tipo amanece en un hotel del microcentro. La Desconocida está en la ducha. El tipo (que perdió todo el registro conciente desde ese abrir y cerrar de los objetos) le pregunta a la Desconocida por qué hay tanta sangre en la cama.
Alguien golpea la puerta de la habitación. La Desconocida sale del baño y responde.
El tipo repentinamente salta de la cama. Dos uniformados entran en el cuarto y la Desconocida les dice que el tipo está escondido debajo de la cama.
El tipo se resiste y los uniformados lo golpean hasta desmayarlo.
En el móvil policial el tipo recalca su inocencia.
La Desconocida sale del hotel y hace una llamada telefónica. Una voz casi fantasmal le pregunta sí todo ha concluido. La Desconocida dice algo. La voz le dice que en la esquina de Arenales está el sobre con el dinero. La Desconocida le pregunta por el monto y enciende un Particulares. Se corta la comunicación. En la esquina de Arenales pregunta por el sobre. Para su sorpresa le acercan una pequeña caja de cartón. La Desconocida, sin indagar absolutamente nada, camina varias cuadras hasta que se encuentra con una plaza. Se sienta en el pie de un monumento y abre la recompensa. Tres gruesos fajos alivian sus palpitaciones. Enciende otro Particulares.
El psicoanalista le dice al tipo que su relato es interesante. Mira la hora y todavía quedan algunos minutos más para concluir la sesión. El tipo vuelve a remarcar ciertos arquetipos del sueño: el bar, la Desconocida, el revólver, los uniformes.
El psicoanalista le pregunta por A. El tipo abre los ojos.

3 comentarios:

Nalda dijo...

Conseguiste tenerme en vilo todo el relato. La de historias que salen en una sesión de psicoanálisis... ¡quién fuera diván!

Un abrazo

Anónimo dijo...

acaso importa el analista? casi una confesión sacrosanta, casi una confesión al barman, si...si...el "oidor" es barman, me gusta pensarlo así...

Primo

Alfonso dijo...

Parece que los centroamericanos tenemos cierta predisposición al crimen aunque en estos tiempos esto sería casi una distinción, saludos andrés, intenso como siempre :D