martes, 27 de octubre de 2009

Gracias Haroldo!

Ayer a la noche se me desarmó el futón. No sirve más. Es como si alguien lo hubiera golpeado con una maza de cien kilos. El espacio se redujo a unas cuantas pilas de libros, tabaco, una perra, pipas, una botella de ron y ahora un colchón en el piso. Entonces pensé que al fin y al cabo uno no necesita tantos objetos para vivir, hablo de tener una materialidad mínima que nos permita acercarnos a otras cosas. En el suelo, el colchón parece flotar en el estuario de la noche. Algo así como en esas películas que vemos y que nadie conoce a los actores, el quehacer cotidiano me permite sentarme unas cuantas horas a pintar o a escribir. Extraño menos a los fantasmas y creo nadar (siguiendo la metáfora del colchón) sobre los brazos de un río revoltoso. Sí hay algo que me hace feliz es conocer a tipos que se juegan por el amor y que hubo escritores como Conti que siguen siendo un motivo visceral para seguir remándola.

2 comentarios:

Nalda dijo...

No conozco a nadie que sea capaz de ser tan profundo a raíz del desplome de un futón. Si te sirve de consuelo, del suelo no pasas.

Mmmm, yo también prefiero seguir remando.

Un abrazo

Prado dijo...

no creo que haya otro motivo para escribir que ese.
saludos desde istmo tropical. hace un calor del demonio acá.