viernes, 2 de octubre de 2009

Dolores L Furlon (Avellaneda 1980- Coghlan 2008)


Dolores nació en Avellaneda. En el hospital Fiorito. Los médicos consideraron el parto un milagro: pesó menos de lo normal y su corazón no respondía como tenía que hacerlo. La madre de Dolores L, quedó en coma. A la semana muere dejando a Dolores al cuidado de una vecina: la señora Elsa Martínez. Tras varias operaciones Dolores recupera su salud. Nunca se supo nada de su padre. Fue un encuentro “ocasional” así me cuenta Elsa.
La infancia de Dolores estuvo marcada por el encierro y por arduas lecturas: Salinger, Carroll, Dailan Kifki, Verne. Tuvo la suerte (no sé cómo llamar a este tipo de encuentros) de chocarse con la biblioteca de Elsa. Una mujer tenaz, profesora de literatura y un poco más joven que su verdadera madre.
Dolores adoraba a Elsa.
En el año 1993 Dolores cumplía trece años y como regalo festivo Elsa le obsequia un voluminoso cuaderno en blanco. Algo así como un libro por venir.
Dolores se deslumbra y abandona a los pocos invitados de la fiesta. Se aísla en su habitación. Afuera había un ventanal y un patio con un piso ajedrezado. Atrás: “el chuco” un perro guardián infaltable en la familia.
Dolores escribe sus primeros poemas. El “chuco” ladra. Elsa protesta.
Así comienza su vida como poeta. Escribe de noche. Tiesa. Apretando los dientes. Elsa le deja la comida detrás de la puerta de la habitación. Dolores escribe. Sólo sale para ir al colegio.
A los dieciséis años tiene treinta poemas bien logrados. Los presenta en un concurso. Elsa sonríe. Dolores encoje los hombros y le dice a Elsa que quiere ir a ver la tumba de su “otra mamá”. Van de la mano. El día es gris. El cementerio tiene calles que Dolores recordará hasta su muerte. Su “otra mamá” está en la tierra y sólo tiene una placa y una cruz de madera blanca. No hay flores, ni pasto, ni vida. Dolores se sienta en esa tierra y habla con sus muertos, con esos fantasmas que viajan en la eternidad.
Gana el concurso. Elsa está feliz. Dolores optimista decide dejar el colegio y dedicarse a escribir.
Una editorial uruguaya le ofrece publicar. Acepta. El poemario se tituló: “Flores para un pájaro muerto”
Dolores tiene veinte años. Vuelve al encierro. A esperar la comida detrás de la puerta. Elsa tiene algunos problemas económicos y decide vender el caserón de Avellaneda para comprar algo más chico en Coghlan.

El “chuco” sacude la cola en la nueva casa.
Dolores tiene un cuarto propio. Elsa trabaja en una escuela cercana casi diez horas diarias.
Una tarde Dolores sale a caminar y conoce a Ignacio. Se enamora. Su corazón por primera vez late (alocado) lejos de un electrocardiograma. Ignacio es un joven almacenero de barrio. Dolores se enamora de su cotidianidad. “De eso se trata el amor”, escribe. “Algo que te asalta desde lo más simple”.
Ignacio tiene treinta años. Se frecuentan unos meses. Dolores posterga sus poemas para abrazarse al amor. El padre de Ignacio sufre un accidente automovilístico y queda postrado en una silla de ruedas. Ignacio no puede sostener la agonía de su padre ni la relación con Dolores. Decide abandonarla. Dolores se desmorona. Grita. Llora desconsolada. El “chuco” le lame las lágrimas. Elsa consulta a un psicólogo. Dolores vuelve a su habitación. Escribe lo que sería su segundo poemario: “Nadie sabe qué hay detrás”.

Lecturas hambrientas: Celan, Rimbaud, Butler, Felisberto, Blanchot, Berger, Zambrano, Urondo, Conti.
Elsa le dice que busque otra distracción.
Dolores tiene una sola amiga. Esa noche la llama desesperada: “Mi cuerpo es una jaula carcomida por los cuervos”. Corta. Mira el reloj: las tres de la mañana. Abre al azar las obras completas de Celan y lee: “De un árbol, de uno. Sí también de él”.
Escribe en el cuaderno: “Para qué”.
Sale. Camina hacia la estación del tren. Mira el andén. Los bancos. La cartelera que dice: Coghlan. Se sienta en las vías. Escucha el ladrido del “chuco”.

Después, el viento.


Flores para un pájaro muerto

Dolores L Furlon



Por qué te escribo

sí sé que todo va a ser igual:

los viajes, tu peine en el espejo del baño,

tu risa,


Por qué te escribo


cuando cierres esta puerta

te irás con tu bolso verde

por mi garganta

como si nada hubiera pasado


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Te gusta el orden de las cosas:

el balcón

los cactus

la alfombra azul

las sillas que forman un rompecabezas

el azar


Sin embargo

tu adiós

me dice algo

y no sé por qué

no puedo despedirme


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2 comentarios:

yo dijo...

Maravillosa,Andres ,esta busqueda y este encuentro de autores, de escritores...
Palabras unicas que son rescatadas.
Sos un salvador de la agonia.
Gracias.
Yo.

lula dijo...

Te admiro: recién al terminar, pude soltar el aire.