sábado, 31 de octubre de 2009




Los elementos están a la vista: el tipo no tiene unas botas de tres mil quinientos euros ni conoce Tokio. Trabaja de noche y tiene una forma de enamorarse casi literaria. Algunas mujeres llegaron a quererlo. Al tipo no le importa. Es decir: sabe que algún día alguna novela suya estará saldada en las librerías de usados.
El tipo conserva una figura humana: lee, bebe y se acuesta con desconocidos.
Su estructura quedó dinamitada por las pérdidas: mudanzas, viajes, situaciones subordinadas al descontento. Pero nada de eso le interesa: hoy por hoy, escarba en el presente las cotidianidades alegóricas y es conciente de que nada fue tan grave. De esas mujeres habla poco, las evoca con pasión pero está convencido de que nada de ese recuerdo es cierto: sólo son pálpitos.
La vida pasa por una vereda y a través de un buen café, el tipo tiene la capacidad de nombrarla a su manera.
Y casi siempre es feliz.

Phone call

Entonces la posibilidad de entender el pasado te hizo hacer esa llamada telefónica y escuchar esa voz distante: “No quiero volver a verte”. El ruido de la calle disfrazó el derrumbe y como un profeta cortaste la comunicación.
En el suplemento cultural leíste algo sobre un importante premio literario y el ganador decía que se dedicaba doce horas diarias al ejercicio de la escritura. Tus palpitos eran exactos (te dolía la cabeza, el pecho): no había más nada que pensar.
Volviste a tu casa y encendiste un cigarro en la oscuridad.

jueves, 29 de octubre de 2009

El animal olfatea la puerta e intuye los pasos de alguien en la escalera. Ellos (los pasos) amortiguan su calor cinético con cada envión de sangre. Los escalones (negros) son el teatro de las sombras. El animal mira o dice mirar (entre esos gestos ineludibles) ese suspenso intrépido que surge a cierta hora de la noche.
El animal se recuesta en la alfombra y sueña.
(El tipo se mira en el espejo, abre una cerveza y no quiere preguntarse nada más).

miércoles, 28 de octubre de 2009

11 a.m


Después de la tormenta, el color se abre al mundo sin reparar los daños. La flor (que pensábamos perdida) surge del lodo y deja escapar su perfume de eternidad. Los dedos se estiran y palpan la delgadez del aire. Las nubes son un acertijo y los caminos se abren entre los vivos.
Estás parado en algún sitio y tu rostro se deja llevar por el presente.
Algo te dice otra cosa.
Atrás, un perro se lame las heridas y vuelve a mover la cola como si nada hubiera pasado.

martes, 27 de octubre de 2009

Gracias Haroldo!

Ayer a la noche se me desarmó el futón. No sirve más. Es como si alguien lo hubiera golpeado con una maza de cien kilos. El espacio se redujo a unas cuantas pilas de libros, tabaco, una perra, pipas, una botella de ron y ahora un colchón en el piso. Entonces pensé que al fin y al cabo uno no necesita tantos objetos para vivir, hablo de tener una materialidad mínima que nos permita acercarnos a otras cosas. En el suelo, el colchón parece flotar en el estuario de la noche. Algo así como en esas películas que vemos y que nadie conoce a los actores, el quehacer cotidiano me permite sentarme unas cuantas horas a pintar o a escribir. Extraño menos a los fantasmas y creo nadar (siguiendo la metáfora del colchón) sobre los brazos de un río revoltoso. Sí hay algo que me hace feliz es conocer a tipos que se juegan por el amor y que hubo escritores como Conti que siguen siendo un motivo visceral para seguir remándola.

sábado, 24 de octubre de 2009

Para S.P



El asfalto atraviesa al insecto. El centro (casi invisible) abre un hueco en tus pupilas. La boca (sin dientes) escarba la sustancia. Como un pájaro sin alas.
El horizonte contiene tu amnesia. Como un dolor sin pérdidas: sólo un motel perdido en la ruta.
Un tractor se hunde en la tierra y tus ojos son testigos del crimen.
(El insecto aletea su muerte).
Así, la sangre marchita la espera.

viernes, 16 de octubre de 2009



En la cocina del bar alguien aspira algo de una diminuta bolsa. El rostro (casi universal) se ahueca y los ojos se hunden en un no sé cómo. Algo así como caer en el pozo de la desesperación. El diálogo es tenso. Se escucha una música ensordecedora y las palabras se amontonan en una pileta repleta de vasos. Yo estoy sentando en la escalera, detrás de la puerta de la cocina y me pregunto o los pregunto a esos ángeles del infierno, qué fue lo que se nos fue de las manos. Entonces me di cuenta de que todos los que estábamos ahí éramos parte de una verdadera soledad y que por más que ciertos rituales nos aplaquen el odio, íbamos a caer en la misma cárcel. Aunque algunos la nombren de otra forma, sabíamos que el amor no pudo salvarnos.

martes, 13 de octubre de 2009

Escritor@escribir

Sé que hay alguien detrás. Sé que escribir es un acto solitario y que cada escritor es espiado por ese alguien. El tema es cuando el escritor cree descubrir a ese alguien. Entonces la escritura se transforma en un oficio y el escritor deja de escribir: ese alguien lo captura y lo condena a una serie de éxitos y fracasos de mercado. El lector queda atrapado entre el escritor y el alguien. Pero un buen lector tiene la capacidad de salvar al escritor dejándolo en el olvido. Hasta que ese alguien muere o es asesinado y recién ahí el escritor puede abrir esa puerta y salir corriendo.

San Telmo



La foto es antigua. Sin fecha. El hijo empuja la silla de ruedas de la madre. La madre está arqueada. Sus manos tiemblan. El hijo hace fuerza. La madre tose. (Se desliza una sonrisa en el rostro del fotógrafo).
La pregunta excede a la cosa: no la mata. La fotografía está en un cajón con muchas otras más. El cajón está en un anticuario. Los dedos de los curiosos hojean el pasado.
Se escuchan palabras en inglés o en francés. El hijo no las entiende. La madre se acuerda de sus lecturas de Proust. El hijo llega hasta la esquina (las arrugas en el rostro del fotógrafo son intensas). La silla se tropieza con una piedra. La madre cae. El hijo grita. Hay gente en la calle.
Un Inglés pregunta cuánto sale la foto.
- ¿Cuál?
La madre se tapa la cara. El flash es enceguecedor.

domingo, 11 de octubre de 2009


Eso que molesta. Lo otro. El golpe de la lluvia en el vientre del batracio. La cosa. El testigo mudo. Esa capacidad tísica para extrañar lo imposible. Una mujer lejos. Una mujer que lo hace con otro para olvidarse del presente. Un pacto de tres. Un dictado inacabado. Esa maestra de tercer grado que te hacía leer en voz alta. Tu primer desmayo en el subte. Esos payasos con tambores de hojalata. El primer perro. La casa de dos escaleras. Los experimentos de una niñez feliz.
Entonces todo se tuerce o mejor dicho: todo tiene otro nombre. Y la memoria es como un juego de ajedrez y los ajedrecistas golpean los relojes. Todo para entender lo que se detiene porque si.
Aquello que un día dejó de funcionar.

sábado, 10 de octubre de 2009


Huelo a tabaco. A gente distante. Huelo a descomposición. A madrugadas sin ventanas. Sólo tabaco y ron. Entonces un camión se detiene y atrás hay alguien recostado entre bolsas de papas. Hay tierra. Ese alguien tiene los brazos cruzados detrás de la cabeza. Él también huele a tabaco pero la escena se repite en lo tangible de la palabra. La imagen se pierde y la figura se convierte en un paladín. Quién huele qué cosa. Atrás, hay un espacio común: algo así como un Yo saturado de preguntas.
La mujer (en ambos casos faceteada) está fantaseada por el deseo. Entonces el camión arranca, hay humo, ruido a congestión nodal. Ese alguien me hace un guiño o ese guiño lo imagino y a pesar de que nadie se conoce el alquitran del sujeto es objeto de la lucha.

jueves, 8 de octubre de 2009

Algo así...

Hay en el descontento algo que “se” contenta. Un andamiaje desnudo tiritando entre la Lengua. El lenguaje vibra en el estanque del ser. Como un lago interrogado por la piedra del silencio. Esa es la travesura del Misterio.

El disfraz corre otro riesgo: habría que interrogar al "se".

martes, 6 de octubre de 2009

Supuestamente el tipo cumplió sus cincuenta y ocho días de cárcel en Marcos Paz. Las causas poco importan, o sí, pero cuando el tipo salió de la leonera de Tribunales se cruzó hasta el café e hizo una llamada telefónica. El abogado redactó un permiso para que el tipo se fuera del país. El mozo le trajo un whisky doble. El tipo volvió a llamar por teléfono. Nadie contestó.
Después se tomó un colectivo hasta Drago, trató con ciertas personas, armó un pequeño bolso y se fue. Ella le habló de amor. El tipo pensó en ir a buscarla. Cosas de amantes, se dijo en silencio. Un pájaro se apoyó en un cable y el tipo pensó en ciertas señales del caos. En la cárcel fue "la mujer" de un capo. Un derecho adquirido después de una brutal pelea.
Me duelen los huesos, le dijo al abogado. No sabés cuánto.

lunes, 5 de octubre de 2009


Ella me dijo: “sos un lobo” y creo que fue la única mujer que me enjauló entre esas palabras. La pantalla es negra y se ve detrás de un ventanal a un tipo tirado en la nieve. La mancha de sangre se expande. El Director corta la escena y le exige al actor más presencia. Rojo sobre blanco. Blanco sobre negro. El Director reanuda la filmación. El tipo está muerto. Fueron casi quince puñaladas. Un amor perdido. Un pueblo. Todo es confuso. El Director dice algo. La pantalla se puebla de sirenas. De policías estúpidos que buscan al impostor. Huellas. Un tiempo sin fin.
Ella me tomó del brazo y me llevó a caminar. Fue antes de la cuarta puñalada. Después de haber hecho el amor. Sin aliento. La botella. El vaso. El agravio del cuerpo.
Así hasta el amanecer.
Hasta el último aullido.

domingo, 4 de octubre de 2009

Pocas palabras
te llevan una taza de té
a la cama
cuando estás solo

Pocas palabras
te abrazan o te dicen
los horarios del tren

Entonces
la vida
que decíamos ver
es otra cosa

Sabemos poco del Misterio
(de ese roedor nocturno
que nos hace el amor en silencio
)
pero sin él
jamás hubiéramos visto
(cruzar la frontera)
a esos asesinos encapuchados

y los disparos fueron múltiples
y las persecuciones unánimes

no hubo ni un padre ni una madre
que reclamara
los restos

sólo esas palabras
y no otras…

viernes, 2 de octubre de 2009

Dolores L Furlon (Avellaneda 1980- Coghlan 2008)


Dolores nació en Avellaneda. En el hospital Fiorito. Los médicos consideraron el parto un milagro: pesó menos de lo normal y su corazón no respondía como tenía que hacerlo. La madre de Dolores L, quedó en coma. A la semana muere dejando a Dolores al cuidado de una vecina: la señora Elsa Martínez. Tras varias operaciones Dolores recupera su salud. Nunca se supo nada de su padre. Fue un encuentro “ocasional” así me cuenta Elsa.
La infancia de Dolores estuvo marcada por el encierro y por arduas lecturas: Salinger, Carroll, Dailan Kifki, Verne. Tuvo la suerte (no sé cómo llamar a este tipo de encuentros) de chocarse con la biblioteca de Elsa. Una mujer tenaz, profesora de literatura y un poco más joven que su verdadera madre.
Dolores adoraba a Elsa.
En el año 1993 Dolores cumplía trece años y como regalo festivo Elsa le obsequia un voluminoso cuaderno en blanco. Algo así como un libro por venir.
Dolores se deslumbra y abandona a los pocos invitados de la fiesta. Se aísla en su habitación. Afuera había un ventanal y un patio con un piso ajedrezado. Atrás: “el chuco” un perro guardián infaltable en la familia.
Dolores escribe sus primeros poemas. El “chuco” ladra. Elsa protesta.
Así comienza su vida como poeta. Escribe de noche. Tiesa. Apretando los dientes. Elsa le deja la comida detrás de la puerta de la habitación. Dolores escribe. Sólo sale para ir al colegio.
A los dieciséis años tiene treinta poemas bien logrados. Los presenta en un concurso. Elsa sonríe. Dolores encoje los hombros y le dice a Elsa que quiere ir a ver la tumba de su “otra mamá”. Van de la mano. El día es gris. El cementerio tiene calles que Dolores recordará hasta su muerte. Su “otra mamá” está en la tierra y sólo tiene una placa y una cruz de madera blanca. No hay flores, ni pasto, ni vida. Dolores se sienta en esa tierra y habla con sus muertos, con esos fantasmas que viajan en la eternidad.
Gana el concurso. Elsa está feliz. Dolores optimista decide dejar el colegio y dedicarse a escribir.
Una editorial uruguaya le ofrece publicar. Acepta. El poemario se tituló: “Flores para un pájaro muerto”
Dolores tiene veinte años. Vuelve al encierro. A esperar la comida detrás de la puerta. Elsa tiene algunos problemas económicos y decide vender el caserón de Avellaneda para comprar algo más chico en Coghlan.

El “chuco” sacude la cola en la nueva casa.
Dolores tiene un cuarto propio. Elsa trabaja en una escuela cercana casi diez horas diarias.
Una tarde Dolores sale a caminar y conoce a Ignacio. Se enamora. Su corazón por primera vez late (alocado) lejos de un electrocardiograma. Ignacio es un joven almacenero de barrio. Dolores se enamora de su cotidianidad. “De eso se trata el amor”, escribe. “Algo que te asalta desde lo más simple”.
Ignacio tiene treinta años. Se frecuentan unos meses. Dolores posterga sus poemas para abrazarse al amor. El padre de Ignacio sufre un accidente automovilístico y queda postrado en una silla de ruedas. Ignacio no puede sostener la agonía de su padre ni la relación con Dolores. Decide abandonarla. Dolores se desmorona. Grita. Llora desconsolada. El “chuco” le lame las lágrimas. Elsa consulta a un psicólogo. Dolores vuelve a su habitación. Escribe lo que sería su segundo poemario: “Nadie sabe qué hay detrás”.

Lecturas hambrientas: Celan, Rimbaud, Butler, Felisberto, Blanchot, Berger, Zambrano, Urondo, Conti.
Elsa le dice que busque otra distracción.
Dolores tiene una sola amiga. Esa noche la llama desesperada: “Mi cuerpo es una jaula carcomida por los cuervos”. Corta. Mira el reloj: las tres de la mañana. Abre al azar las obras completas de Celan y lee: “De un árbol, de uno. Sí también de él”.
Escribe en el cuaderno: “Para qué”.
Sale. Camina hacia la estación del tren. Mira el andén. Los bancos. La cartelera que dice: Coghlan. Se sienta en las vías. Escucha el ladrido del “chuco”.

Después, el viento.


Flores para un pájaro muerto

Dolores L Furlon



Por qué te escribo

sí sé que todo va a ser igual:

los viajes, tu peine en el espejo del baño,

tu risa,


Por qué te escribo


cuando cierres esta puerta

te irás con tu bolso verde

por mi garganta

como si nada hubiera pasado


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Te gusta el orden de las cosas:

el balcón

los cactus

la alfombra azul

las sillas que forman un rompecabezas

el azar


Sin embargo

tu adiós

me dice algo

y no sé por qué

no puedo despedirme


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C ontadas veces los vi juntos. Tanto el uno como el otro conservaban una apariencia de hermanos. Había algo en sus cabezas... Siemp...