miércoles, 23 de septiembre de 2009

re-seña


Aprendizaje o el Libro de los placeres.
Clarice Lispector.
Siruela.
142 páginas.




Sí: Lispector golpea. Sus golpes son imbatibles. Sus escenarios: crudos. Sin bajezas. Sus preguntas abisman. Hay tensión. Su registro literario es un organismo vivo que nos dice: lector, no me deje: ¡Interrógueme! Así es: Aprendizaje o el Libro de los placeres es una gran interrogación. Se despliega sobre el tablero un ejército de metáforas: la de un Dios (que no es el Dios del crucifijo) que es interpelado desde una humanidad descarnada: “… El dolor había vuelto casi físicamente y pensó en rezar. Pero pronto descubrió que no quería hablar con el Dios. Tal vez nunca más…”; la del amor como un juego macabro entre lo femenino y la masculino, entre el silencio y la pérdida; la de la mirada de una mujer extraviada: Lori ; personaje central de la novela, el cual desnuda su existir ante los ojos de Ulises, personaje aleatorio, profesor de filosofía, atado a su razón existencial. Lori- Ulises. Ulises- Lori. Un binomio imperfecto. Lispector detrás, en la antesala de la palabra, en la oscuridad de la trama. Ambos conforman una historia singular casi profética: ¿Cuándo es el tiempo justo para entregarse a un Otro? Y hablo de justo no como justicia sino como exactitud.
Ulises conoce a Lori accidentalmente y queda atrapado en su figura. Imagen que se va desprendiendo poco a poco hasta llegar al terror. El miedo de amar. De amarse. De que ese Otro no esté más. Lori dialoga desde ahí: desde un Ulises pagano, desde ese umbral fantasmal que nace en el primer latido: “¿Amor será dar de regalo uno al otro su propia soledad?”.
Lispector ejecuta. Sonríe. Entiende que la historia siempre es efímera, que los personajes son excusas para disfrazar la realidad. Una realidad que está más allá o más acá.
Aprendizaje o el Libro de los placeres es justamente eso: un acá que está allá. Un allá que no sabe a dónde ir.
Nos queda el amor como el único salto mortal.
Amén.

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