sábado, 12 de septiembre de 2009

Ella tiene veinticuatro años, una hija de dos años, un hermano muerto, un tatuaje en el brazo, un tipo que la jode y otro tipo (musculoso, cara bronceada, con un auto importado) con el que duerme y lo hace de una manera feroz. Eso tipo le prepara el desayuno, la despierta con un abrazo y ella (que no está acostumbrada al después) lo mira y le sonríe con esa sonrisa encantadora, sabiendo que el afuera muchas veces le jugó una mala pasada. Y por las noches, cuando trabaja en el bar, me abraza y me cuenta exaltada de su noche con el musculoso, de “esas piernas firmes” y de algunas cosas más. Entonces las luces de la barra son débiles y esa penumbra se hunde en sus ojos de niña, se hunde como un puñal en el estómago de la víctima y desde allí o desde aquí o desde esos rincones del anonimato, ella me dice que por primera vez es feliz.

4 comentarios:

Lucía Corujo dijo...

Me gustan la última frase. Casi puede imaginarse el ambiente del bar y unos metros más allá a una mujer con ojos de niña hablando con un tipo.

Prado dijo...

me gusta tu fluidez.

salve.

Espérame en Siberia dijo...

Espero que esa felicidad la lleve por el camino correcto.

Un abrazo G I G A N T E.

Duff Man dijo...

Confesiones peligrosas, digo, peligroso decirlas así nomás. Me intriga tu blog, saludos.