martes, 22 de septiembre de 2009


Claro: el muchacho Carlsen tiene diecinueve años y es uno de los mejores ajedrecistas del mundo. Dicen que es discreto, elegante y que se cansa de firmar autógrafos después de los torneos. A los cinco años sabía de memoria la guía telefónica de su pueblo. Casi cuatrocientos apellidos, direcciones y teléfonos.
Hoy llueve en Buenos Aires y leí atentamente la nota sobre este nuevo prodigio y me acordé de mis viejas partidas de ajedrez en el Centro de jubilados de Villa Domínico, de otro gran ajedrecista imbatible (por supuesto a otra escala): Bermúdez, de su abundante pelo blanco, sus ojos celestes detrás de unos gruesos anteojos, de su andar ligero, de sus pantalones de vestir marrones. Y mis años allá, vigilados por una fila de peones y alfiles, por una apertura equivocada o por un enroque a destiempo. No sé si Bermúdez fue un gran ajedrecista. Para mí fue una figura legendaria.
Lo veo llegar bordeando el alambrado del parque, con su diario debajo del brazo, silbando, saludando a un tiempo (todavía) sin memoria.

2 comentarios:

GUIZMO dijo...

Pues el muchacho Carlsen aparenta 12 años...
Aprender a jugar al ajedrez es una de mis asignaturas pendientes. Y eso que tengo al lado a alguien que se ofrece a enseñarme pero la verdad es que reconozco que me da algo de pereza y nunca se conjugan las situaciones de tener a ese alguien con el tablero y a mí con ganas.

Anónimo dijo...

me encantaria tener alguien que me siga en mi deseo de jugar al ajedrez,lo que es placentero para nosotros no lo es de la misma manera para los otros y se produce un vacio, pero cuando se encuentra esa conexion con alguien es maravilloso