miércoles, 30 de septiembre de 2009

Boor


En el bar el Jefe husmea los contratiempos: “No hay camareros. Falta hielo. Las mesas”. Mientras tanto la calle es un circo de luces y payasos. El Jefe mira nuestras caras al revés y sabe (o intuye) que siempre una cerveza se abre debajo de la barra y que ése (y no otro )es nuestro tesoro.
En la cocina el horno espera hambriento los pedidos. Hoy más que ayer me siento parte del asunto. No es el bar ni los carajos del Jefe: simplemente son mis ganas intrépidas de escribir o de imaginar mundos.

No siempre es así.

(foto: Charly, Boie, el Gordo)

martes, 29 de septiembre de 2009

Mateo Thomson 1953-2003

Apuntes encontrados en el cuaderno del escritor uruguayo Mateo Thomson. Fallecido en Cabo Polonio en el año 2003.
Thomson tenía cincuenta años cuando fue hallado muerto aparentemente de un infarto. En su mesa de trabajo había tres libros: Confesiones de Tolstoi, El mar de Banville y El aire de Chejfec.
Mateo se ganó la vida de diversas maneras: mozo, lavacopas, taxista, vendedor de libros. Era un fervoroso lector. Y amaba a los perros. Con las mujeres jamás tuvo suerte. Tampoco con el dinero. Viajó por casi toda Latinoamérica en condiciones deplorables. Era elegante a pesar de su humildad.
Los que lo conocieron quedaron atrapados por su presencia.
Traté de conservar el orden del trabajo de Thomson. Su letra es confusa. Las hojas del cuaderno están manchadas con café o yerba. Respeté su verborragia y sus aparentes cambios de temas.


Trigonometrías
Por Mateo Thomson.

¿Cuándo considera Usted que empezó a escribir en serio?

Escribir en serio:

Publicar.
Dar conferencias.
Acostarse con minas o tipos.
Ganar dinero.
Que tu fotografía sea la portada de un suplemento cultural.


Escribir en serio:

Irse al mar.
Leer a Vallejo.
Extrañar lo que no es.
Ser un perfecto desconocido.

...Pienso que uno está preparado para escribir en serio cuando empieza a extrañar lo que nunca fue. Y ése dolor es tan íntegro que a uno no le permite terminar ni siquiera una página de la mejor novela latinoamericana.
La paz del escritor radica en la escasez de su obra, en su póstuma publicación, en un perro que le ladra a los broches de la ropa, en la soledad, en alguna compañía ocasional.

(La mujer que amé (y que en éste momento está durmiendo en mi cama) pronto se irá. Y otro será su amor y su delirio. Yo quedaré allá, entre los papeles del recuerdo).

No sé cómo definir lo que es “escribir en serio”. Bolaño aportó algo brillante sobre el tema:
“Es a todo o nada. A vida o muerte”.
Lejos de traducir a Bretón o a Balsac o dirigir una editorial prestigiosa.

APRENDER A ESTAR SOLO
Una soledad que se acompaña con buen tabaco, con hacer literatura y con un trabajo que te de tiempo libre.
Y para esos domingos a la tarde: la memoria de lo que nunca será, el silencio de un buen paisaje y el llanto que como decía Celan deja al alma más transparente.


(En el margen de la hoja número doce del cuaderno se lee: “La sordera. Cómo transformar el dolor en un número)

Algo hay que publicar. Hay que decir y hacer. No esperemos ser reconocidos.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Don Haroldo


El pibe se sube a un Peugeot y el tipo que conduce le habla de sus tristezas. El pibe mira la calle, la Italo, las vías del tren, las casillas de madera. El pibe mira su cara en el espejo y se siente un héroe(como esos que están en las historietas). Vuela el pibe con alas de auto por un Buenos Aires gris. El tipo estaciona en algún lado y le apoya la mano en el pantalón. El pibe lo escucha. El tipo sigue enumerando sus penas mientras los dedos trepan en la bragueta del pibe. El pibe siente calor en la cara. El tipo le desabrocha la bragueta y al pibe se le levanta “el pajarito”. El tipo murmura. La cabeza del pajarito está afuera. El pibe piensa en su hermano muerto. Un hermano con el cual compartió todo: la impunidad, la sangre, la pava hirviendo. Piensa en un hermano cagado a palos por esos "milicos hijos de puta". El tipo palpa. El pibe salta como un resorte del asiento. Abre la puerta y le hace desde la calle un gesto con los brazos.
El tipo sonríe tristemente. El pibe se va. Vuelve al barrio, a la sombra de su madre, a sus pensamientos.
Y termina diciendo: “Tarde o temprano la vida se me pondrá por delante y saltaré al camino. Como un león”.
La historia la escribió Haroldo Conti. El cuento se llama: “Como un león”.
¿Algo más?

(Conti en el texto empleó la palabra “Botón” para describir a la policía. Lo de "milicos hijos de puta" corre por mi cuenta).

re-seña


Aprendizaje o el Libro de los placeres.
Clarice Lispector.
Siruela.
142 páginas.




Sí: Lispector golpea. Sus golpes son imbatibles. Sus escenarios: crudos. Sin bajezas. Sus preguntas abisman. Hay tensión. Su registro literario es un organismo vivo que nos dice: lector, no me deje: ¡Interrógueme! Así es: Aprendizaje o el Libro de los placeres es una gran interrogación. Se despliega sobre el tablero un ejército de metáforas: la de un Dios (que no es el Dios del crucifijo) que es interpelado desde una humanidad descarnada: “… El dolor había vuelto casi físicamente y pensó en rezar. Pero pronto descubrió que no quería hablar con el Dios. Tal vez nunca más…”; la del amor como un juego macabro entre lo femenino y la masculino, entre el silencio y la pérdida; la de la mirada de una mujer extraviada: Lori ; personaje central de la novela, el cual desnuda su existir ante los ojos de Ulises, personaje aleatorio, profesor de filosofía, atado a su razón existencial. Lori- Ulises. Ulises- Lori. Un binomio imperfecto. Lispector detrás, en la antesala de la palabra, en la oscuridad de la trama. Ambos conforman una historia singular casi profética: ¿Cuándo es el tiempo justo para entregarse a un Otro? Y hablo de justo no como justicia sino como exactitud.
Ulises conoce a Lori accidentalmente y queda atrapado en su figura. Imagen que se va desprendiendo poco a poco hasta llegar al terror. El miedo de amar. De amarse. De que ese Otro no esté más. Lori dialoga desde ahí: desde un Ulises pagano, desde ese umbral fantasmal que nace en el primer latido: “¿Amor será dar de regalo uno al otro su propia soledad?”.
Lispector ejecuta. Sonríe. Entiende que la historia siempre es efímera, que los personajes son excusas para disfrazar la realidad. Una realidad que está más allá o más acá.
Aprendizaje o el Libro de los placeres es justamente eso: un acá que está allá. Un allá que no sabe a dónde ir.
Nos queda el amor como el único salto mortal.
Amén.

martes, 22 de septiembre de 2009

Bolaño@Bolaño


Dudo que Bolaño haya sido el “último escritor latinoamericano”. Así dicen los grandes escritores (¿?). No lo creo. Como tampoco creo que Julio Ramón Ribeyro sea un perfecto desconocido. O que Néstor Sánchez sólo figure en los programas de la facultad.
Bolaño es un pilar en la literatura. Una columna que puede soportar un edificio de nuevos escritores y me parece que esa es la idea que late en Bolaño: la del escritor que escribe porque sí, lejos, sin causas pero con un efecto mortal. Así una generación de nuevas voces lo lee en silencio, como musita las palabras de Julio Ramón o como subraya las líneas de Sánchez. Sí Bolaño es el último o el primero: qué más da. Hizo o hace “feliz” a cualquier lector (distraído o no) que se acerque a sus Detectives o a sus Putas asesinas. Y feliz es un término injusto hasta diría poco correcto. Pero es la sensación más cabal que uno siente cuando conoce a Ulises Lima o a un Arturo Belano.
Hay un fenómeno “Bolaño” muy acompañado por un excelente (y a la vez asqueroso) marketing editorial. Pero ese fenómeno se deshace en un aguacero de preguntas, de signos de admiración que van más allá de la obra. La vida de Bolaño fue literatura. Literatura de pura sangre. Era un tipo apasionado, visceral, arrebatado, sanguíneo. Sus viajes, sus mujeres, sus balas: todo eso es Bolaño.
Después están los imitadores: esos intelectuales con anteojos marcados, que hablan detrás de una cortina de humo. Esos son los que quedarán en el olvido. Tirados como perros desposeídos. Perros sin romanticismo. Acribillados por libros y más libros. O en prólogos porque sí.

Claro: el muchacho Carlsen tiene diecinueve años y es uno de los mejores ajedrecistas del mundo. Dicen que es discreto, elegante y que se cansa de firmar autógrafos después de los torneos. A los cinco años sabía de memoria la guía telefónica de su pueblo. Casi cuatrocientos apellidos, direcciones y teléfonos.
Hoy llueve en Buenos Aires y leí atentamente la nota sobre este nuevo prodigio y me acordé de mis viejas partidas de ajedrez en el Centro de jubilados de Villa Domínico, de otro gran ajedrecista imbatible (por supuesto a otra escala): Bermúdez, de su abundante pelo blanco, sus ojos celestes detrás de unos gruesos anteojos, de su andar ligero, de sus pantalones de vestir marrones. Y mis años allá, vigilados por una fila de peones y alfiles, por una apertura equivocada o por un enroque a destiempo. No sé si Bermúdez fue un gran ajedrecista. Para mí fue una figura legendaria.
Lo veo llegar bordeando el alambrado del parque, con su diario debajo del brazo, silbando, saludando a un tiempo (todavía) sin memoria.

domingo, 20 de septiembre de 2009


Ella me dijo una palabra insuperable: catástrofe. Y aclaró: “Es de Nietzsche” con su voz de allá (con ese acento desnudo) con su cuerpo de acá. Un acá que esta diciendo otra cosa.

Y nuestra distancia, las rutas, el café de esas estaciones de servicios, los alambrados, los perros destrozados. “Es de Nietzsche” repito tratando de encontrar la alquimia que cifre los rudimentarios procesos de extrañar. De extrañarla. De imaginarla perdida entre sus retratos, entre esos colores atrapados en el devenir.
“Es de Nietzsche”. “No quiero estar lejos del amor.”

jueves, 17 de septiembre de 2009

bad dream

Un sueño recurrente: ella lo hace con otro y le dice las mismas palabras. Hay un ventanal y una mesa con algunos dibujos. Él soporta el cuerpo y hace que la cosa fluya. Estoy tomando un café y los veo salir del apartamento abrazados.
Ella es feliz.
Entonces un auto se detiene y se bajan tres tipos disfrazados de mujer. Alguien les dice algo y se escuchan varios disparos. Hay estupor en la calle, corridas.
Yo estoy cerca tratando de entender el asunto. El mozo tiene un acento extranjero y me dice que estos robos pasan todos los días. Hasta en los sueños le digo, mientras busco en los bolsillos del pantalón algunas monedas. Hasta en las peores pesadillas me contesta no sé quién que segundos atrás era el mozo, o ella, o esas tres mujeres armadas o este insomnio que me dice algo que no alcanzo a escuchar.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Recién hoy entendí a Onetti.


Él cometió el asesinato. No tendría que haberse encontrado jamás con ella en esa esquina. La secuencia fue insólita: ella de espaldas, sentada en una mesa para dos. Él entra en el lugar y la busca. De repente un chistido, una risa común. Él la ve y sonríe. Segundos después se levanta un tipo de la mesa. Él se acerca, el tipo le da la mano. Ella besa al tipo y le dice: “nos vemos en casa”.
Algo previsto. Inducido. Lógico. Él le dice al tipo que no se vaya. Aquí el tiempo se detiene: él no recuerda el rostro del sujeto: “creo que tenía bigotes, que era flaco, lánguido.”
Ella sonríe incómodamente. El tipo se va. La cosa se reanuda. Vuelve el griterío del sitio, las luces, las camareras. Él se sienta y pide una cerveza. Es domingo y la gente a la tarde toma el té.
Ella le pregunta cómo está. Él se da cuenta que no la ama, que ese amor incondicional que lo hizo cruzar rutas y alambres ya no está. Se siente lejos. La cerveza está en la mesa. No se acuerda cuándo la pidió. "Ella dejó de brillar, sus palabras eran torpes, sin vida, invertebradas." Él bebe y trata de entablar un diálogo: habla de política, de libros, de su tiempo libre.
Acá hay otro corte: Él por primera vez se siente sólo frente a una mujer. Intuye que en diez minutos no va a saber qué decir o qué hacer y esa sensación lo desbasta.
Ella interrumpe la cosa con un“voy al baño”.
Él pide otra cerveza. Piensa en irse, en dejarlo todo a la deriva. Ella vuelve y le suena el teléfono: “sí ya voy, no te preocupes”. Otros monosílabos. Más alcohol. Ruidos. Mareos.
Pagan la cuenta. Se levantan. Van hacia un auto. Ella se detiene y le dice: "besáme". Él obedece. Ella respira aterrada. Se despiden. A la noche ella lo llama y va a la casa. Él ruega que todo termine.
No quedó nada por rescatar: "ni siquiera una caricia como esas que se les da a los perros en la calle."

lunes, 14 de septiembre de 2009


Como un profesional el tipo se dedicó noches a terminar la novela. Los personajes giran en torno a la pérdida de una identidad común. No queda claro si ella muere o no. El tipo (el que escribe) tiene una perra de pocos meses que lo acompañó horas roncando sobre inercia de un tiempo vacío. El otro tipo (uno de los personajes de la novela) perdió la vida en un accidente y en cierto punto: tanto el que escribe como el que es escrito son el mismo. Una mismidad distante, lejos de la metafísica del oxímoron. Una identidad pagana, cercana al desarraigo. Entonces el que escribe entiende que el amor por una mujer fue siempre una excusa (torpe) para no encontrar su voz. Un plagio del romanticismo mal aprendido en el colegio o mal llevado por el recuerdo (que muchas veces dice lo contrario a lo que es).
Claro: esa perra siempre ladra antes de escuchar el silbato del tren.
Siento frío bajo el sol. En plena playa. Sentado en la arena hirviente. Y mi cuerpo es una barra de hielo que se derrite y deja un charco de agua dulce detrás de un gigante de sal. Siento el frío de lo que no está, de un cuerpo extraño abierto en mi cama, de una boca ajena. Frío de palabras, de amor, de mentiras, de complejidades. Frío sobre esa ruta esperando que amanezca, con el auto repleto de cosas: libros, zapatos, llaves, voces, estigmas.
Entonces los días pasan como los hombres: dejando una sombra detrás de los puentes.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Ella tiene veinticuatro años, una hija de dos años, un hermano muerto, un tatuaje en el brazo, un tipo que la jode y otro tipo (musculoso, cara bronceada, con un auto importado) con el que duerme y lo hace de una manera feroz. Eso tipo le prepara el desayuno, la despierta con un abrazo y ella (que no está acostumbrada al después) lo mira y le sonríe con esa sonrisa encantadora, sabiendo que el afuera muchas veces le jugó una mala pasada. Y por las noches, cuando trabaja en el bar, me abraza y me cuenta exaltada de su noche con el musculoso, de “esas piernas firmes” y de algunas cosas más. Entonces las luces de la barra son débiles y esa penumbra se hunde en sus ojos de niña, se hunde como un puñal en el estómago de la víctima y desde allí o desde aquí o desde esos rincones del anonimato, ella me dice que por primera vez es feliz.

jueves, 10 de septiembre de 2009


Después de un tiempo todo te parecerá un mal truco, una experiencia, un mal chiste. Aquello que te hizo llorar hoy te hará reír y cuando pases por el cementerio esas paredes grises estarán esperando tu graffiti. Es así. Nada es tan importante. Sólo contados sujetos, esos que están en la madrugada vaciando sus armas contra las encrucijadas de la razón.
Y pensar que por ciertas personas hubieras cruzado el Amazonas.

miércoles, 9 de septiembre de 2009


Parte o no del acierto el desconcierto es una solución factible cuando se trata de enumerar las cosas que sucedieron. Las cenizas largas de esos cigarrillos, los vasos a medio crecer, las medias detrás de un mueble, forman o deforman la textura de un encuentro. Algo extraño es el hombre en la tierra, dijo el poeta y desobedezco el uso de las comillas porque las palabras son de todos y de nadie.
Entonces Boddy Perú (personaje de una película de Lynch) bebe su vaso de Jack ante la mirada atónita de los presentes y esa imagen impacta como un disparo en el vientre del animal errático que escribe o trata de escribir desde ahí: desde “el paso (no) más allá” esta vez entre paréntesis y abusando de los silogismos que Blanchot elaboró con la maestría de un demente.
Algo así como estar sentado en el balcón, entre tres cactus, esperando el amanecer.

martes, 8 de septiembre de 2009

Se dice que Picasso llevaba la pistola de Jarry a todos lados. También pintaba con ella y hacía el amor. Jarry murió tuberculoso y borracho pero fue el primer pensador de una nueva metafísica. Heidegger le debe mucho. Jarry anduvo en bicicleta por todo París: elegante, suelto, esbelto, con una mirada de cóndor. Nadie encontró esa bicicleta después de su muerte.
Es uno de los tantos objetos fantasmales que circulan en el imaginario de los vivos.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Hasta el diablo tira una moneda en la fuente y pide tres deseos. Y mira el cielo (que es su infierno) y piensa lo mal que hizo ayer o antes de ayer en irse así como un loco con su tridente en la mano y su cola de fuego.
Nadie puede sacarle punta a ese lápiz estúpido o corregir un adverbio fuera de lugar.
Hasta ese demonio tiembla en los pasillos de un sanatorio.
Pero nada impide que Ernesto, un vecino, salga a trabajar a la misma hora de siempre. O que la muerte te despierte a las seis de la mañana con un fuerte dolor en el pecho.
Sólo ese diablo es capaz de seguir fumando los días en su pipa de piedra, en la soledad más absoluta.

domingo, 6 de septiembre de 2009


El alma tiene uñas que crecen y se encarnan. Uñas como mástiles que trepan en las regiones más oscuras. Y ahí no hay banderas ni soldados. Sólo una foto rota. Un retrato de viejos combatientes de esa guerra. Tal vez nadie lo sepa. Pero todos alguna vez pasamos por esa esquina. A dos cuadras del cementerio. A tres cuadras de la farmacia. Entonces ella se acuesta con otro y lo que era amor es zumbido.
El alma tiene las uñas largas como esos teléfonos que suenan a la madrugada.

martes, 1 de septiembre de 2009

¿Qué harán mis fantasmas los martes? Martes como hoy. Como ayer. Esos presos ansiosos por fumar. Entre rejas cuelgan sus verdades en las sogas del poder.
¿Será así?
¿O simplemente se dedicarán a rondar por mis ojeras como esos buitres calvos de las novelas de terror?

C ontadas veces los vi juntos. Tanto el uno como el otro conservaban una apariencia de hermanos. Había algo en sus cabezas... Siemp...