lunes, 17 de agosto de 2009


No hay que revisar viejos cuadernos. Tampoco fotografiar esos molinos derrumbados. Los verdaderos perros mueren arrollados en las rutas. No hay que negar el epicentro de la soledad y la incomprensión del Otro frente al tartamudeo de las palabras. El romanticismo es una verdadera estupidez, como esas conversaciones malvadas sobre Balzac. ¿Quién puede entender el dolor del Otro? ¿Qué hacer con ese dolor? o con el propio, esa herida que sangra desde el silencio. Repito: los verdaderos perros mueren reventados contra el radiador de un auto distraído, manejado por una familia distraída y altamente entrenada en vaciar al mundo de alegría. Horarios, estadísticas, orgasmos a destiempo, esa mierda del intelectual arrugado por el calor del jerez. Entonces: ¿por qué la viuda negra tiene un veneno tan poderoso o busca los ángulos rectos (perfectamente rectos) para tejer y destejer (día y noche) su existencia? Claro que David Lynch entendió el asunto y detrás de esas sonrisas congénitas de sus personajes está el horror del sentido último. Como esos perros despedazados, aplastados contra el pavimento.
No hay que revisar esos cuadernos viejos. Sólo quemarlos sin mirar atrás.

1 comentario:

Romi-Z dijo...

Desgarradora la belleza de este texto.
Abrazo,

R.