martes, 4 de agosto de 2009


Me gano la vida vendiendo libros y diciendo (de la peor manera posible) que tal o cual título es bueno o es pésimo. Leo los suplementos culturales, hojeo esa estupidez del autor sorprendido por su astucia. Así me paso las tardes procesando y devolviendo ejemplares descalificados o por el contrario: altamente esperados por sus lectores. A veces me detengo a pensar qué es una librería y después de muchos años rescato ciertas conversaciones con mujeres curiosas. Nada más. Me aburren las preguntas de la gente, esa disposición para la escucha intelectual (el gesto al ver la foto del autor, la mueca invisible de una palabra, ese paladar anestesiado frente a la incertudumbre de un nombre); digo lo que se supone que hay que decir para que mi sueldo crezca o decrezca en la decrepitud del comercio.
Después, cuando el arte de sobrevivir me da una tregua, llego a mi casa y me siento a escribir. Ahí, estoy en el asunto. Escribo y sé que alguien (en ese mismo instante) está bebiendo un tequila en alguna cantina perdida de Sonora. Eso me hace feliz: la fuga incondicional de la suposición. Aunque lo que retorna, sea otra cosa.

4 comentarios:

Eme dijo...

He de decir que soy un poco desconfiada en cuanto a lo que retornos se refiere*

besosdulces*

Anónimo dijo...

Espero que no hayas malinterpretado mi referencia a Todo Lo Malo, sabrás a que me refiero.

Mucha luz, desde mi interior

saturnino dijo...

Sin luz(o con falsa luz exterior), es mejor. Del interior(porque el interior nunca sabria quererlo)no sale nada.

saturnino dijo...

Sin luz(o con falsa luz exterior), es mejor. Del interior(porque el interior nunca sabria quererlo)no sale nada.