lunes, 24 de agosto de 2009

Ágrafo. Encerrado en el tuteo de los días. Siestas de cien ojos. Utopías. Sin ganas de volver a jugar ese ajedrez indefinido. Sin blancas. Ni negras.
Solo un peón en la casilla equivocada.
Jaque.

martes, 18 de agosto de 2009


Ayer pensé (casi toda la tarde) que tiene que haber un acto (único, irrepetible, irremediable, impostergable) que al ejecutarlo justifique todo un existir. Un acto total, inigualable, un momento que se presenta una sola vez y que lo transforma todo. Hay tantos actos únicos como sujetos. Un sólo golpe. Sin testigos. Sólo el verdugo y el acontecimiento. El pudor y la sangre.
Los actos irresueltos mueren con ese individuo irresuelto.
Pienso en mi acto único. En el encuentro. En la evasión que hago para no escucharlo. La antesala de ese acto conforma el universo literario. La ficción. Los personajes que entran y salen. Que cogen. Asesinan. Viajan. Lloran. Piezas de un rompecabezas cuya figura jamás se formará. El contorno es borroso, resbaladizo. No hay lengua: hay pasillos, puertas, silencios.
Imaginé una vida fronteriza. Un auto viejo. Un cuarto de hotel. Un par de botas de reptil. Una chaqueta de cuero. Tres remeras. Dos pantalones. Un revólver de grueso calibre. Barba. La ocasión se presenta en un país limítrofe. El tipo es de México y dice algo con respecto a un atraco. Masca tabaco. Su signo es capricornio. No le gustan los perros. El tipo mide casi un metro ochenta. Tiene un tatuaje en el cuello. Dos iniciales: M.B. Así estoy con él en el acto de la ficción, cruzando una frontera, atravesando cantinas y cactus. Con mi chaqueta de cuero, mis botas de reptil. El tipo me conduce a cierto lugar, a una muerte segura. Me cuenta algo sobre su hermano Pedro que arregla motores en San Marcos. La ejecución es muda. Atemporal. No hay retorno. No puedo decir dónde estoy o quién escribe. El tipo se ríe. El auto se detiene. Hay polvo. Resplandor. Un ladrido.
Atrás, el viento.

lunes, 17 de agosto de 2009


No hay que revisar viejos cuadernos. Tampoco fotografiar esos molinos derrumbados. Los verdaderos perros mueren arrollados en las rutas. No hay que negar el epicentro de la soledad y la incomprensión del Otro frente al tartamudeo de las palabras. El romanticismo es una verdadera estupidez, como esas conversaciones malvadas sobre Balzac. ¿Quién puede entender el dolor del Otro? ¿Qué hacer con ese dolor? o con el propio, esa herida que sangra desde el silencio. Repito: los verdaderos perros mueren reventados contra el radiador de un auto distraído, manejado por una familia distraída y altamente entrenada en vaciar al mundo de alegría. Horarios, estadísticas, orgasmos a destiempo, esa mierda del intelectual arrugado por el calor del jerez. Entonces: ¿por qué la viuda negra tiene un veneno tan poderoso o busca los ángulos rectos (perfectamente rectos) para tejer y destejer (día y noche) su existencia? Claro que David Lynch entendió el asunto y detrás de esas sonrisas congénitas de sus personajes está el horror del sentido último. Como esos perros despedazados, aplastados contra el pavimento.
No hay que revisar esos cuadernos viejos. Sólo quemarlos sin mirar atrás.

jueves, 13 de agosto de 2009

Bofes


Tu lengua se decidió
a dividirse
se puso flaca
tan suave que era extraña tan lenta que me dejó
por fuera de esta espera
desconocida
esa lengua que supo colocarse en el medio
quedó partida
y con esa mitad no se hacen palabras
esa mitad quedó con hambre
disminuida
ante mi
“no lo siento”
dije cuando te vi
sentado
esperando un temblor que no vendría
no estará mi mano
sobre esas cosas expuestas
que antes dolían tanto
que olían mal y que por imposibles eran lo único real que teníamos
no hay reproche para esa vez
que te vi -la única-
esa imagen tuya de la que no vendrás
y que es tu enemigo ahora
bastó para disimular la pena
pero la mirada
cayó rendida.

L.B

jueves, 6 de agosto de 2009


Lo último que vi fueron sus labios pegados a su rostro pálido. Como dos archipiélagos desiertos. Sin aves. Sólo restos fósiles en sus ojos. Y un tatuaje salvaje en la espalda del pirata. Así la noche vuelve a ser opaca y en la ventana los tres cactus marcan las horas. Atrás hay un telón común: un rasguño de Lalengua en el cuerpo de la víctima. Entonces lo barrado no es el sujeto sino la fuga. Y alguien te pregunta por “el evento” y ladra un perro y otro alguien se asusta y la letra “y” no forma diptongo y el tipo esconde el revólver en las ojeras.
Claro: todo pasó en un instante.

martes, 4 de agosto de 2009


Me gano la vida vendiendo libros y diciendo (de la peor manera posible) que tal o cual título es bueno o es pésimo. Leo los suplementos culturales, hojeo esa estupidez del autor sorprendido por su astucia. Así me paso las tardes procesando y devolviendo ejemplares descalificados o por el contrario: altamente esperados por sus lectores. A veces me detengo a pensar qué es una librería y después de muchos años rescato ciertas conversaciones con mujeres curiosas. Nada más. Me aburren las preguntas de la gente, esa disposición para la escucha intelectual (el gesto al ver la foto del autor, la mueca invisible de una palabra, ese paladar anestesiado frente a la incertudumbre de un nombre); digo lo que se supone que hay que decir para que mi sueldo crezca o decrezca en la decrepitud del comercio.
Después, cuando el arte de sobrevivir me da una tregua, llego a mi casa y me siento a escribir. Ahí, estoy en el asunto. Escribo y sé que alguien (en ese mismo instante) está bebiendo un tequila en alguna cantina perdida de Sonora. Eso me hace feliz: la fuga incondicional de la suposición. Aunque lo que retorna, sea otra cosa.

C ontadas veces los vi juntos. Tanto el uno como el otro conservaban una apariencia de hermanos. Había algo en sus cabezas... Siemp...