martes, 14 de julio de 2009

Ayer a la madrugada un dolor de muelas (insoportable) me llevó a la guardia de un centro odontológico. La espera fue de casi dos horas.
Éramos diez personas. Casi todas parejas. El odontólogo apretaba el torno y el dolor (de ellos) se calmaba.
En otros tiempos, hubiera llamado a alguien para que me haga compañía. Siempre tuve terror de estar solo en un hospital o en una internación. Los umbrales del dolor crecían y decrecían. En sus picos más bajos pensaba que tanto el dolor como el amor son intrasmisibles. Se escuchaba el torno y ciertas expresiones de molestia. Una mujer se cubría la cara con sus dos manos.
Atrás: la calle, el frío y esos amores gobernados por otros tormentos.

3 comentarios:

Belén dijo...

Totalmente de acuerdo... al médico es mejor ir acompañado :)

Besicos

marta dijo...

Qué poco me gustan los dentistas... bueno, mejor dicho, qué poco me gusta ir al médico.
Un beso MUYGRANDE :)

MAGO dijo...

Entre las cosa que temo el dentista tiene un buen lugar y si es de madrugada mas...
Saludos