jueves, 16 de julio de 2009

Y las balas llegaron tarde

XXV

Ella pedalea. La tierra es dura. Sus pechos vibran. Detrás, el animal. Una bandada de pájaros lo inquieta. Ella mira la curvatura del cielo. Los campos huelen a sol. Pedalea. Fuerte. Sus piernas parecen estar gobernadas por el demonio.
El animal corre como si estuvieran todos sus tendones en forma. Ella intuye la presencia de algo del más “allá”.
El animal la observa. Lo hueco del ojo se dilata.
Ella decide ir hacia una estación de tren no tan lejana. El animal asiente.


XXVI

El tipo vuelve a preguntar por ella. No hay respuesta. El médico le dice algo acerca de los análisis. Al tipo le importa un carajo. Putea. El médico decide darle el alta. El tipo se viste. Está mareado. Por la ventana de la habitación puede ver su camioneta y a un perro orinado un árbol. El tipo no encuentra el reloj. Llama a la enfermera. Una de las heridas sangra. Tiñe la gasa con una mancha escarlata. El tipo está nervioso. El médico le sugiere un calmante. Otro insulto. El tipo patea una silla.
“¡El reloj, la puta que lo parió”!
La enfermera le dice que se fije en el baño. El tipo murmura.
El médico le dice a la enfermera que llamen a alguien de seguridad.
El tipo encuentra el reloj. Escupe. La enfermera le muestra el camino.
Ya en la calle, el tipo hace una llamada telefónica.

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