martes, 7 de julio de 2009

XXI

Ella armó un pequeño bolso. Contó sus ahorros. Guardó su cuaderno. Se miró en el espejo. Su cara, algo extraña, brillaba. También el sol que se hamacaba en las copas de los árboles. Caminó hasta la bicicleta, la desplegó de la pared. Una araña corrió asustaba por los rayos de las ruedas. “Es una señal”, se dijo.
Miró la casa por última vez, la galería, la bomba de agua inglesa abandonada. Todo estaba en orden. O mejor dicho: todo seguía como siempre. Acomodó su cuerpo y pedaleó.
El animal detrás, avejentado por las hemorragias de la castración. Trotaba todo su esqueleto tieso al compás de la libertad.
Ella con su bolso en la espalda y sus muslos firmes empujaba ese carruaje de dos ruedas con la energía de mil caballos. Llegó hasta la tranquera. La abrió. El animal saltó un alambrado. El camino se abría hacia lo ausente.
Ella simplemente fue feliz.

2 comentarios:

Carla dijo...

Muy bueno... me gusto mucho, las descripciones son geniales

los perros románticos dijo...

Gracias Carla por tu lectura!!

saludos