miércoles, 1 de julio de 2009


XIII

Recuerdo uno: la madre de ella volviendo del almacén. Una tarde de verano demorada por esas siestas eternas. Ventanas abiertas. La madre de ella era joven. Jovial. Muchos en el pueblo la deseaban. Hubo un rumor que decía algo así como: “a la madre de ella le gustan los adolescentes”. Ella sonríe desde ese ayer que es un hoy. Desde el beso del tipo que rompe en mil pedazos el recuerdo y que la trae a otra realidad: el estar ahí suspendida en un lugar odioso. Cerca de un hombre indeseable.
El tipo se sube a la camioneta y se va por unas horas al pueblo. Ella va hacia la cocina. Abre el cuaderno y escribe la palabra “libertad”.


Recuerdo dos: los ojos de su gato Baltasar. Su andar felino sobre su infancia. El ronroneo nocturno. Sus caprichos. A Baltasar le fascinaban las sardinas. Las medias con agujeros. Las caricias en la nariz y sobre todo: atrapar cucarachas.


Recuerdo tres: Esos domingos con M. Esos orgasmos irrepetibles. Irremplazables. Esa mirada que lo entiende todo. En donde no hay violencia. Ni lucha por la especie. Encuentros donde el amor es placer.



XIV

“¿Cómo sería la fuga?” Se preguntó mientras los perros seguían olfateando las huellas del animal.
De la casa a la terminal del pueblo había más o menos diez kilómetros. Caminos de tierra. Accidentados. Cielo abierto. Sol. Vecinos que miran todo. Ese todo indiscreto que tarda segundo en atravesar fronteras para convocar a los hacedores del orden.
“Me tendría que ir con el repartidor de leña que viene a casa los miércoles cuando él no está”. Se repitió y se acordó de ese honesto trabajador que todas las semanas llevaba víveres y otros enseres a los campos vecinos.
“Imposible”, se dijo, casi de inmediato.
Sí llego a la terminal y me subo al micro que va a Buenos Aires, me van a ver todos y él me va a salir al cruce.”
Estaba encerrada en la infinitud de la tierra. Rodeaba por la libertad de la naturaleza. Atrapada por la insensatez de los hombres.

XV

Salió a caminar. Entró en uno de los galpones. Había pelos del animal. Cadenas. Objetos oxidados. Atrás, entre unas lonas, vio una bicicleta. Se acercó ( le latía fuerte el corazón): era un medio de escape perfecto. Irse a la noche. Despacio. Pedalear hasta el otro pueblo. Treinta o cuarenta kilómetros. Ahí era una desconocida. Una extranjera.
La bicicleta estaba bien. Sólo le faltaba un poco de aire a las ruedas. Era verde. Unos de sus colores preferidos.
Volvió corriendo a la casa. En el cuaderno escribió: “Mi libertad es verde.”

2 comentarios:

Prado dijo...

Va bien el texto. Sobre todo porque en él encuentro esos detalles que aprecio en la literatura. Y la economía de la palabra. Agreguémos la facilidad de la imágen. Corre libre, como la bicicleta.

marta dijo...

Muy curioso tu proyecto. Es diferente, original, me gusta.
Un beso MUYGRANDE :)