jueves, 30 de julio de 2009

Entonces el tipo dijo algo y el otro tipo sacó del portafolio el paquete. La habitación era húmeda y no había televisión. En el baño ella se enjuagaba la cara. El tipo vestía unos blue jeans y una camisa sin marca. El otro tipo tenía unas bermudas negras y una musculosa impresentable. Ella lo hizo con ambos. Así le pagaron con moneda extranjera y con un puñado de hierba.
El tipo preguntó por el secuestro. El otro tipo le dio un plano de la casa y le dijo que su mujer llegaba a las once. Ella los saludó y cerró la puerta.
El hotel no estaba en Miami o en Mallorca. Ellos tampoco eran centroamericanos.
El tipo cargaba una cuarenta y cinco ACP Chicago Chopper y estaba descalzo. El otro tipo encendió un cigarro. El paquete era el pago. El diezmo que justificaba el malabar. El tipo miró la hora. Había tiempo.
Sonó el teléfono. El otro tipo con el cigarro en los labios, atendió. Hubo un silencio y ciertos movimientos faciales que simulaban un diálogo. El tipo se inquietó.
El otro tipo seguía hablando. El tipo se acercó a la mesa y estudió el plano. Había una fotografía de esa mujer y de un niño. El tipo cortó abruptamente y le pidió la foto. El tipo la tenía en la mano. Algo salió mal. El tipo sacó la cuarenta y cinco y se la puso al otro en la sien. La foto se cayó en la alfombra. El otro tipo se arrodilló llorando. El tipo le dijo:¡mamála!. El tipo temblando apoyó la boca en la bragueta.
Volvió al sonar el teléfono. El tipo disparó tres o cuatro veces. Un ruido sordo. Sangre. Restos del cráneo en el blue jean. La cabeza despedazada por el impacto.
El tipo caminó hasta el teléfono. Levantó el tubo: "¿papá?"

miércoles, 29 de julio de 2009

Como un gusano
frágil
viajando de Oriente a Occidente
entre cajones
entre el ojo y la ceja
pálido
traducido a cien idiomas
por la suela del zapato
que atraviesa
al testigo
sin argumentos

El padre tose desde adentro. Desde un pulmón con sangre. Saliva una baba extraña. Se limpia la boca. Abre y cierra el pañuelo simulando el aletear de un insecto. Mira hacia allá: una ventana, una glorieta, un jardín. Alguien lo sorprende con una mano en el hombro. El padre sangra. Se arquea. La mano le recorre la cara. El padre tiene la barba blanda. La mano toma la figura de un brazo y de ahí un cuerpo detrás del padre. Él se refleja en la ventana. Sentado. El espacio se tuerce. Se cierra. El aire es denso. El cuerpo avanza. Él se aferra a la silla.
Huelle a lluvia. A jazmín. Como su infancia. Como el primer cumpleaños en la casa de mármol negro. Con su perra. Con esos payasos contratados. El cuerpo exige. Él ya no es el padre es el hijo.
Tose. Hay un eco y un nombre. Sin sostén.
Sonríe.

lunes, 27 de julio de 2009


La foto la creó el fotógrafo Joel-Peter Witkin. Artista nacido en Nueva York. Witkin se dedica a retratar ciertos matices de la realidad. La muerte, la descomposición, los cuerpos abandonados en la morgue, los enanos, los decapitados, las deformaciones genéticas, son temas recurrentes en la paleta de Witkin. Digo “paleta” porque una vez que el artista encontró su musa (ese cuerpo de nadie, esas suturas en el pecho después de una autopsia) crea en escenario especial: una silla, sábanas, aves, perros, máscaras, son algunos de los elementos que habitan el interior del futuro retrato. Luego su ojo y el click.
Witkin juega mucho con el revelado de sus obras. Raya las fotos, las pule, las trabaja desde el afuera. Así la mutación es total. La muerte está viva. La podredumbre es un latido. Todo vuelve al mundo transformado.
La pregunta queda en otro lugar. ¿Qué es lo que vemos? ¿Quién fue ese hombre que ahora (y para siempre) está sentado sobre algo, decapitado, con calcetines, con los brazos apoyados sobre sus piernas, con una mano manchada con su propia sangre (que da la impresión de que él mismo se dio muerte)? No es válida la pregunta por el ser. Acá hay otra cosa. Hay un paso previo. Un camino de ida y vuelta entre lo que es y no es. Entre la belleza y el horror. La acción es contundente: entramos en el anonimato del terror. Gritamos. Nos tapamos los ojos. Admiramos al artista. Lo odiamos. La repulsión es el motor de la obra.
Así llegamos a un estado de alerta. A un hematoma.
No hay un rostro: hay una falta. Un no-lugar. Un siseo sin gestos.

miércoles, 22 de julio de 2009

El hijo estaciona un auto modelo setenta. Baja. Abre el baúl. Llueve. Su delgadez trasluce cansancio. Del baúl saca una remera y una bolsa con pañales para adultos.
Camina. Entra en el geriátrico. Pregunta por el padre. Apoya la bolsa en el suelo.
“Lo están bañando”, le dicen. Dicen algo más que él no escucha. Mira el reloj que esta en la pared. Se sienta en el hall. Hay dos potus. Revistas viejas. Le ofrecen un café.
El padre sale de algún lugar. Se abrazan padre-hijo. Hijo-padre. Como cuando eran una familia y el padre llegaba del trabajo, allá en esa cocina, en esa casa grande, con esa mujer, con los ladridos de ese perro.
Una enfermera les alcanza unas pastillas y un vaso de jugo. El padre tiembla. Bebe. Traga esa precaria salud. Tose. El hijo acompaña al padre al comedor. El padre se sienta en una mesa con otros. El hijo se va. Mira la espalda del padre como lo hizo siempre. Desde allá, desde esa juventud remota. Deja la bolsa con pañales en la recepción.
Ya en la calle enciende un cigarrillo. Fuma.
El padre mastica un poco de pan. Otros padres miran el suelo.
Atrás: esa casa de todos, esa mujer de pocos, ese perro de nadie.

martes, 21 de julio de 2009

Es un horror escribir. Lo que implica. Esa permanencia inagotable en el vacío. No creo en los escritores felices. Esos que escriben una novela y venden seis millones de copias. En esas casas con bibliotecas de cedro. En sus esposas sonrientes. En el desayuno en la cama. Creo en el tipo que no puede hacer otra cosa más que reventarse contra su máquina de escribir, en el tipo que siempre llega tarde, en sus ojeras, en sus dos botellas diarias, en su gramo escondido en el bolsillo. Creo en esos tipos que salen de la nada y golpean, que cogen como animales, que lloran, que esperan eternamente a una mujer.
Creo en las novelas de cien páginas, en los laburos de mierda, en los viajes.
En eso creo aunque no mucho.

lunes, 20 de julio de 2009


Escucho (detrás) a una mujer que dice ser la muerte y a otra que promete la eternidad. Yo sentado en la cisura de algo que será fatal. Alguien comenta que llegó el primer animal a la Rural. Y esas mujeres son decapitadas por la mafia mexicana. Entonces este yo absurdo toma una fotografía de los pies y de las manos. Otro que está cerca quiere hacerlo y esas mujeres abren las piernas. Puta madre me digo ¿por qué este registro?
Ramón se llama el primer animal. Un toro negro con ojos negros que no deja de gritar.
Claro: los policías gatillan sus calibres a destiempo.
Risas. Otro insulto y la mina que te hace los tacos te guiña el ojo. ¿Hay coincidencia? Ninguna. La muerte se pasea en automóvil como dijo Roberto en sus libros.
¡Bendita tu eres entre todas las mujeres!

sábado, 18 de julio de 2009

XXVII-

El Mayor dejó sonar el teléfono. El tipo insistió. El Menor le preguntó al Mayor por qué no atendía. El Mayor se rascó la cabeza y se miró las uñas.
El Menor levantó el tubo del teléfono diciendo “hable”.
El tipo lo saludó afectuosamente dejando atrás las demoras o los inconvenientes vespertinos. El Menor se sorprendió de volver a escuchar la voz del tipo después de tantos años.

-¿Cuántos? Preguntó, el tipo.
-Casi seis.
-¿Tantos?


El Mayor seguía mirándose las uñas. El tipo recordó esos viejos tiempos:

-¿Cómo podés entender que tu hermano, el Mayor, haya apuñalado a su propio primo en ese asado?

El tipo, mientras hablaba con el Menor y traía al presente esas acciones secretas, pensaba en ella y tenía la corazonada de que nunca más la volvería a ver.

No creo, dijo el Menor. Es raro que una mujer se vaya sola de un pueblo.
El tipo les ofreció un dinero tanto al Mayor como al Menor para ir en busca de “su” mujer.

(El que escribe hace una pausa. Está cansado. La noche anterior bebió de más y volvió a sentirse solo. Tal vez, la ruptura de aquél amor (ese binomio imperfecto de arbitrariedades) obligaron al que escribe a detenerse. Los personajes tanto el Menor como el Mayor aceptaron la oferta del tipo. El que escribe sabe que el texto es incondicional y que cualquier distracción sería incongruente).

viernes, 17 de julio de 2009


El sujeto está cansado. Mucha estupidez. De ambas partes del contrato. La noche es como la anaconda de los cuentos de Quiroga. Pero más acá, entre las fotos de mujeres mutiladas y los apellidos de Herzog y Kinski. Quién sabe lo de allá. Los vicios de esos hombres lastimados. Quién conoce el sentido de la avenida senil, esa carretera con moteles de una estrella.
No sé el nombre de ese animal perdido. Sólo me acuerdo de sus ojos. Su temblor. Y del calor del cuerpo cuando lo alcé en medio de la oscuridad.
Honoria. Esa perra. Esta angustia que se trepa como un gusano en mi corazón.

jueves, 16 de julio de 2009

Lo que brilla en la oscuridad son las balas de los ángeles
y esas botellas interrogadas por la ausencia
ese brillo
luz tiesa
es el borde de un animal embalsamado
amor
es un silogismo vulgar
a esta hora
tres de la mañana
para esta lluvia
tonta
que vuelve a esta ciudad más
lenta
en la ventana de un balcón
con tres cactus

Y las balas llegaron tarde

XXV

Ella pedalea. La tierra es dura. Sus pechos vibran. Detrás, el animal. Una bandada de pájaros lo inquieta. Ella mira la curvatura del cielo. Los campos huelen a sol. Pedalea. Fuerte. Sus piernas parecen estar gobernadas por el demonio.
El animal corre como si estuvieran todos sus tendones en forma. Ella intuye la presencia de algo del más “allá”.
El animal la observa. Lo hueco del ojo se dilata.
Ella decide ir hacia una estación de tren no tan lejana. El animal asiente.


XXVI

El tipo vuelve a preguntar por ella. No hay respuesta. El médico le dice algo acerca de los análisis. Al tipo le importa un carajo. Putea. El médico decide darle el alta. El tipo se viste. Está mareado. Por la ventana de la habitación puede ver su camioneta y a un perro orinado un árbol. El tipo no encuentra el reloj. Llama a la enfermera. Una de las heridas sangra. Tiñe la gasa con una mancha escarlata. El tipo está nervioso. El médico le sugiere un calmante. Otro insulto. El tipo patea una silla.
“¡El reloj, la puta que lo parió”!
La enfermera le dice que se fije en el baño. El tipo murmura.
El médico le dice a la enfermera que llamen a alguien de seguridad.
El tipo encuentra el reloj. Escupe. La enfermera le muestra el camino.
Ya en la calle, el tipo hace una llamada telefónica.

miércoles, 15 de julio de 2009

Los verdaderos asesinos conversan con el padre de Hegel o Lacan. Hacen el amor con la basura y viajan hacia en Norte con torpes movimientos.
Los verdaderos asesinos le temen a la muerte y sudan cuando una mujer empuja sus falanges en las antesalas del terror. Así beben y tienen vergas largas que ametrallan a esos japoneses atrincherados en la isla Rishiri. Disparan con altos calibres y mueren con los brazos en cruz.
Los verdaderos asesinos viven en pequeños apartamentos de barrios innombrables, tienen sonrisas acribilladas y cuelgan los calzoncillos en las manijas de los ascensores.
Jamás vuelven a la escena del crimen. Leen ciertas novelas existencialistas y conducen automóviles con matrículas impares.
Una casa sin muebles. Paredes blancas. Pisos de cemento. Un sillón lejos. Amplio. La cocina integrada. Luces. Baños modernos. Ella me muestra el jardín. El pasto. Habla de un ex. Enciendo una pipa. Camino. La casa es hueca. Como el sonido del mar. Hay un sótano. Muchas herramientas en el suelo. Restos de una familia.
Pienso en ese sótano con paredes negras de Foster Wallace, en lo apacible de una vida familiar. Ella abre una botella de vino. Bebemos. Me cuenta de sus cinco gramos de cocaína por día "allá por los noventa". Vuelvo a pensar en el sótano. En Wallace colgado de una soga. En mis caminatas nocturnas. En mi novela. En mis ganas de irme al Norte.
Ella me pregunta por mi pasado. Yo también. Digo que por primera vez elijo estar solo.
( Y bailo con el pretérito imperfecto de los verbos acordados).

martes, 14 de julio de 2009

Ayer a la madrugada un dolor de muelas (insoportable) me llevó a la guardia de un centro odontológico. La espera fue de casi dos horas.
Éramos diez personas. Casi todas parejas. El odontólogo apretaba el torno y el dolor (de ellos) se calmaba.
En otros tiempos, hubiera llamado a alguien para que me haga compañía. Siempre tuve terror de estar solo en un hospital o en una internación. Los umbrales del dolor crecían y decrecían. En sus picos más bajos pensaba que tanto el dolor como el amor son intrasmisibles. Se escuchaba el torno y ciertas expresiones de molestia. Una mujer se cubría la cara con sus dos manos.
Atrás: la calle, el frío y esos amores gobernados por otros tormentos.

lunes, 13 de julio de 2009

Ese señor R. Barthes...

Tus íntimos te preguntan qué es eso del “asunto”, la “cosa” o el “sujeto” y esos ojos se demoran en una respuesta incongruente. También te dicen algo sobre un “doble discurso” o “por qué no hablar con otras palabras”. Esos íntimos (los cuales te aman incondicionalmente) no quieren verte beber esas dos botellas o los quince porrones de cerveza. Tu rostro (tenso) se escapa del plano y huye hacia otra filmación. Pero tu cumpleaños está cerca y los íntimos quieren abrazarte. Por qué no. Si cuando llegás a tu casa fumás esa pipa salvaje y lo haces con una mujer detestable.
Son extraños los pasos en el mundo.
Cito: “Desviaré mi mirada, ésa será en adelante mi única negación”.

viernes, 10 de julio de 2009


Una de las mejores amigas de mi hermana Laura (que es también como mi otra hermana, sin serlo) me contó cómo lo hacía con un médico de treinta y dos años. El tipo aparentemente la tiene larga y ancha y a ella le jode porque no hay amor (menos sinceridad) y el tipo le dice: “ponete así, después otra vez así” y el rodeo dura una o dos horas y ella no sabe cómo hacer para vestirse y dejar que la cosa suceda en otra parte. Todo es un circo con payasos enmascarados en las acrobacias del perdón. Aunque “perdón” es una mala palabra en la cama pero ella (que juega con la cosa del tipo como si fuera una nena) extraña esa niñez y tal vez al Otro. Al fantasma que se aparece en los sueños. Yo había bebido casi dos botellas y esa noche ella me confesó que las mujeres no lo hacen bien con cualquiera y que el Otro (ese fantasma que conduce un automóvil negro) conoce su “mapamundi” y esa expresión me pareció genial a pesar de mi errancia o de añorar la vida en los castillos de esas regiones singulares.
Y ella encendió un cigarrillo y en el resplandor del fósforo pude ver el paso fugaz del tiempo y las marcas de un día asqueroso.

jueves, 9 de julio de 2009

XXII


El que escribe entiende que “feliz” es una palabra inexacta. Pero para ciertos casos es perfecta. Aunque él perdió una relación amorosa hace días, intuye que la felicidad se compone de efímeros condimentos. El texto está vivo. Es un organismo latente en lo real.


XXIII

Al animal le duelen los húmeros. El cráneo sin carne, late. No hay molares en los golpes del martirio.
El animal se detuvo en cierta parte del camino a beber.
Ella llegó hasta la primera curva de la tierra. Hacia adelante lo espeso de la transición tejía un argumento.
No hay atrás, sólo el silencio de los pájaros en su aletear de cielo.


XXIV

El que escribe tose. Extraña a esa mujer. A esa otra. Esa escasez sentimental que le estruja el sueño. No puede abandonar el texto. Los personajes exigen lealtad. El que escribe vuelve a su sillón.
Enciende su pipa en la soledad más absoluta.

martes, 7 de julio de 2009

XXI

Ella armó un pequeño bolso. Contó sus ahorros. Guardó su cuaderno. Se miró en el espejo. Su cara, algo extraña, brillaba. También el sol que se hamacaba en las copas de los árboles. Caminó hasta la bicicleta, la desplegó de la pared. Una araña corrió asustaba por los rayos de las ruedas. “Es una señal”, se dijo.
Miró la casa por última vez, la galería, la bomba de agua inglesa abandonada. Todo estaba en orden. O mejor dicho: todo seguía como siempre. Acomodó su cuerpo y pedaleó.
El animal detrás, avejentado por las hemorragias de la castración. Trotaba todo su esqueleto tieso al compás de la libertad.
Ella con su bolso en la espalda y sus muslos firmes empujaba ese carruaje de dos ruedas con la energía de mil caballos. Llegó hasta la tranquera. La abrió. El animal saltó un alambrado. El camino se abría hacia lo ausente.
Ella simplemente fue feliz.
XX

El que escribe (ese “yo” interrogado), se aplasta en el sillón y trata de entender qué hacer con el texto. Lo textual está afuera, en un lugar poco común. Casi en silencio, el que escribe entiende que los personajes están suspendidos en lo narrado. Sin embargo, a pesar del estado clandestino de la palabra en relación a su decir mundo, el que escribe espera el llamado a medianoche de esa mujer. Otra distinta de aquella con la que hace el amor. “Absurda memoria del placer pagano”, escribe el que escribe sin ser él el texto escrito sino el contorno, la vaguedad de ser aquél sujeto esclavizado por el placer. Corrige: por el contagio espontáneo de la pasión.

viernes, 3 de julio de 2009

XIX

Hay sangre seca del animal en la corteza de un árbol. Huellas. Lo extraño como reflejo de la insensatez. Ella miró el cielo, las nubes eran galeones abandonados. Tembló. La bicicleta a metros. Apoyada en una de las paredes de la galería. El tipo en el hospital preguntó por ella. Nadie supo qué decirle.
"¿Hacia adónde ir?" Se preguntó.
La sangre del animal se descascaraba como las anécdotas o los buenos momentos. Ella sintió un puñal en el corazón. Los ojos del animal detrás, en lo impalpable, en el enigma de lo fantasmal.
Él tenía una herida infectada. Fiebre. Un pulso irregular.
Lejos, el viento.
XVIII

La figura imperfecta arregló la bicicleta. Ella iba y venía. A él le gustaba hacerlo por el culo. Eso decían en el pueblo. Siempre por atrás. Como los perros. Como los asesinos ensangrentados. Ella se sentó en un cantero. A la figura imperfecta se le paró. Lo hicieron. Ella gritó. Él le dijo atrocidades.
El animal corría entre la mierda. Ella trató de sentirse de alguna manera “viva”.
La figura imperfecta habló de su ex mujer, de su hermano policía. Ella le preguntó por lo hizo. Él se encogió de hombros y se fue.

jueves, 2 de julio de 2009

XVII

Ella repite la pregunta. El silencio se quiebra en una figura imperfecta. Una voz le dice que hubo una pelea en el pueblo y que el tipo resultó herido. Ella abre la puerta.
“¿Cómo está?”

(¿Por qué se preocupa por la salud del tipo?
Ladran los perros. El mosquitero de la ventana está roto. En la galería un ciempiés se tropieza con una piedra. ¿Por qué ese instinto maternal de perdonarlo todo?)


Esa figura imperfecta le dice que el tipo está en el hospital, que en unos días estará bien.
“Sólo fueron cortes superficiales.”

Ella vuelve a la realidad (o a esa rigidez de lo real cuando lo imaginario no soporta el peso de lo simbólico). Siente un calambre en el estómago. Hay una pausa entre la figura imperfecta y el diálogo. Un lapsus acordado.
Hay pelos del animal. Sombras. Moscas espantadas por el humo vecino.
Ella dice que va a ir a verlo (se acuerda de la bicicleta, de la fuga, del color verde). La figura imperfecta se ofrece llevarla. Ella duda.
"Mejor voy más tarde. Le pido un favor (la figura imperfecta está atenta): ¿No me podría arreglar una bicicleta que hay en el galpón?”
La figura imperfecta sonríe. Ella tenía un vestido con un amplio escote. Sus pechos eran perfectos. Rígidos. La figura imperfecta los miró. Deseaba morderlos. Escupirlos.
Ella trató de acomodarlos. La figura imperfecta fue hasta el galpón y sacó la bicicleta. En la camioneta tenía un compresor de aire.
Ella entró en la cocina y preparó unos mates. En el cuaderno escribió: “falta menos.”
XVI

Nadie sabe qué día nació el animal. Tampoco a qué hora fue degollado frente a una multitud de cinco personas. Tal vez, cuatro. ¿Quién sabe? ¿Quién se interesa por este tipo de datos? Ella imaginó una fecha: 12 de agosto. Un final: cuatro de la tarde. Así la condena se amortigua entre el recuerdo y la sorpresa. El animal intuyó el crimen. El atroz encanto del complot. Ella alguna vez pensó en las cosas que se pierden o que se olvidan, en esos actos invisibles que no tienen mayor trascendencia. Estaba sola. Dispersa entre lo pasado y lo futuro. Atrás, ese presente que se conjuga en un decir diario. Acá. Allá. Los premios y los castigos. La cama. Las sábanas manchadas. Los zapatos entre los muebles. Esos objetos que ocupan un espacio sin saberlo. Como aquél pájaro que se esconde antes de una tormenta.


XVI

Un sueño repetido: Ella amordazada. Manos y pies atados. Una habitación sin ventanas. Una foto del General. Las malas terminaciones de la puerta translucen tenues figuras. Un idioma extranjero. Ella desnuda. Haciéndolo con dos en simultáneo. Algo se pierde. Ella se despierta exaltada. Él no regresó.
Alguien se acerca.


XVII

Se escucha un palmar de manos. Ella se levanta.
¿Quién es?
La pregunta trajo un breve silencio.

miércoles, 1 de julio de 2009


XIII

Recuerdo uno: la madre de ella volviendo del almacén. Una tarde de verano demorada por esas siestas eternas. Ventanas abiertas. La madre de ella era joven. Jovial. Muchos en el pueblo la deseaban. Hubo un rumor que decía algo así como: “a la madre de ella le gustan los adolescentes”. Ella sonríe desde ese ayer que es un hoy. Desde el beso del tipo que rompe en mil pedazos el recuerdo y que la trae a otra realidad: el estar ahí suspendida en un lugar odioso. Cerca de un hombre indeseable.
El tipo se sube a la camioneta y se va por unas horas al pueblo. Ella va hacia la cocina. Abre el cuaderno y escribe la palabra “libertad”.


Recuerdo dos: los ojos de su gato Baltasar. Su andar felino sobre su infancia. El ronroneo nocturno. Sus caprichos. A Baltasar le fascinaban las sardinas. Las medias con agujeros. Las caricias en la nariz y sobre todo: atrapar cucarachas.


Recuerdo tres: Esos domingos con M. Esos orgasmos irrepetibles. Irremplazables. Esa mirada que lo entiende todo. En donde no hay violencia. Ni lucha por la especie. Encuentros donde el amor es placer.



XIV

“¿Cómo sería la fuga?” Se preguntó mientras los perros seguían olfateando las huellas del animal.
De la casa a la terminal del pueblo había más o menos diez kilómetros. Caminos de tierra. Accidentados. Cielo abierto. Sol. Vecinos que miran todo. Ese todo indiscreto que tarda segundo en atravesar fronteras para convocar a los hacedores del orden.
“Me tendría que ir con el repartidor de leña que viene a casa los miércoles cuando él no está”. Se repitió y se acordó de ese honesto trabajador que todas las semanas llevaba víveres y otros enseres a los campos vecinos.
“Imposible”, se dijo, casi de inmediato.
Sí llego a la terminal y me subo al micro que va a Buenos Aires, me van a ver todos y él me va a salir al cruce.”
Estaba encerrada en la infinitud de la tierra. Rodeaba por la libertad de la naturaleza. Atrapada por la insensatez de los hombres.

XV

Salió a caminar. Entró en uno de los galpones. Había pelos del animal. Cadenas. Objetos oxidados. Atrás, entre unas lonas, vio una bicicleta. Se acercó ( le latía fuerte el corazón): era un medio de escape perfecto. Irse a la noche. Despacio. Pedalear hasta el otro pueblo. Treinta o cuarenta kilómetros. Ahí era una desconocida. Una extranjera.
La bicicleta estaba bien. Sólo le faltaba un poco de aire a las ruedas. Era verde. Unos de sus colores preferidos.
Volvió corriendo a la casa. En el cuaderno escribió: “Mi libertad es verde.”

C ontadas veces los vi juntos. Tanto el uno como el otro conservaban una apariencia de hermanos. Había algo en sus cabezas... Siemp...