martes, 30 de junio de 2009

VII

Ella es diez años menor que él. No es feliz. “¿Quién es feliz?”, se pregunta y le pregunta al suspenso de la respuesta. Está ahorrando unos pesos para irse, para abandonarlo todo. Un todo que es la vida de él: ese campo, esos viajes a Buenos Aires, esos galpones. Ella no está enamorada. Sueña con estar en otra parte. Con pintar. Con leer autores en alemán. Con hacer el amor.

VIII

Antes de conocerlo a él (en ése único bar de pueblo, en esa noche helada) ella tuvo un romance con una mujer. La amó desesperadamente. Los encuentros eran los domingos, cuando ambos padres estaban en misa. A ella le provocaba una adrenalina tremenda hacerlo con M detrás de esas plegarias obligadas. “Dios perdona a los amantes”. Adoraba besar a M, recorrer ese cuerpo con la legua y sentirse parte de esa piel. De un solo cuerpo.
M se enfermó (de esas enfermedades que los médicos no conocen) y murió al poco tiempo.
M escribía poesía.

IX

Hay partes del animal en el estómago de los perros. Dientes por ahí cerca del molino. Gusanos. El animal dejó alguna cría. Una foto con el hijo de alguien. Un cierto hedor a muerte. Ella mira esos restos. Huele en la tarde la fuga. Una pequeña valija. Una caminata de menos de diez kilómetros. Caminos de tierra. Zapatos con barro. Piensa en el animal. En un poema que leyó con M. En los epitafios que dejan las ausencias. Así la noche invade los objetos. La oscuridad es casi total.
A lo lejos, una luz.
Tal vez, una estrella.

2 comentarios:

Espérame en Siberia dijo...

Por más avances científicos, esa enfermedad nos seguirá hasta el final de la batalla, ¿verdad?

los perros románticos dijo...

Totalmente!