lunes, 15 de junio de 2009


No solo el suicidio de Alfredo W conmocionó a ciertos sujetos, también el escenario en el que se dio muerte fue impecable. Para los que no lo conocieron (creo que fueron contadas las personas que frecuentó) tengo la obligación de decir que Alfredo W nació cerca de los años setenta en Buenos Aires, en el centro neurálgico de la Capital Federal. Tuvo una infancia relativamente feliz (mi pesimismo no me permite asegurar la totalidad de un hecho) vivió en una casa de dos plantas, repleta de escondites e interrogantes. Quizá por esos años se implantó en él esa sensación de “anonimato”, ese sentimiento huraño de estar y no estar en los sitios. Tuvo una figura paterna muy curiosa: un padre que nadie podía definir qué hacia o qué decía hacer. Tambien las mentiras fueron protagonistas en su vida o mejor dicho: el no decir lo que es para no desnudar lo que no se tiene. Alfredo W estudió en un colegio religioso y ahí conoció a su primer amor: la hija de un general del ejército. Esta situación lo perturbó de manera tal (él detestaba a los militares) que siempre sus relaciones con las mujeres fueron conflictivas. Tuvo una infinidad de amantes (era un tipo interesante, culto, atento) y cuando terminó su educación básica se dedicó a la filosofía y al ejercicio de la escritura. Para sobrevivir realizó los trabajos más diversos: camarero, librero, conserje de un hotel alojamiento, albañil.
En sus momentos de ocio leyó fervientemente a Heidegger, Foster Wallace, Derrida, Rimbaud, Onetti. Y muchos más. Pudo acuñar una biblioteca infinita. Su trabajo con la escritura era demencial: llevaba al extremo la palabra: las exprimía. En poco tiempo (no sé cuánto) ésta tensión la trasladó a su cotidianidad : bebía, se obsesionó con Ballard y con ciertos tipos de conductas sexuales. Adoraba el sexo y las ausencias.
Algunos años vivió en Amarillo, Texas y allí conoció otro de sus grandes amores: la pintura y los perros.
Alfredo W una tarde se encerró en un baño y se voló la cabeza con una escopeta recortada. Su preocupación (como la de Jacobo Fijman) era qué iban a hacer con su cuerpo. Hasta llegó a decir:"… en fin... el cuerpo que deja la muerte siempre es para los otros”. Y así fue.
Lo encontró una mujer con la que vivió cierto tiempo. Estaba en el baño de una casa (que él rentaba para escribir). Era un baño todo negro. Con azulejos negros. Oscuro. Con una tina de patas de plata. Estaba semidesnudo dentro de la bañera, recostado. Sólo calzaba un par de botas blancas de goma..."Esas que usan los pescadores."

Andrés Rivas.

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