viernes, 12 de junio de 2009

Me estaba esperando en la esquina. Fumando. Pelado. Alto como siempre pero con unos kilos de más. “Tres o cuatro”, según me dijo, mientras me abrazaba y dejaba atrás la bruma del cigarro. En el bolso tenía una botella y un libro. “Esto es para vos. En realidad ambas cosas”. Otro abrazo y esos gestos que se pierden a las dos de la mañana. Subimos. No sé cúando entramos en el departamento. Hoy que trato de ordenar las cosas todo se asemeja a un acto único. Bebimos y volvimos a nuestros temas recurrentes: mujeres, esa imposibilidad de dormir abrazados a un mismo cuerpo, las ausencias, los trabajos estúpidos que nos dan de comer de una manera aún más estúpida, la rigidez, el habla. Pero cuando llegamos a nuestro asunto central ambos (creo que él primero y yo después o yo primero y él después) enmudecimos: un viaje sin regreso. Un viaje hacia la cosa misma. Sin miradas atrás. Sin tiquetes. Amanecer en otras situaciones. Hacerlo en otros ámbitos. La pausa fue lo suficientemente abrupta para que él me dijese: “Andrés: ¿Sabés lo que soñé hace tres o cuatro noches?:
te regalaba una cuarenta y cinco cargada y balas de repuesto (empleó un término que no recuerdo pero que en el relato era perfecto) y un estuche de cuero oscuro para que la portes y hagas de acá en más tus noches”.
Entonces pensé en la ciudad desconocida, en los callejones, en esos hombres montados en sus filias y en esos disparos que estallan en las paredes de las catedrales. Y en una mujer que cierra los ojos porque jode y a él no le importa porque pagó y el perdón siempre está en otra parte.

1 comentario:

Prado dijo...

Leí su blog por una recomendación y he quedado absolutamente complacido con sus textos y agradecido con quien tuvo la bondad de recomendarle. Saludos desde el trópico.